sábado, 16 de octubre de 2010

Cambiemos el mundo

Como algunos ya sabéis, durante el curso me ubico en una residencia de estudiantes. Estoy, por tanto, entre universitarios. Gente preparada, formada, con cierta cultura. Se supone. Pues bien, en estos lares de estudio y ciencia me llama poderosamente la atención la falta de conciencia medioambiental que prima. Son pocos los que reciclan y menos los que llevan a cabo un consumo racional del agua. Cuando entro al cuarto de baño me encuentro a menudo transportada contra mi voluntad a un apartado lugar de Londres en una noche oscura, con una densa niebla que traspasar hasta el meadero. Cuando mis necesidades urinarias han sido satisfechas y procedo, debido a mi orgullosa coquetería, a observar mi reflejo en el cristal, me doy cuenta de que no soy nadie. Solo una mancha amorfa parece seguir mis movimientos, pero en ningún momento puedo llegar a reconocerme. El vapor de agua derivado de las eternas duchas que se pegan muchas de mis compañeras acaba con mi vanidad. Y eso me cabrea doblemente. Por una parte no puedo saber dónde demonios me estoy poniendo el rímel, lo que acaba en que salga echa un payaso. Por otra, y mucho más importante que mi rostro apayasado, miles y miles de litros de agua se están malgastando porque unas estúpidas adolescentes no tienen conciencia de que el agua es un bien escaso.
Cuando llegan noticias respecto a las pobres reservas de agua en ciertas partes del globo todos ponemos cara de corderitos y culpamos a las grandes empresas. Pero olvidamos que podemos reciclar, que podemos ahorrar agua, que podemos dejar de tirar el aceite por el bajante, que no tenemos que tener la calefacción a tope,… Pero, sobre todo, nos olvidamos de que los que están detrás de las grandes empresas, a las que culpamos de todos los males medioambientales habidos y por haber, también son personas, personas que no han tenido una concienciación lo suficientemente fuerte para hacer las cosas como es debido en este planeta que se muere. Personas que, como mis queridas compañeras universitarias, han pensado “bueno, por esta vez, qué más da, seguro que esto no cambia nada”. Es cierto, solo somos en este país unos 45 millones de personas, ¿qué podríamos hacer nosotros para no pintar de colorines radiactivos el planeta azul? ¿Qué demonios podríamos hacer los…no sé ni cuántos millones de personas que componemos Europa? ¿Qué podríamos hacer?
Por favor, pido que jamás volváis a haceros esa pregunta hipócrita. Los que están leyendo estas líneas pueden hacer mucho más de lo que hacen. Empezando por cerrar el grifo cuando se enjabonan o cuando se lavan los dientes, mis aseados lectores, y terminando por concienciar a los demás. Los que no se esfuerzan por gandulería o por inercia miraos al espejo después de ducharos y veréis vuestro real reflejo: solo una mancha amorfa, ni siquiera humanos.
El Danubio está teñido de rojo por gente sin conciencia. El Golfo de México está teñido de negro por gente sin conciencia. La selva del Amazonas deja su verde característico para teñirse de marrón día a día por gente sin conciencia. Por eso os pido que no deleguéis la carga en otros. Pensad que si vosotros no hacéis nada, la humanidad entera no tiene por qué hacer nada. Cambiar el mundo, teñirlo del color que queremos, está en nosotros mismos. Cambiemos el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario