Un segundo y todo se acaba. Tu vida, tal como la habías planteado, cae desmoronada por un terraplén. Y ahí te quedas, encajado de por vida en una silla en la que jamás habías pensado sentarte. La silla definitiva. El único trono de tu pequeño reinado en este absurdo planeta. Y todo por comer, el único problema que realmente tiene el ser humano. Por ganarte el pan comenzaste a trabajar sin seguridad, todo para acabar en tu eterna silla de ruedas.
Jaime, Beatriz, Andrés, Rodrigo, Andrea, Marta,… Así hasta 154.539. Todos ellos seres humanos. Todos ellos con menos de 3 décadas en este codicioso mundo. Todos ellos accidentados en sus empleos inseguros. Todos con su vida destrozada en 2009. En solo un año cambió el destino de todos estos jóvenes que trabajaban en situaciones precarias. Muchos ni siquiera recibieron una mínima formación. Adiestrados sobre la marcha para trabajar sin queja.
Tras el volantazo vital los empresarios se lavan las manos. Todos los gastos para la familia, todo el sufrimiento silenciado. ¿Pero de verdad vale la pena? Comer durante un tiempo a costa de perder las piernas para siempre. No podemos dejar de comer; conseguir empleo sin piernas, sin embargo, se hace difícil. Duro dilema. Dilema con final trágico para miles de familias. ¿Qué hacer cuando tu estómago reclama atención? ¿Qué hacer cuando estómagos familiares truenan?
Son carroña para los empresarios sin escrúpulos. Hienas hambrientas olisquean los huesudos restos de quienes suplican trabajo sin condiciones. La vida por el pan, en el caso del trabajador. La conciencia por el dinero, en el de la hiena. Vida y conciencia perdidas, abandonadas a su suerte en el desierto moral de la ilegalidad.
El 42% de la juventud española no está en estúpidos programas al estilo “Las joyas de la corona”, sino en paro. Muchos formándose cada vez más para no encontrar otra cosa que la calle. La casa de papá o estos trabajuchos en los que puedes jugarte la vida son las opciones. Jóvenes que tras años de hacer lo que siempre nos pidieron (“Estudia, hija, estudia.”) nos vemos reducidos a la generación perdida. La generación más formada de la vida de este maltrecho país en la calle. En trabajillos de mala muerte por 4 perras. Todo consecuencia de problemas que no hemos generado, que jamás imaginamos, de los que nunca fuimos cómplices. Sin embargo, los gobiernos salvan a la banca. Una “ayuda” para evitar la caída de préstamos. El dinero se otorgó, pero… ¿dónde están los préstamos? El dinero de los gobiernos es NUESTRO dinero. El dinero que pagamos debe sernos devuelto en forma de ayudas, no utilizado para salvar la banca, gran monstruo sin cabeza, conciencia ni razón. Ayuda para nosotros, los jóvenes, que no queremos jodernos la vida en un trabajo con condiciones precarias. Que queremos trabajar para lo que hemos estudiado durante años. Que queremos hacer cosas, que tenemos ideas nuevas, que podemos cambiar el mundo, si nos dejan.
La generación perdida es, sin embargo, una generación. Una generación que no luchó en la guerra, que no votó en la transición. Pero somos una generación que trabajará hasta los 67, una generación formada, la primera generación digital, la generación más golpeada por la crisis, el futuro de este país. Porque seremos nosotros los que cargaremos con los errores ajenos, los que a base de trabajos precarios y mucha formación terminaremos alzando las expectativas de este humilde hogar llamado España.
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