jueves, 30 de septiembre de 2010

Los buenos modales de Mou

Los buenos modales, la buena educación, los buenos hábitos. Como quieran llamarlos. A todos nos agrada una persona bien educada. Y no me refiero a unos modales en exceso refinados, que en ocasiones resultan incluso altaneros, sino a la amabilidad y la cordialidad propias de un carácter alegre y humilde. Algunas de estas nobles características no se pueden atribuir a cierto entrenador blanco.
Nuestro amigo Mou respondió indignado ante la pregunta de un periodista que no era la que él esperaba. Ladró, se rascó la oreja, echó sus malas pulgas, y en una sola jugada fue pedante, hirió los sentimientos profesionales de uno de sus propios jugadores y se largó de la rueda de prensa sin explicación alguna, dando fe, con toda esta floritura, de su pésima educación.
Otro de los rasgos del querido entrenador es su fe ciega en estar jugando a otro deporte que obviamente no es el fútbol, ya que, hasta donde yo sé, se juega en equipo. Y Mou no está moviendo un solo dedo en formar un equipo cohesionado. Está poniendo todos sus esfuerzos en arropar a un jugador individualista que ni siquiera se alegra cuando el equipo marca un gol y no ha sido su musculoso y hercúleo pie el que lo ha metido entre los postes. Pienso yo que quizá se podrían haber dedicado ambos a una carrera profesional por separado como jugadores de ajedrez, o de atletismo, donde la individualidad prima. Pero en el balompié una sola persona no puede ganar una competición. La gloria es algo que solo consigue quien no la persigue. Prueba de ello es el entrenador que nos llevó a lo más alto del pódium mundial. Un hombre con un corazón del mismo oro de la copa que formó un equipo de compañeros y amigos, un equipo que disfruta al jugar y que hace disfrutar a quien lo ve.
Creo que la humildad es una virtud del verdadero campeón. El que realmente disfruta con el deporte de equipo lo hace porque las alegrías se multiplican, y las derrotas se dividen, al compartirse. Si determinados entrenadores se dedican a crear diferencias entre los compañeros, y a determinar qué debe tener importancia para los medios de comunicación y qué no, poco tiempo le quedará para ganar competiciones.
Los modales de Mou están alcanzando límites insospechados. La furia contenida en esa eterna cara de póker estalló hace poco con una botella lanzada hacia el banquillo, a punto de partirle la cabeza a uno de los suyos. Aunque estas rarezas me parezcan más propias de un neurótico salido de Gran Hermano que de un entrenador de liga profesional, la afición va a tener que soportar ver cómo su equipo se desmorona, mientras un creído semidios entrena un equipo desmembrado que no termina de convencer.
Y yo no pienso ser como este bien pagado entrenador. Por ello, yo sí me despido como mandan las normas de la educación y, en este caso, también del cariño, de mis compañeros de Radio Firgas. Porque ellos, más que un buen equipo profesional (que también), para mí han sido como una pequeña familia. Así que os doy lo que Mou jamás daría a sus chicos: las gracias.

sábado, 25 de septiembre de 2010

De Madrid al cielo

Septiembre. Casi octubre. Todo un mundo por descubrir en las caras de siempre y en las caras nuevas. Es curioso cómo cambia la perspectiva en un instante. En dos horas y media, para ser exactos. Un vuelo, odioso vuelo. Pero luego el calor de Madrid. Sus calles, su ritmo. Todo vuelve. Es septiembre, y me muero por volver.
¿Cómo será esta vez? ¿Qué habrá cambiado? ¿A quién conoceré? ¿Qué aprenderé? Otros nueve meses por delante para todas y cada una de las respuestas. Todas quedarán resueltas, pero siempre volverán. Y en eso se basa la vida. Genial retorno que nos acusa el placer de lo conocido y de lo nuevo.
Pocas veces puede decir uno de corazón que es feliz. Yo tengo la posibilidad hoy de decirlo. No sé mañana. Lo digo porque lo que dejo atrás también es querido. Familia, amigos y nuevos amigos. Lo que he aprendido este verano no se puede comprar. Pero comienza, de nuevo, como siempre, una vez más, otra nueva etapa. Hay que aceptarla, y mejor hacerlo con alegre curiosidad. Con ganas de conocer más mundo. Algunos sabios decían que quien careciera de curiosidad habría muerto. Totalmente de acuerdo. La actitud frente a la vida lo es todo. Abrazo y dejo aquí un mundo conocido, cariñoso, acogedor. Abrazo también lo desconocido, con ganas de ganar y de fracasar, porque de ambas experiencias se aprende. Con ganas de conocerme y de crearme. Con ganas de mí y de todo lo demás.
Echamos en falta a las personas. Pero estas siempre van y vienen. No por eso las olvidamos. No por eso están más lejanas. Pero las vidas se bifurcan. Y es irremediable. Otras nuevas llegan, y debemos apreciar las nuevas sensaciones que experimentamos, los nuevos sentimientos que surgen. Todo lo nuevo es conocimiento. Dicen que este no ocupa lugar. Yo así lo creo.
Es una época de cambio. Cambio de un pequeño pueblo a la capital de un país. Y puedo asegurar que es un gran cambio. No voy de visita. Allí está mi hogar. No por eso el lugar que dejo es menos querido. Pero Madrid es el lugar que he elegido libremente para pasar esta etapa de mi vida. Y he acertado.
Me queda un camino tan largo por recorrer que ni siquiera imagino el final. Pero ya lo he comenzado, de eso estoy segura. Tengo ilusiones, sueños, a largo y corto plazo. Tengo planes, dudas, orgullo y algún  miedo. Pero por encima de todo quiero aprender, conocer, ver, sentir, y todo cosas nuevas.
Vuelvo a un sitio conocido. Sus rincones, su olor, sus sabores, sus rumores, sus vicios, sus ruidos. Lo siento como si allí estuviera. Las caras conocidas de aquel lugar me visitan mientras escribo estas líneas. Muchas queridas, otras no tanto. Todas me han enseñado algo. ¡Cómo ponerlo en duda! Sin embargo, la perspectiva siempre es nueva. Nunca deja de sorprenderme esa pequeña posada para universitarios. Ni mucho menos sus inquilinos. Para bien a veces, para mal otras tantas. De igual manera, sigo enamorada de aquel extraño lugar, tan lejos y tan cerca de la capital, en cuyas paredes hay escondidos muchos más secretos de los que nadie podría imaginar.
Hace 4 años, hace exactamente 4 años, llegué a Madrid. Una chiquilla con el pelo largo, rizado, muy poca ropa de invierno, el sándwich de mamá en el bolso, aún sin la mayoría de edad y con algún kilo más que hoy, llegó a Madrid. Ahora vuelve la que aquí llaman goda, la que allí llaman canaria. Yo, en todo caso. A seguir aprendiendo, un año más. Una chica más. Una vida más, que, muy poco a poco, va cogiendo la forma que solo yo puedo darle.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Solo vivir

Desperté tranquilo, poco a poco, sin saber que era el día de mi espantosa muerte. Era un día dedicado al sol, que no al bochorno. Corría un aire fresco entre la hierba, y la vi. Estaba el campo, la luz y ella. Me acerqué y ocurrió lo que tenía que ocurrir, era inevitable. Después, cansado, me tumbé de nuevo. Esta vez a la sombra de un viejo árbol, gordo y frondoso. Era feliz, sin más. No tenía por qué pedirle más a la vida. Solo vivir.
Aún me sentía adormilado cuando me subieron al camión. Sin mediar una palabra, sin explicación alguna. Con gritos y algún golpe me encerraron en aquel lugar frío, duro, extraño para mí. Pasé horas ahí dentro. Pasé miedo, mucho miedo. Y hambre. ¿Qué había hecho de malo? ¿Me merecía aquello?
Se abrieron las puertas y me cegó la luz. Otra vez gritos, otra vez golpes, otra vez miedo. Sin entender qué demonios ocurría a mi alrededor y tras recorrer algunos oscuros pasillos comencé a sentir la arena bajo mis pies. El ruido me abrumaba, estaba perdido, pero por fin veía el sol.
Algo instintivo me enfurecía de aquella mancha roja, e intenté derribarla una y otra vez. Pero jamás caía. Cuando me acercaba a ella el griterío aumentaba, así como mi nerviosismo, mi ansiedad, mis ganas de escapar. Pero no había salida.
Entonces llegó. El dolor recorrió mi espalda como un rayo, fuerte, sin compasión alguna. Algo quedó colgado, y noté cómo revolvía la herida. Sentí ganas de terminar de una maldita vez con aquel tinte carmín, que en mi delirio me obsesionaba. Cada vez que lo intentaba otro escalofrío de puro sufrimiento brotaba de mi espalda.
El agotamiento se apoderaba de mis músculos, que se quejaban con el mínimo movimiento. Comenzó a nublarse mi antaño vista de halcón. Sin embargo, algo visceral me llevaba a luchar cada minuto, una eternidad en aquellos momentos, por la vida que perdía. Mi última intentona concluyó con las pocas fuerzas que había conseguido ahorrar. Así como con mi capacidad para aguantar el dolor. Una cuchilla atravesó mis entrañas y caí, aturdido, a una arena que nunca quise pisar.
Lo último que noté antes la nada, tumbado semiinconsciente, fue las cuchillas que cortaban mis orejas. Ya ni siquiera era capaz de sentir dolor. Mientras, antes de abrazar a la muerte y dejar por fin este mundo dominado por el pan y, sobre todo, el circo, me preguntaba si aquel castigo romano tenía un por qué.
En primera persona. En primer toro, en este caso. Es la forma de impacto más efectiva. La manera más clara de explicar lo que sufre un ser que no merece el dolor, la humillación, el espectáculo de su macabra muerte. Este no es un tema político. Es un tema moral. La empatía, me dijeron una vez, es una característica humana. Yo lo pongo en duda.
Como dice la canción <<“¿Pero qué pinto yo aquí”, dijo un torito en la arena, “si solo quiero vivir?”>>.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Objetivos, metas, retos del milenio

