Por cierto, a partir de hoy me dedicaré a publicar, como mínimo, dos artículos por semana.
Gracias a todos.
Un abrazo.
lunes, 30 de agosto de 2010
Días de descanso
Vacaciones. Debemos esperarlas con ansia, con ilusión, incluso con pasión. Un momento para descansar, para disfrutar de nosotros mismos, para ser nosotros mismos. Dejar a un lado el estrés, reponer fuerzas, cargar las pilas. Leer, tomar el sol, acariciar la arena con los pies, tomar unas cañas en la terraza, con pantalón corto, dejando pasar la calurosa noche de verano. Ver las estrellas, comer en restaurantes, hablar de cualquier nimiedad, nada de trabajo. Todo a lo Chanquete, felicidad en cada rincón.
Pero qué ilusos que somos…
Yo voy a dar mi versión de las famosas vacaciones. Quizá no sea la vuestra. Si así es, me alegro, de veras. Pero podría jurar por mi libro de oro de los 50 años de Astérix que alguno de los que se aventuren a poner sus ojos sobre estas líneas, otro más de mis delirios, se sentirá desafortunadamente identificado.
Salimos como gitanos de Francia. Llenas las maletas hasta límites insospechados. Sólo será un fin de semana, pero como si fuera un mes. La mayoría de las cosas prescindibles, casi todo por si acaso. El coche arranca, y a mí me parece un milagro. Vamos 5 en el coche. Sólo falta la abuela, y Casper (mi querido amigo de 4 patas), al que no me dejan llevar por cuestiones de higiene. Me refiero a Casper, aunque parezca extraño, no a mi abuela.
En fin. Una vez allí, dejo todo en el cuarto y a la piscina. En busca y captura de mi hamaca y con libro en mano, me presento en los alrededores de aquel charquito, sin el color transparente de mis sueños. A la escena solo le faltaba el cartel de “fiesta privada”, con subtítulo “Cumpleaños de niños a punto de exorcizar. No pasar”. En primer lugar, no quedaba un sitio libre. No es que estuviera aquello lleno, ya digo que era una república infantil. Pero sus queridas mamás y papás habían puesto sus respectivas toallas en las hamacas, por si a mitad de la tarde les apetecía saber el estado de las epilépticas criaturas.
Total, al suelo con la toalla. Intentando leer el periódico sin que me salpiquen los niños saltarines, con sus piruetas en torno a la piscina, me voy poniendo cada vez más nerviosa. El ruido es ensordecedor. Y nada del sonido del mar al fondo, que, de igual manera, no se habría oído con el incesante pa-panamericano. Estábamos a unos 5 kilómetros de la playa. La crisis es lo que tiene. En primera línea solo pueden hospedarse las Obama.
Se supone que voy a pasármelo bien. Así que intento ser cordial con mi familia. Alguien baja el aire acondicionado. “Ten en cuenta que es malo para la garganta”, me repiten. ¿Pero es que tampoco es malo para la salud estar a 45 grados a la sombra? Sudor incesante rodea mis contornos. Y no es nada sexy, os lo aseguro. Ni tampoco lo era el pegarme el día en la ducha de la piscina (me duchaba, en lugar de bañarme, porque el agua, con tanto niño, estaba misteriosamente caliente…). Lo hacía por pura ansiedad. Como un tic. No pensaba en otra cosa que no fuera una Coca-Cola bien fría con mucho hielo. Y no es por hacer publicidad. Como ya he dicho, no me pagan.
Con tanta tensión junta, no me salía la amabilidad por los 4 costados. Ni siquiera por dos. Pero a ninguno de mis parientes tampoco. Es normal. El calor sofocante no contagia la fraternidad y el amor. Menos aún cuando hay confianza, que, como ya se sabe, da asco cuando uno no está de humor.
A dormir como cachorrillos en una cestita. Todos juntitos. Pagamos un apartamento de 4 y fuimos 6. Con el calor y la traspiración (porque quitaban el aire de noche, ya que “es malo para la garganta”), aquello parecía una iglesia de pueblo. En mis sueños aparecía en Madrid, era invierno, tenía mi precioso abrigo puesto y estaba nevando. Había esa quietud humana que solo ocurre cuando nieva. Ese casi inaudible puf, puf, puf, de los copitos al posarse. Estaba sonriendo. Todo era muy a lo Ana Simón, súper cuqui.
Pero desperté. Estaban ya mis parientes lanzándose miradas inquisitivas. Volví a sudar. Y volví también a escuchar los endiablados niños jugando. ¿De veras, por cierto, hemos pasado todos por esa etapa en la que no se hace otra cosa que gritar? Se tiran a la piscina y gritan; juegan al ping-pong (que no dejaron libre ni un momento, todo sea dicho) y gritan; se pegan una leche y gritan. Nacen instintos asesinos en mi interior y los controlo solo porque está alguna madre cerca. Esos pechos caídos me dan miedo. Gritan muy parecido a sus crías, la genética nunca falla. Así que con ganas de coger una magnum de calibre no sé qué, recojo mi toalla del duro suelo y me largo.
Llega la hora de irse. No veo el momento de llegar a mi habitación y ponerme tranquilamente a leer. Incluso añoro las prácticas. Mientras volvemos a cargar la carreta de gitanos, surge estrés. No sé si es por ganas de llegar a casa (por mi parte, así fue, no me dio ninguna pena irme), o por no quedarnos más tiempo. El tema es que surgen roces. Llevamos 72 horas juntos y ya no nos soportamos más. Hay que volver a nuestras vidas, alejarnos como cada día. Así nos queremos mucho.
Mi balance de las vacaciones fue: odio hacia los niños, discusiones familiares, estrés, sudor y periódicos mojados.
Por fin he vuelto a trabajar. Aunque cuando no te pagan no sé si se le puede decir trabajo. A las prácticas, en todo caso. Creo que es de estos momentos de los que debo disfrutar, y los disfruto. Mi tiempo de trabajo es apasionadamente mío. No voy a dejar que cada día se convierta en una espera de un supuesto descanso que nunca llega. A disfrutar de todos y cada uno de los segundos que nos aporta esta maravillosa vida, señoras y señores, en la que la mayoría del tiempo, por desgracia (yo creo que por suerte) no estaremos de vacaciones.
Pero qué ilusos que somos…
Yo voy a dar mi versión de las famosas vacaciones. Quizá no sea la vuestra. Si así es, me alegro, de veras. Pero podría jurar por mi libro de oro de los 50 años de Astérix que alguno de los que se aventuren a poner sus ojos sobre estas líneas, otro más de mis delirios, se sentirá desafortunadamente identificado.
Salimos como gitanos de Francia. Llenas las maletas hasta límites insospechados. Sólo será un fin de semana, pero como si fuera un mes. La mayoría de las cosas prescindibles, casi todo por si acaso. El coche arranca, y a mí me parece un milagro. Vamos 5 en el coche. Sólo falta la abuela, y Casper (mi querido amigo de 4 patas), al que no me dejan llevar por cuestiones de higiene. Me refiero a Casper, aunque parezca extraño, no a mi abuela.
En fin. Una vez allí, dejo todo en el cuarto y a la piscina. En busca y captura de mi hamaca y con libro en mano, me presento en los alrededores de aquel charquito, sin el color transparente de mis sueños. A la escena solo le faltaba el cartel de “fiesta privada”, con subtítulo “Cumpleaños de niños a punto de exorcizar. No pasar”. En primer lugar, no quedaba un sitio libre. No es que estuviera aquello lleno, ya digo que era una república infantil. Pero sus queridas mamás y papás habían puesto sus respectivas toallas en las hamacas, por si a mitad de la tarde les apetecía saber el estado de las epilépticas criaturas.
Total, al suelo con la toalla. Intentando leer el periódico sin que me salpiquen los niños saltarines, con sus piruetas en torno a la piscina, me voy poniendo cada vez más nerviosa. El ruido es ensordecedor. Y nada del sonido del mar al fondo, que, de igual manera, no se habría oído con el incesante pa-panamericano. Estábamos a unos 5 kilómetros de la playa. La crisis es lo que tiene. En primera línea solo pueden hospedarse las Obama.
Se supone que voy a pasármelo bien. Así que intento ser cordial con mi familia. Alguien baja el aire acondicionado. “Ten en cuenta que es malo para la garganta”, me repiten. ¿Pero es que tampoco es malo para la salud estar a 45 grados a la sombra? Sudor incesante rodea mis contornos. Y no es nada sexy, os lo aseguro. Ni tampoco lo era el pegarme el día en la ducha de la piscina (me duchaba, en lugar de bañarme, porque el agua, con tanto niño, estaba misteriosamente caliente…). Lo hacía por pura ansiedad. Como un tic. No pensaba en otra cosa que no fuera una Coca-Cola bien fría con mucho hielo. Y no es por hacer publicidad. Como ya he dicho, no me pagan.
Con tanta tensión junta, no me salía la amabilidad por los 4 costados. Ni siquiera por dos. Pero a ninguno de mis parientes tampoco. Es normal. El calor sofocante no contagia la fraternidad y el amor. Menos aún cuando hay confianza, que, como ya se sabe, da asco cuando uno no está de humor.
A dormir como cachorrillos en una cestita. Todos juntitos. Pagamos un apartamento de 4 y fuimos 6. Con el calor y la traspiración (porque quitaban el aire de noche, ya que “es malo para la garganta”), aquello parecía una iglesia de pueblo. En mis sueños aparecía en Madrid, era invierno, tenía mi precioso abrigo puesto y estaba nevando. Había esa quietud humana que solo ocurre cuando nieva. Ese casi inaudible puf, puf, puf, de los copitos al posarse. Estaba sonriendo. Todo era muy a lo Ana Simón, súper cuqui.
Pero desperté. Estaban ya mis parientes lanzándose miradas inquisitivas. Volví a sudar. Y volví también a escuchar los endiablados niños jugando. ¿De veras, por cierto, hemos pasado todos por esa etapa en la que no se hace otra cosa que gritar? Se tiran a la piscina y gritan; juegan al ping-pong (que no dejaron libre ni un momento, todo sea dicho) y gritan; se pegan una leche y gritan. Nacen instintos asesinos en mi interior y los controlo solo porque está alguna madre cerca. Esos pechos caídos me dan miedo. Gritan muy parecido a sus crías, la genética nunca falla. Así que con ganas de coger una magnum de calibre no sé qué, recojo mi toalla del duro suelo y me largo.
Llega la hora de irse. No veo el momento de llegar a mi habitación y ponerme tranquilamente a leer. Incluso añoro las prácticas. Mientras volvemos a cargar la carreta de gitanos, surge estrés. No sé si es por ganas de llegar a casa (por mi parte, así fue, no me dio ninguna pena irme), o por no quedarnos más tiempo. El tema es que surgen roces. Llevamos 72 horas juntos y ya no nos soportamos más. Hay que volver a nuestras vidas, alejarnos como cada día. Así nos queremos mucho.
Mi balance de las vacaciones fue: odio hacia los niños, discusiones familiares, estrés, sudor y periódicos mojados.
Por fin he vuelto a trabajar. Aunque cuando no te pagan no sé si se le puede decir trabajo. A las prácticas, en todo caso. Creo que es de estos momentos de los que debo disfrutar, y los disfruto. Mi tiempo de trabajo es apasionadamente mío. No voy a dejar que cada día se convierta en una espera de un supuesto descanso que nunca llega. A disfrutar de todos y cada uno de los segundos que nos aporta esta maravillosa vida, señoras y señores, en la que la mayoría del tiempo, por desgracia (yo creo que por suerte) no estaremos de vacaciones.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Flash forward
Más de un 40 por ciento de paro es lo que tienen que sufrir los jóvenes españoles en estas épocas de crisis que nos ha tocado vivir. Un enorme contraste con el 18% que había en 2006, y eso que en aquel año ya superábamos en 3 puntos porcentuales la media internacional.
Entre la pre y la becarización de los puestos, los jóvenes españolitos tenemos unos bolsillos más largos y desiertos que el agujero por el que pretenden salvar a los desdichados mineros de Chile. Mineros que, como muchos de los adolescentes de nuestro queridísimo territorio, curran como chinos, y, como estos últimos, sin seguro.
Los humanos, me dijo una vez algún sabio, tenemos un único problema en nuestras vidas, y es que tenemos un estómago que necesitamos llenar cada día. Quiero pensar que fue esta cuestión la que llevó a estos pobres chilenos, atrapados en una tumba prematura, a convencerse a sí mismos de que, aún sin seguro, un accidente así jamás les ocurriría a ellos.
Volviendo a los españoles con acné, quedan dos opciones: la primera es que nos cojan, si tenemos mucha, pero que mucha suerte, en un trabajo como empleados potencial y exponencialmente explotables por un mísero sueldo en cualquier hamburguesería; en segundo lugar podemos seguir formándonos para matar el tiempo. No obstante, es el tiempo quien nos mata, ya que pasan los meses, seguimos sin trabajo y sin jornal que poder gastar en los comercios para, de esta forma, recuperar este proyecto de país.
Y luego critican los señores con barba que las nuevas generaciones pasen más décadas en casa de papá y mamá. Pero, teniendo en cuenta las opciones que se nos ofrecen y el precio de las viviendas, vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos.
Respecto al tema de la vivienda hablé uno de estos productivos días de prácticas con uno de mis compañeros. Me comentó que en España tenemos el erróneo concepto de que llegada cierta edad debemos comprarnos una casa, endeudarnos el resto de nuestra estresada existencia y no salir de esa pequeña cueva hasta el momento de ser expulsados al extraño mundo de la residencia viejuna. Quedé convencida de que vivir de alquiler es una buena opción. Pagas lo mismo que en una hipoteca, pero siempre tienes un hogar adaptado a tus necesidades y en el lugar del mundo en el que decidas. Además, tal y como venía diciendo, con lo que cobramos los jóvenes y la flexibilidad laboral que debemos estar dispuestos a asumir, no tener una casa propia veo, como en un flash forward, que será mi futuro.
El problema de que haya tanto parado joven en nuestro país es que, como ya he dicho, se tiende al exceso de formación. Y no digo que la formación sea mala, ojo, ya se sabe que el conocimiento no ocupa lugar (aunque ahora me toca estudiar para septiembre y tengo el disco duro cerebral en su punto para un buen formateo). Quiero decir que, al no apreciarse un horizonte laboral óptimo, la gente tiende a obtener mayor número de títulos universitarios para, en principio, tener más posibilidades de trabajo. Al haber muchos licenciados, la licenciatura pierde prestigio, por lo que, tras años de duro estudio, las mentes saturadas de datos caen de bruces en las listas del paro.
Así que, chicos y chicas de España, os leeré vuestro destino, cual gitana de pueblo (pero sin cobrar, que estoy sólo de prácticas): viviréis en un pisejo con la propietaria dando el coñazo a principios de mes, trabajaréis en hamburgueserías y supermercados varios, peeeero, y lo más importante, habréis pasado por la experiencia más bonita y enriquecedora que un joven, ya sea español, gitano o chileno, pueda vivir en sus años mozos: la apertura mental que aporta la universidad.
Entre la pre y la becarización de los puestos, los jóvenes españolitos tenemos unos bolsillos más largos y desiertos que el agujero por el que pretenden salvar a los desdichados mineros de Chile. Mineros que, como muchos de los adolescentes de nuestro queridísimo territorio, curran como chinos, y, como estos últimos, sin seguro.
Los humanos, me dijo una vez algún sabio, tenemos un único problema en nuestras vidas, y es que tenemos un estómago que necesitamos llenar cada día. Quiero pensar que fue esta cuestión la que llevó a estos pobres chilenos, atrapados en una tumba prematura, a convencerse a sí mismos de que, aún sin seguro, un accidente así jamás les ocurriría a ellos.
Volviendo a los españoles con acné, quedan dos opciones: la primera es que nos cojan, si tenemos mucha, pero que mucha suerte, en un trabajo como empleados potencial y exponencialmente explotables por un mísero sueldo en cualquier hamburguesería; en segundo lugar podemos seguir formándonos para matar el tiempo. No obstante, es el tiempo quien nos mata, ya que pasan los meses, seguimos sin trabajo y sin jornal que poder gastar en los comercios para, de esta forma, recuperar este proyecto de país.
Y luego critican los señores con barba que las nuevas generaciones pasen más décadas en casa de papá y mamá. Pero, teniendo en cuenta las opciones que se nos ofrecen y el precio de las viviendas, vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos.
Respecto al tema de la vivienda hablé uno de estos productivos días de prácticas con uno de mis compañeros. Me comentó que en España tenemos el erróneo concepto de que llegada cierta edad debemos comprarnos una casa, endeudarnos el resto de nuestra estresada existencia y no salir de esa pequeña cueva hasta el momento de ser expulsados al extraño mundo de la residencia viejuna. Quedé convencida de que vivir de alquiler es una buena opción. Pagas lo mismo que en una hipoteca, pero siempre tienes un hogar adaptado a tus necesidades y en el lugar del mundo en el que decidas. Además, tal y como venía diciendo, con lo que cobramos los jóvenes y la flexibilidad laboral que debemos estar dispuestos a asumir, no tener una casa propia veo, como en un flash forward, que será mi futuro.
El problema de que haya tanto parado joven en nuestro país es que, como ya he dicho, se tiende al exceso de formación. Y no digo que la formación sea mala, ojo, ya se sabe que el conocimiento no ocupa lugar (aunque ahora me toca estudiar para septiembre y tengo el disco duro cerebral en su punto para un buen formateo). Quiero decir que, al no apreciarse un horizonte laboral óptimo, la gente tiende a obtener mayor número de títulos universitarios para, en principio, tener más posibilidades de trabajo. Al haber muchos licenciados, la licenciatura pierde prestigio, por lo que, tras años de duro estudio, las mentes saturadas de datos caen de bruces en las listas del paro.
Así que, chicos y chicas de España, os leeré vuestro destino, cual gitana de pueblo (pero sin cobrar, que estoy sólo de prácticas): viviréis en un pisejo con la propietaria dando el coñazo a principios de mes, trabajaréis en hamburgueserías y supermercados varios, peeeero, y lo más importante, habréis pasado por la experiencia más bonita y enriquecedora que un joven, ya sea español, gitano o chileno, pueda vivir en sus años mozos: la apertura mental que aporta la universidad.
lunes, 23 de agosto de 2010
Atención al artículo de elpais.com
3 días después de mi editorial Vidas baratas, elpais.com ha publicado este artículo: http://www.elpais.com/articulo/internacional/ONU/critica/escasa/respuesta/internacional/tragedia/paquistani/elpepuint/20100823elpepuint_5/Tes
jueves, 19 de agosto de 2010
Vidas baratas
Hoy si me lo permiten voy a hablarles de un tema peliagudo, o de una opinión peliaguda, todo depende de cómo se mire. Pero teniendo en cuenta que esta es mi editorial, me aventuraré sin miedo a mostrarla. Espero, como siempre digo, que mis humildes pensamientos no hieran la sensibilidad de vuestras mercedes.
Después de la breve pero clara advertencia, les pido que se remonten a un trágico momento de la historia reciente. Se trata del terremoto en Haití del 12 de enero de este año. Fue un seísmo de 7 grados en la escala de Richter que dejó miles de muertos, muchísimos más heridos y daños materiales incalculables.
La ayuda humanitaria, aunque en estos casos toda la que se envíe es poca, no tardó en movilizarse. Los medios de comunicación se volcaron con la catástrofe, concienciando a la gente de la necesidad de donativos para paliar los efectos del terremoto. Otra cosa es que algunas personas, que no sé si merecen el calificativo de humanas, se quedaran con esas ayudas y se enriquecieran a costa de dejar morir a miles de personas sin acceso a agua potable o harina. Lo mismo ocurrió con el tsunami que azotó las costas asiáticas algunos años antes. Los medios de comunicación no tardaron en ofrecer diversas formas de ayuda a las víctimas.
Sé que lo que me propongo es algo macabro, así como también soy consciente de que no se pueden comparar dos catástrofes distintas. Pero ahora me gustaría que los oyentes hicieran el esfuerzo, y más que esfuerzo en mi caso es una misión imposible, de pensar en los anuncios que han visto para aportar una ayuda a los afectados por las lluvias de Pakistán.
El área afectada por este diluvio universal puede calcularse al sumar la de Austria, Suiza y Bélgica. El número de afectados asciende a los 20 millones de personas, las cuales se han quedado sin los recursos suficientes para sobrevivir y con los ánimos justos para poder luchar. Que se sepa, han muerto 1.400 seres humanos, y resalto el término, porque en ocasiones nos olvidamos de que no son sólo cifras. Hasta 3 millones y medio de niños pakistaníes se encuentran en peligro de contraer enfermedades mortales transmitidas por las aguas contaminadas y los insectos. Y yo me pregunto, ¿es esta catástrofe humanitaria o moral? ¿Qué tiene esta que la hace menos digna de nuestro favor que las demás?
No quiero llevar a cabo ningún juicio precipitado, y que tampoco se entienda que detrás de mis palabras se halla algún tipo de conspiración internacional de esas que tanto nos gusta ver en las series americanas. Lo único que quiero reflejar es la sensación de una servidora y la de varias personas que merecen mi confianza como periodista. Si me equivoco, y el que tiene boca (u ordenador en este caso) tiene la mala tendencia a equivocarse, espero que alguno de ustedes me rebata estos, como ya he dicho, humildes pensamientos. Ojalá sea así y ojalá me equivoque, porque si vivimos en un planeta en el que unas vidas valen más que otras, y creo que ese es el que tenemos, apaga la luz y vámonos. Sin embargo, alguien me dijo una vez que el mundo es tal y como lo construimos. Pero creo que este se lo encargaron a otro, porque, dejando modestias a parte, quiero pensar que yo lo habría hecho más justo.
Después de la breve pero clara advertencia, les pido que se remonten a un trágico momento de la historia reciente. Se trata del terremoto en Haití del 12 de enero de este año. Fue un seísmo de 7 grados en la escala de Richter que dejó miles de muertos, muchísimos más heridos y daños materiales incalculables.
La ayuda humanitaria, aunque en estos casos toda la que se envíe es poca, no tardó en movilizarse. Los medios de comunicación se volcaron con la catástrofe, concienciando a la gente de la necesidad de donativos para paliar los efectos del terremoto. Otra cosa es que algunas personas, que no sé si merecen el calificativo de humanas, se quedaran con esas ayudas y se enriquecieran a costa de dejar morir a miles de personas sin acceso a agua potable o harina. Lo mismo ocurrió con el tsunami que azotó las costas asiáticas algunos años antes. Los medios de comunicación no tardaron en ofrecer diversas formas de ayuda a las víctimas.
Sé que lo que me propongo es algo macabro, así como también soy consciente de que no se pueden comparar dos catástrofes distintas. Pero ahora me gustaría que los oyentes hicieran el esfuerzo, y más que esfuerzo en mi caso es una misión imposible, de pensar en los anuncios que han visto para aportar una ayuda a los afectados por las lluvias de Pakistán.
El área afectada por este diluvio universal puede calcularse al sumar la de Austria, Suiza y Bélgica. El número de afectados asciende a los 20 millones de personas, las cuales se han quedado sin los recursos suficientes para sobrevivir y con los ánimos justos para poder luchar. Que se sepa, han muerto 1.400 seres humanos, y resalto el término, porque en ocasiones nos olvidamos de que no son sólo cifras. Hasta 3 millones y medio de niños pakistaníes se encuentran en peligro de contraer enfermedades mortales transmitidas por las aguas contaminadas y los insectos. Y yo me pregunto, ¿es esta catástrofe humanitaria o moral? ¿Qué tiene esta que la hace menos digna de nuestro favor que las demás?
No quiero llevar a cabo ningún juicio precipitado, y que tampoco se entienda que detrás de mis palabras se halla algún tipo de conspiración internacional de esas que tanto nos gusta ver en las series americanas. Lo único que quiero reflejar es la sensación de una servidora y la de varias personas que merecen mi confianza como periodista. Si me equivoco, y el que tiene boca (u ordenador en este caso) tiene la mala tendencia a equivocarse, espero que alguno de ustedes me rebata estos, como ya he dicho, humildes pensamientos. Ojalá sea así y ojalá me equivoque, porque si vivimos en un planeta en el que unas vidas valen más que otras, y creo que ese es el que tenemos, apaga la luz y vámonos. Sin embargo, alguien me dijo una vez que el mundo es tal y como lo construimos. Pero creo que este se lo encargaron a otro, porque, dejando modestias a parte, quiero pensar que yo lo habría hecho más justo.
viernes, 13 de agosto de 2010
De paraíso natural a infierno económico
Hasta 11 horas es lo que han esperado los desempleados canarios para conseguir un bono de guagua gratis en la estación de San Telmo. El Cabildo se ha compadecido de los menos favorecidos por la crisis (es decir, no incluye a Mercadona) y les ha ahorrado 15 euros de sus respectivos ahorros. Pero, ¿merece la pena realmente malgastar 11 horas de tu vida por tan poco dinero? Yo en 11 horas ya habría gastado los 15 pavos en comida, que desde pequeña me han dicho que mucho trago, pero, todo sea dicho, que poco engordo. Mira, como los bolsillos canarios.
Ya se dice por ahí que es muy malo ser pobre. Pero peor aún es ser parado, ya que así, además de no poder malgastar un duro, sólo se puede pensar en el maldito trabajo, que en estos casos brilla por su ausencia. Y es en estas situaciones cuando la gente mata por un mendrugo de pan, o por un bono de guagua gratis, lo mismo da.
Pero me sé de uno que no va a tener que preocuparse por esto del empleo durante una buena temporada. Se trata de un vecino de no sé qué pueblo isleño que ganó 9 millones de euros por comprar el décimo acertado del sorteo del cuponazo. El muchacho, que acababa de entrar en la treintena, afirmó que utilizaría el premio para pagar la hipoteca y algunos agujerillos. Menudo agujero tiene que ser para taparlo con 9 millones de euros, porque con esa cifra se puede taponar hasta la mismísima Caldera de Taburiente. Con respecto a la hipoteca, entendí que había comprado en una ganga inmobiliaria el Palacio Real.
Dejando a un lado los hombres con suerte pasamos a otros que este año no son los niños mimados de la diosa Fortuna. Porque Zapatero se nos queda sin vacaciones este 2010. Con esto de la crisis mejor no derrochar que luego vienen los reproches, y reproches son los que se ha llevado la señora Obama, que mientras medio país se pone la correa del reloj por cinturón, ella no escatima en gastos para las vacaciones por la costa del sol.
Unos con millones y con vacaciones y otros sin descanso y sin tan siquiera medios de transporte. Ya que los que aún no hemos ahorrado lo suficiente para que la autoescuela nos lo pueda robar tenemos que movernos en transporte público, ese que, por cierto, tan baratito está en nuestras islas. Luego nos quejamos de la contaminación, de los atascos,… Si no hay un servicio de transporte público eficaz y asequible para los ciudadanos pocos serán los que opten por usarlo antes que comprarse un coche que aporte más polución, más retenciones, más ruido y más estrés a nuestra querida Comunidad Autónoma.
Y es que nuestras islas son un paraíso natural, eso jamás lo pondría en duda, pero con tanto parado (y no sólo lo digo por los desempleados) y tan poco cuidado ecológico se está convirtiendo en un infierno económico. Porque he de recordar que lo que queda a estas pobres islitas, dejadas de la mano de la bonanza empresarial, es su paisaje: sus playas y sus montes. Ya que esto se traduce en turismo, el único líquido que calma la sed de los parados canarios. Mientras haga este calor se tendrán que conformar con beber un bono gratis.
Ya se dice por ahí que es muy malo ser pobre. Pero peor aún es ser parado, ya que así, además de no poder malgastar un duro, sólo se puede pensar en el maldito trabajo, que en estos casos brilla por su ausencia. Y es en estas situaciones cuando la gente mata por un mendrugo de pan, o por un bono de guagua gratis, lo mismo da.
Pero me sé de uno que no va a tener que preocuparse por esto del empleo durante una buena temporada. Se trata de un vecino de no sé qué pueblo isleño que ganó 9 millones de euros por comprar el décimo acertado del sorteo del cuponazo. El muchacho, que acababa de entrar en la treintena, afirmó que utilizaría el premio para pagar la hipoteca y algunos agujerillos. Menudo agujero tiene que ser para taparlo con 9 millones de euros, porque con esa cifra se puede taponar hasta la mismísima Caldera de Taburiente. Con respecto a la hipoteca, entendí que había comprado en una ganga inmobiliaria el Palacio Real.
Dejando a un lado los hombres con suerte pasamos a otros que este año no son los niños mimados de la diosa Fortuna. Porque Zapatero se nos queda sin vacaciones este 2010. Con esto de la crisis mejor no derrochar que luego vienen los reproches, y reproches son los que se ha llevado la señora Obama, que mientras medio país se pone la correa del reloj por cinturón, ella no escatima en gastos para las vacaciones por la costa del sol.
Unos con millones y con vacaciones y otros sin descanso y sin tan siquiera medios de transporte. Ya que los que aún no hemos ahorrado lo suficiente para que la autoescuela nos lo pueda robar tenemos que movernos en transporte público, ese que, por cierto, tan baratito está en nuestras islas. Luego nos quejamos de la contaminación, de los atascos,… Si no hay un servicio de transporte público eficaz y asequible para los ciudadanos pocos serán los que opten por usarlo antes que comprarse un coche que aporte más polución, más retenciones, más ruido y más estrés a nuestra querida Comunidad Autónoma.
Y es que nuestras islas son un paraíso natural, eso jamás lo pondría en duda, pero con tanto parado (y no sólo lo digo por los desempleados) y tan poco cuidado ecológico se está convirtiendo en un infierno económico. Porque he de recordar que lo que queda a estas pobres islitas, dejadas de la mano de la bonanza empresarial, es su paisaje: sus playas y sus montes. Ya que esto se traduce en turismo, el único líquido que calma la sed de los parados canarios. Mientras haga este calor se tendrán que conformar con beber un bono gratis.
Cuidado, forastero, ese árbol es mío
Hace unos días murieron 4 personas en la frontera entre el Líbano e Israel por un tiroteo causado por la tala de un árbol en zona libanesa. Supuestamente, soldados de Líbano echaron al aire algunos tiros disuasorios, ya que el árbol estaba en su lado de la valla que divide ambos países. Los israelíes respondieron con tiros directos a las personas, no al cielo, aunque finalmente ahí fue donde acabaron 4 de los allí presentes. Algunos temen, incluso, que esta acción acabe con un conflicto bélico en toda regla.
Como vemos, para hacer una guerra no hace falta mucha imaginación. Cualquier excusa es válida para sacar el revólver de la cartuchera y mandar a 4 ó 5 al otro barrio. Puestos a buscar iniciativas bélicas, también podrían haber argumentado chorradas varias como que un pajarraco pasó de una frontera a otra con no se qué virus “potencialmente” mortal y con el supuesto objetivo de utilizarlo como arma biológica. Pero mejor no dar ideas, que los servicios de cuestionable inteligencia están por todos partes.
Recuerdo que cuando era niña, más niña que ahora, quiero decir, había una compañera de clase que me caía pero que muy mal. Nunca entendí el por qué, pero siempre buscaba la más mínima excusa para atacarme. Que si llevaba sucio el uniforme, que si no había hecho los deberes, que si jugaba mal al escondite…Total, que le faltaba tiempo para buscar fallos que explotar en mi persona. Varios años me estuvo mortificando la odiosa niñita, pero aguanté como una peque-campeona hasta que se marchó del colegio. Según los israelitas, o los libaneses, da igual como se mire, yo tenía una buena razón para coger un bate de béisbol y mandarla a los infiernos infantiles.
Si es que cuando se quiere pelea poco importa el por qué. Una sola persona con ganas de fastidiar al vecino, o al país fronterizo, da lo mismo, puede provocar una guerra. ¿Qué no me creen? Les voy a dar un buen ejemplo. Hace muchos años tuvo lugar un enfrentamiento que dejó a España sin una islita del Caribe, que para ser tan pequeña, menudos quebraderos de cabeza que dio y sigue dando. El caso fue que EEUU necesitaba un motivo para declarar la guerra a España, pero no sabía cómo enfocar el asunto de manera que la opinión pública creyera que actuaban en defensa propia. Un tal Hearst tuvo una excelente idea: “atacaremos a nuestro propio país y diremos que han sido ellos”. De esta manera el Maine, que poco tenía, en principio, que ver en todo aquello, saltó por los aires, llegando las cenizas hasta nuestra orilla del Atlántico. Aquello funcionó de maravilla, por lo que quién sabe cuántas veces se ha utilizado esta artimaña para crear un conflicto. Por lo visto, en ocasiones da igual el número de víctimas del propio país que mueran con tal de que los soldados se puedan llevar al combate. Y yo me pregunto, ¿no necesitaba Estados Unidos un enemigo en 2001?
En todo caso, y volviendo al tema de los arbolitos de los jardines de unos y de otros, me sé una historia en la que la tala de un árbol trajo muchos problemas a nivel interestelar. Se trataba de unos hombrecillos azules que danzaban medio desnudos en medio de una selva y que vivían en un gran ser fotosintético. Además, se unían mediante lazos físicos al resto de la naturaleza por un cablecillo que les salía de la melena. Lástima que tenga el pelo corto, será por eso que me dicen que me falta un cable.
El caso fue que debajo del árbol se encontraba una gran mina de no sé qué mineral precioso, por lo que sacaron a patadas a los nativos. No obstante, los que patearon finalmente fueron los pitufillos gigantes estos, que echaron a los intrusos de su paraíso tropical. Todo este enredo se cuenta en una película de gran presupuesto, no como el que tenemos en la radio. Lo que quiero decir, es que la realidad muchas veces supera la ficción, ya que, en el caso de Israel y Líbano, el matojo en cuestión no tenía mina alguna debajo, ni nadie que viviera en él. Se dispararon balas porque sí, por no tener otra cosa mejor que hacer que enfrentarse con el vecino. Ahora que lo pienso, quizá era eso lo que le ocurría a la niñita de mi colegio, no se le ocurrió nada mejor que hacer que declararme la guerra. Supongo que la falta de actividad afecta a las neuronas, y si a eso le sumamos la gandulería peor aún, ya que, como ya hemos comentado en alguna tertulia, cuesta más trabajo entenderse con los demás que pelearse con ellos.
Como vemos, para hacer una guerra no hace falta mucha imaginación. Cualquier excusa es válida para sacar el revólver de la cartuchera y mandar a 4 ó 5 al otro barrio. Puestos a buscar iniciativas bélicas, también podrían haber argumentado chorradas varias como que un pajarraco pasó de una frontera a otra con no se qué virus “potencialmente” mortal y con el supuesto objetivo de utilizarlo como arma biológica. Pero mejor no dar ideas, que los servicios de cuestionable inteligencia están por todos partes.
Recuerdo que cuando era niña, más niña que ahora, quiero decir, había una compañera de clase que me caía pero que muy mal. Nunca entendí el por qué, pero siempre buscaba la más mínima excusa para atacarme. Que si llevaba sucio el uniforme, que si no había hecho los deberes, que si jugaba mal al escondite…Total, que le faltaba tiempo para buscar fallos que explotar en mi persona. Varios años me estuvo mortificando la odiosa niñita, pero aguanté como una peque-campeona hasta que se marchó del colegio. Según los israelitas, o los libaneses, da igual como se mire, yo tenía una buena razón para coger un bate de béisbol y mandarla a los infiernos infantiles.
Si es que cuando se quiere pelea poco importa el por qué. Una sola persona con ganas de fastidiar al vecino, o al país fronterizo, da lo mismo, puede provocar una guerra. ¿Qué no me creen? Les voy a dar un buen ejemplo. Hace muchos años tuvo lugar un enfrentamiento que dejó a España sin una islita del Caribe, que para ser tan pequeña, menudos quebraderos de cabeza que dio y sigue dando. El caso fue que EEUU necesitaba un motivo para declarar la guerra a España, pero no sabía cómo enfocar el asunto de manera que la opinión pública creyera que actuaban en defensa propia. Un tal Hearst tuvo una excelente idea: “atacaremos a nuestro propio país y diremos que han sido ellos”. De esta manera el Maine, que poco tenía, en principio, que ver en todo aquello, saltó por los aires, llegando las cenizas hasta nuestra orilla del Atlántico. Aquello funcionó de maravilla, por lo que quién sabe cuántas veces se ha utilizado esta artimaña para crear un conflicto. Por lo visto, en ocasiones da igual el número de víctimas del propio país que mueran con tal de que los soldados se puedan llevar al combate. Y yo me pregunto, ¿no necesitaba Estados Unidos un enemigo en 2001?
En todo caso, y volviendo al tema de los arbolitos de los jardines de unos y de otros, me sé una historia en la que la tala de un árbol trajo muchos problemas a nivel interestelar. Se trataba de unos hombrecillos azules que danzaban medio desnudos en medio de una selva y que vivían en un gran ser fotosintético. Además, se unían mediante lazos físicos al resto de la naturaleza por un cablecillo que les salía de la melena. Lástima que tenga el pelo corto, será por eso que me dicen que me falta un cable.
El caso fue que debajo del árbol se encontraba una gran mina de no sé qué mineral precioso, por lo que sacaron a patadas a los nativos. No obstante, los que patearon finalmente fueron los pitufillos gigantes estos, que echaron a los intrusos de su paraíso tropical. Todo este enredo se cuenta en una película de gran presupuesto, no como el que tenemos en la radio. Lo que quiero decir, es que la realidad muchas veces supera la ficción, ya que, en el caso de Israel y Líbano, el matojo en cuestión no tenía mina alguna debajo, ni nadie que viviera en él. Se dispararon balas porque sí, por no tener otra cosa mejor que hacer que enfrentarse con el vecino. Ahora que lo pienso, quizá era eso lo que le ocurría a la niñita de mi colegio, no se le ocurrió nada mejor que hacer que declararme la guerra. Supongo que la falta de actividad afecta a las neuronas, y si a eso le sumamos la gandulería peor aún, ya que, como ya hemos comentado en alguna tertulia, cuesta más trabajo entenderse con los demás que pelearse con ellos.
De mono-humanos a pa-panamericanos
Hace unos días salía la noticia de una ballena que saltaba encima de un yate en las costas sudafricanas. Cuál fue mi sorpresa, además de por el cetáceo con complejo del famoso Willy, al recordar que una escena misteriosamente parecida se narraba en un libro de ficción. Este libro es mi favorito de entre mis favoritos, ya que siempre he creído que una persona que sólo tiene un libro favorito no ha debido leer demasiado en su vida. ¿Imaginan preguntarle a Belén Esteban cuál es el libro que más le gusta? Seguramente respondería preguntando qué nueva tecnología es esa, y menos entendería aún cuando se le diga que hay que utilizar la imaginación, algo para lo que hay que activar lo que lleva debajo del pelo, y no precisamente la nariz operada.
Volviendo al tema de los grandes mamíferos marinos, en la obra se plantea que el ser humano no es el animal más inteligente, sino que existe un ser pluricelular en las profundidades del océano cuyo ADN tiene la información de todos y cada uno de los individuos, es decir, de cada célula. Por tanto, no tienen que ir al colegio para aprender, como los imperfectos seres humanos, sino que la información que tiene una célula pasa a formar parte automáticamente de la información de todo el conjunto por una mutación de ADN. Personalmente, no me gustaría que se diera el caso de tener que saber con exactitud el tratamiento específico de cada uno de los alimentos que me meto en el estómago. Si lo supiéramos, creo que el placer de comer se convertiría en la repugnancia de lo mismo.
Este ser en cuestión, se encontraba en la novela un pelín enfadado con la humanidad, ya que le estábamos ensuciando su casa, un hogar donde había vivido desde tiempos en que los humanos éramos aún monohumanos, y no panamericanos, como somos ahora. Como represalia, el bicho se metió en el cerebro de algunos animales marinos y los mandó en nuestra contra. De ahí, que algunas ballenas se tiraran encima de los veleros para echar a la gente al agua. A continuación, venían sus amigas las horcas y se daban un festín.
Me pregunto, por tanto, si la ballena de Sudáfrica, a la que animo a participar en las olimpiadas oceánicas, no nos estará dando un pequeño aviso. ¿Qué ocurriría si de verdad le estuviéramos ensuciando la casa a un ser más inteligente que nosotros? ¿Cómo llevaría el vertido de la BP? ¿Cómo vengaría la marea negra de china? Cualquier animal que convierte su población en plaga destruye su propio hábitat y el de todos los miembros de su ecosistema. Llama la atención que el ser humano, en principio (y sólo en principio) el más inteligente de los animales haga exactamente lo mismo que una plaga de langostas.
La Agencia Estatal de Meteorología sacó hace un par de días, y sin haberlo deseado me ha salido un pareado, los datos sobre el aumento de la temperatura en nuestro país para los próximos 10 años. No son precisamente escalofriantes, en todo caso, acalorantes. Si extrapolamos este dato a nivel del globo, llegamos a la conclusión de que en cuestión de años nos quedamos sin casquetes polares, y, por tanto, sin esas bonitas ciudades costeras que adornan el contorno de nuestras islas y de otros muchos lugares del planeta azul, que mucho más azul va a ser si no ponemos remedio a este problema.