“Objetivos del milenio”, los llaman. Cualquiera de los mortales, en cuyas manos no se encontrase el destino de la humanidad, por objetivos entendería metas, retos a superar, logros por los que luchar. Pero los mandamases de este asustado planeta en crisis opinan de otra forma. Por objetivos se puede entender una buena fotografía con los colegas. Una forma de engañar a la chusma, de la que orgullosamente soy parte, y a sí mismos, que es lo más triste. Una patética manera de hacer creer que la civilización occidental es tan bondadosa y tan moralmente evolucionada que se ve en la obligación de erradicar el hambre en el mundo.
Si así fuera, cree mi humilde razonamiento, si de veras los peces gordos de este pequeño estanque quisieran acallar sus abandonadas conciencias en un acto de pura honradez y amor al prójimo, no estarían donde están. ¿Y por qué? Porque en política al que verdaderamente quiere ayudar al pueblo se lo quitan de encima. Quien realmente ha entrado en ese repugnante mundillo para mejorar las condiciones de vida de sus vecinos son ninguneados, apartados. No interesa una persona que pueda arrebatar ese liderazgo estúpido que tienen los partidos. Por ello, la gran mayoría de los grandes de los grandes partidos (y dale con la grandeza) mantienen sus puestos por las llamadas aspiraciones políticas. Este término, traducido al castellano, se entendería como aspiraciones económicas de las de toda la vida.
Siento ser escéptica, desalentadora, dura, quizá exagerada. Pero creo que los que defienden los “objetivos del milenio”, sólo buscan una foto, tras interminables y vacías conferencias, que deje limpia su imagen y sucio su Pepito Grillo.
Los políticos son los amiguitos de la banca, no los amantes de los pobres. Prueba de ello es el dinero público que Estados Unidos destinó a salvar la banca, cantidad que habría bastado (y sobrado) para arrancar de los brazos de esa gran amiga de la crisis, conocida como muerte, a millones de personas. De paso, esos millones de billetes con el lema impreso “En Dios creemos” habrían acabado con este circo montado en Nueva York, ya que los objetivos del milenio estarían hoy cumplidos. Ese Dios, si no es un tiburón de Wall Street, no creo que perdone semejantes pecados. Y no estáis hablando con una creyente. Pero si en mi mano estuviera la salvación eterna, estos muchachos no serían invitados a la fiesta.
Otro pequeño detalle. Estamos en la era de las comunicaciones. De las telecomunicaciones. “Tele” significa lejos. Telecomunicaciones: comunicarse desde lejos. Creo que explico con suficiente lucidez. No hace falta montar la que han montado en Nueva York para ponerse en contacto. No hace falta gastar millones en seguridad,  millones en hoteles, millones en aviones, millones en comida. Millones. Para plantear soluciones contra el hambre pueden gastarse ese dinero en comida. Podría ser, quizá, creo, me planteo, me da la impresión, me cuestiono que ese sería un buen comienzo.
A mí me han dicho por ahí que estamos en crisis. Pero crisis no para quien la causa. No para la banca. Me moriría de pena viendo a Botín almorzando en Cáritas. La crisis es para quien no la provocó, para los que no hicimos más que vivir, vivir y trabajar. Para nosotros, los jóvenes, los que no hemos hecho otra cosa en nuestra vida que estudiar, que formarnos para un puesto de trabajo ahora inexistente. Para los millones de personas que ya no tienen ni para un saco de arroz. Lo peor de todo es que los que tienen en sus manos castigar a los culpables creen que una tasa para las transacciones internacionales es demasiado pedir a los señores de corbata.
¿Objetivos del milenio? Objetivos, metas, retos. Solo eso. Todo buenas intenciones. Voluntad la justa.

domingo, 5 de septiembre de 2010

No punto y seguido. Queremos un punto y final.

Gran Canaria. Me alegro de haber nacido en esta isla. No creo que haya lugar mejor. O por lo menos no sé qué sería de mí si lo hubiera hecho en otro lado. Quizá me habría ido mejor en la vida. Quizá peor. En todo caso, aquí nací. Y aquí crecí. Todo lo que yo era a los 17 años, cuando me fui a Madrid, lo había aprendido en una de las afortunadas.


Llegué con recelo. No obstante, el tiempo me llevó a aceptar su forma de vida. Su ritmo de incesante actividad. Su luz, su cultura, su frío, su calor. Todo se incorporó a mi forma de ver el mundo. Y, de paso, la amplió.

Ahora no concibo un mundo sin Madrid. Un mundo sin Cibeles, sin Retiro, sin Gran Vía, sin Chueca, no sería un buen mundo para mí. Ya no.

Aunque mis expectativas de vida no se ubiquen ya en Canarias, me siento tan canaria como los días en que representaba a esta comunidad en los campeonatos deportivos junto con mis compañeras de equipo. Tan española como cuando lloré con el gol de Iniesta. Tan europea como cuando hablan de este continente romántico en las películas americanas. Tan humana como cuando me pregunté por qué los animales hablaban en El rey león.

Soy canaria, española, europea y humana. Ante todo, humana. No creo que fuera ni mejor ni peor si fuera china, somalí, rusa o chilena. Etiquetas a parte, sigo siendo yo, Laura Mengíbar.

Mengíbar. Interesante apellido. Un pueblo de Jaén tiene este nombre. Fue por una familia rica que allí vivió. La familia era vasca.

Hoy hemos sabido del alto al fuego de ETA. Me he tomado la molestia de leer el comunicado. Creen que “es tiempo de asumir responsabilidades y de dar pasos firmes”. Uno de estos pasos, según los etarras, es “crear condiciones para construir un proceso democrático” en el País Vasco. Además, hacen un “llamamiento a la comunidad internacional para que responda con responsabilidad histórica a la voluntad y compromiso de ETA”. Afirman también, que existe una “negación del pueblo vasco” y un “ahogamiento del deseo popular”.

Me gustaría que explicaran su singular concepto de democracia. Hasta donde yo sé, este término no engloba la muerte de más de 800 personas. Más de 800 vidas humanas. Más de 800 familias destrozadas. ¿Qué han ganado con esto? Hablan de “ahogamiento del deseo popular”. El deseo popular no es la sangre. El deseo popular no son los tiros en la nuca. No son los coches bomba. No son los aparcamientos por los aires.

Hablan del pueblo vasco. Incluso algunas teorías hablan de una “raza vasca”. Por mis venas corre sangre proveniente de esa supuesta “raza”. ¿Soy por ello mejor que cualquiera de mis amigos? No. No lo soy. El sitio donde hayamos nacido no importa. La sangre que circule una y otra vez por nuestro corazón no importa. Importa lo que queremos ser. Los valores que defendemos. La humildad importa. Las ganas de paz importan. Lo que compartamos con los demás importa. La lucha contra el terrorismo importa. Y quizá no la lucha desde el poder, que pueden hacer mejor o peor. Sino la lucha de ideas de cada uno de nosotros. El rechazo a los fanatismos. A cualquier fanatismo. Ya sea vasco, catalán, gallego o canario. Todos somos españoles. Cosa que no se olvida a la hora de pedir dinerito al gobierno central. En cualquier caso, somos más que españoles. Somos más que europeos. Somos humanos.

Las fronteras son necesarias. Económica y políticamente necesarias. Pero los independentismos absurdos no lo son. Jamás se me pasaría por la cabeza pedir la independencia de Firgas. O decir que soy firguense, pero no canaria. O que soy canaria, pero no española. O que soy vasca, pero que mi país no es España. Menos aún utilizaría la violencia para defender esas, permítanme de una vez decirlo, estúpidas ideas.

ETA proclama “¡VIVA EL PAÍS VASCO LIBRE!”. Debo recordarles que no están bajo ningún régimen autocrático. En todo caso, el País Vasco está bajo la lacra de ETA, una enfermedad social de la que se debe librar, erradicarla por completo.