Mientras nuestros políticos y empresarios se pelean por cuestiones económicas, vamos deteriorando nuestro único hogar sin poner remedio. A menos que el ascensor lunar del que hablaba José Luis sea viable, deberíamos concentrarnos en limpiar nuestra casita y en que nuestros hijos, y a mí me queda mucho para eso, puedan vivir en ella.
Volviendo al tema de los grandes mamíferos marinos, en la obra se plantea que el ser humano no es el animal más inteligente, sino que existe un ser pluricelular en las profundidades del océano cuyo ADN tiene la información de todos y cada uno de los individuos, es decir, de cada célula. Por tanto, no tienen que ir al colegio para aprender, como los imperfectos seres humanos, sino que la información que tiene una célula pasa a formar parte automáticamente de la información de todo el conjunto por una mutación de ADN. Personalmente, no me gustaría que se diera el caso de tener que saber con exactitud el tratamiento específico de cada uno de los alimentos que me meto en el estómago. Si lo supiéramos, creo que el placer de comer se convertiría en la repugnancia de lo mismo.
Este ser en cuestión, se encontraba en la novela un pelín enfadado con la humanidad, ya que le estábamos ensuciando su casa, un hogar donde había vivido desde tiempos en que los humanos éramos aún monohumanos, y no panamericanos, como somos ahora. Como represalia, el bicho se metió en el cerebro de algunos animales marinos y los mandó en nuestra contra. De ahí, que algunas ballenas se tiraran encima de los veleros para echar a la gente al agua. A continuación, venían sus amigas las horcas y se daban un festín.
Me pregunto, por tanto, si la ballena de Sudáfrica, a la que animo a participar en las olimpiadas oceánicas, no nos estará dando un pequeño aviso. ¿Qué ocurriría si de verdad le estuviéramos ensuciando la casa a un ser más inteligente que nosotros? ¿Cómo llevaría el vertido de la BP? ¿Cómo vengaría la marea negra de china? Cualquier animal que convierte su población en plaga destruye su propio hábitat y el de todos los miembros de su ecosistema. Llama la atención que el ser humano, en principio (y sólo en principio) el más inteligente de los animales haga exactamente lo mismo que una plaga de langostas.
La Agencia Estatal de Meteorología sacó hace un par de días, y sin haberlo deseado me ha salido un pareado, los datos sobre el aumento de la temperatura en nuestro país para los próximos 10 años. No son precisamente escalofriantes, en todo caso, acalorantes. Si extrapolamos este dato a nivel del globo, llegamos a la conclusión de que en cuestión de años nos quedamos sin casquetes polares, y, por tanto, sin esas bonitas ciudades costeras que adornan el contorno de nuestras islas y de otros muchos lugares del planeta azul, que mucho más azul va a ser si no ponemos remedio a este problema.
Mientras nuestros políticos y empresarios se pelean por cuestiones económicas, vamos deteriorando nuestro único hogar sin poner remedio. A menos que el ascensor lunar del que hablaba José Luis sea viable, deberíamos concentrarnos en limpiar nuestra casita y en que nuestros hijos, y a mí me queda mucho para eso, puedan vivir en ella.
¡Bienvenidos!
Bienvenidos seáis todos, señoras y señores, niños y niñas de todas las edades, al nuevo (y único) blog de Laura Mengíbar. Una servidora intentará hacer reír, llorar y, sobre todo, reflexionar, a los que valientemente se aventuren a leer mis delirios. Espero conseguirlo, ustedes dirán.
En primer lugar agradecer a los pocos amigos que me quedan en este pequeño y perdido planeta por arrastrasme, pausada pero ininterrumpidamente, hacia la creación de un blog en el que poder expresar mis paranoias varias sin tener que sufrir las risas en la cara. Además ya era horita de ir tecnologizándome, que mientras mis amigos ya utilizaban el i-phone yo seguía con el teléfono de la ruedita.
Respecto al contenido del blog, colgaré las editoriales que publique en mis prácticas en Radio Firgas hasta que éstas finalicen (y aprovecho para agradecer a mis compañeros de la emisora, José Luis Martín y Paco García, todo lo que me han enseñado como periodista y como persona). Cuando termine esta explotación gratuita de mi yo periodista, los incesantes vientos de la vida dirán hacia dónde deciden soplar. Pero de lo que estoy segura es de que no dejaré desatendido este blog que con tanta ilusión he creado.
Muchísimas gracias por su tiempo y espero que mis humildes pensamientos no hieran la sensibilidad de vuestras mercedes. En todo caso, si así fuera, disculpen las molestias, o... no lo lean.
¡Adelante, mis queridos exploradores, sumergíos es esta aventura que acaba de empezar!
En primer lugar agradecer a los pocos amigos que me quedan en este pequeño y perdido planeta por arrastrasme, pausada pero ininterrumpidamente, hacia la creación de un blog en el que poder expresar mis paranoias varias sin tener que sufrir las risas en la cara. Además ya era horita de ir tecnologizándome, que mientras mis amigos ya utilizaban el i-phone yo seguía con el teléfono de la ruedita.
Respecto al contenido del blog, colgaré las editoriales que publique en mis prácticas en Radio Firgas hasta que éstas finalicen (y aprovecho para agradecer a mis compañeros de la emisora, José Luis Martín y Paco García, todo lo que me han enseñado como periodista y como persona). Cuando termine esta explotación gratuita de mi yo periodista, los incesantes vientos de la vida dirán hacia dónde deciden soplar. Pero de lo que estoy segura es de que no dejaré desatendido este blog que con tanta ilusión he creado.
Muchísimas gracias por su tiempo y espero que mis humildes pensamientos no hieran la sensibilidad de vuestras mercedes. En todo caso, si así fuera, disculpen las molestias, o... no lo lean.
¡Adelante, mis queridos exploradores, sumergíos es esta aventura que acaba de empezar!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)