El pueblo vasco, el pueblo español, el pueblo europeo, la humanidad entera pide que este alto al fuego sea permanente. Que se dejen a un lado las armas, que triunfe la justicia y la racionalidad. Un pacto temporal no vale. Por muy positivo que en principio sea. Al diablo con las explosiones de una vez por todas. Al diablo con el odio, con el terror.

Y ahora os planto cara, etarras. Cobardes. Misteriosos encapuchados con rifles. Hijos de la ignorancia. Os planto cara como lo hacen los valientes. Con nombre y apellidos. Sin matar a los que no piensan como yo. Luchando con la mayor de las armas: la palabra. Porque las ideas son más fuertes que vosotros. Son más fuertes que las balas y que las bombas. Os encaro y os pido, con la razón por bandera, la libertad para la vida.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Feliz comida, chicos.

¿Cuántas veces ha visitado usted un restaurante Mcdonald’s? Mínimo habrá pisado su pegajoso y grasiento suelo una vez. Y si es de mi quinta, seguro que más de dos, y de tres. Es un lugar de paredes con colores chillones, lo que atrae a las mentes más vulnerables de la casa: “esos locos bajitos”, diría Serrat; esos locos gritones, insoportables y asquerosamente tiernos (cuando quieren), diría yo. Otra estrategia para atraer a la infancia son esos juguetitos que regalan con el Happy Meal. Va a ser este hoy nuestro menú del día.


Una pequeña hamburguesa con queso, tomate y pepinillo, un proyecto de coca-cola (lo sería sin el iceberg que meten en cada vaso), sal con papas (que no papas con sal) y un diminuto postre son los componentes de este menú infantil que comen cada día miles de niños. Una “feliz comida” que resulta, todo hay que decirlo, muy sabrosa.

Frente a los productos del imperio Mcdonald’s se han realizado infinidad de experimentos con el objetivo de probar su nocividad para la salud. Un hombre, de hecho, recuerdo que hace años estuvo comiendo un mes a base de Mcdonald’s sin dejar de hacer sus actividades habituales. Engordó no sé cuántos kilos. No obstante, ¿qué demonios pretendía el muchacho comiendo hamburguesas un día sí y otro también? Creo que todos tenemos claro que la llamada comida basura nos hace aumentar el tamaño del trasero hasta rozar el área de Brasil. Por consiguiente, no considero esta hazaña digna de admiración.

Pero a un grupo de perfectos homo sapiens-sapiens se les ocurrió llevar a cabo un proyecto que delataría de forma fácil, sencilla y para toda la familia los conservantes y la artificialidad del menú infantil Happy Meal. Así que, gastándose menos de 4 euros, compraron una de estas curiosas cajitas con cena y sorpresa incluidas. Y la sorpresa fue la que se llevaron ellos al observar que tras 137 días los contenidos (hamburguesa, papas, coca-cola y postre) se encontraban exactamente igual que en el momento de su compra. Eso sí, fríos como pata de cadáver.

Tuve la oportunidad de ver las imágenes de los… venga, vamos a osar llamarlos “alimentos”, tanto el día de su compra como tras más de 4 meses. La similitud de ambas fotografías era impre-sionante.

Existe un restaurante en EEUU, la patria de las hamburguesas, en el que se sirve la comida basura más sabrosa, sin tener en absoluto en cuenta lo tóxica que pueda resultar para el consumidor. De hecho, si pesas más de los ciento y pico kilos (creo que eran exactamente 120) te regalan las hamburguesas. Como un abonado. Es decir, cuanto más peses, más comida basura gratuita, y más engordarás. El lema del restaurante es algo así como “Sólo se vive una vez”. Muchos han tenido graves problemas cardiovasculares, pero creen que merece la pena morir por el disfrute de las papilas gustativas. Supongo que a esos hombres grandes (que no grandes hombres) no les importa lo más mínimo los conservantes que se puedan acumular en un solo bocado de sus menús. ¿Pero les preocupa a los padres de los chavalines que llevan a sus hijos un fin de semana tras otro a estos lugares de mal comer?

Lo que más me fastidia de todo esto es la repugnancia que me dará a partir de ahora comer mi Happy Meal. Sí. ¿Qué ocurre? Sigo pidiendo el menú infantil. Pero no piensen que es por el juguete (que también), sino por lo barato. A los pobres estudiantes como una servidora nos cuesta demasiado, no comer en un buen restaurante, sino que papá y mamá nos dejen más de 5 euros para comer fuera de casa.