martes, 26 de octubre de 2010

El eterno retorno

Nosotros, humanos y pobres mortales, nacemos, nos desarrollamos, nos reproducimos y finalmente terminamos criando malvas. Cerramos un ciclo que comenzamos con el parto materno. Pues bien, todo en esta vida se puede ver simplificado a eso, un ciclo. La economía, el amor, la política, las amistades, las crisis del capitalismo… Todo es un bucle. Hoy probaremos esta teoría con el ciclo de la materia.
Alguna vez se habrán preguntado, si la caja tonta no les ha dejado ya las neuronas adormiladas, de dónde proviene la energía que nos sirve para realizar las actividades cotidianas. Respuesta fácil: la comida. Ya, pero hasta ahí creo que llegamos todos. No obstante, ¿de dónde procede en primer término?
Los llamados organismos productores no obtienen la energía del súper de la esquina, sino de un famoso compuesto inorgánico, el CO2, combinado con una buena dosis de luz. De esta manera, sintetizan compuestos orgánicos que posteriormente nosotros podemos usar como combustible para nuestras insaciables células. Como organismo productor típico usted puede imaginar una planta cualquiera, por ejemplo los geranios de su parterre.
Los organismos consumidores, y no me refiero a los de esta  macrosociedad capitalista, son los carnívoros y los herbívoros; es decir, los que se comen a los productores, o los que comen otros consumidores. Y como ya dijimos antes, nadie se libra del alma de la guadaña, por lo que alguien debe recoger y reciclar los platos rotos de la materia orgánica que queda por ahí desperdigada. Estos son los descomponedores, microorganismos que degradan la materia orgánica en descomposición para cerrar el ciclo. Estos pequeños bichejos hacen todo el trabajo sucio, ya que, además de encargarse de limpiar las calles de animalitos muertos, también se encargan de sus heces. Así que ya saben, si les coge el apretón en medio de ninguna parte los descomponedores harán el resto.
Estos chicos, mal vistos y con mucho trabajo, son fundamentales en el ciclo de la materia, ya que son los que remineralizan la materia para que pueda ser utilizada de nuevo por los organismos productores. Es decir, los excrementos de los descomponedores, como hongos y bacterias, son los que serán usados por las plantas, junto con la luz, para crear la materia orgánica.
Por tanto, volviendo al ejemplo de los geranios, la plantita decorativa usa el abono y la luz solar para crear materia orgánica; ésta será engullida por un par de caracoles que andaban por allí rondando; a su vez, los caracoles serán guisados por gente como mi abuela, que por cierto los hace de muerte; y cuando nosotros salgamos con los pies por delante, seremos alimento para los descompondores, que, además de soltar CO2 a la atmósfera, harán de nosotros abono para plantas.
Paralelamente a este ciclo de la materia, podemos estudiar también el ciclo de un compuesto del que ya hemos hablado y que resulta esencial para la vida en el planeta: el carbono, sobre todo en la molécula CO2. Aunque tan mala fama haya cogido la pobre molécula de unos años acá, lo que realmente perjudica no es su existencia, sino, como ocurre en todos los aspectos de la vida, el exceso de la misma. Sin ella, los organismos autótrofos, por ejemplo, los benditos geranios, no podrían fabricar materia orgánica. Además, debemos tener en cuenta que el CO2 también contiene oxígeno, por lo que nuestros amados y cuidados geranios crearán, por una parte, materia orgánica, y por otra, desprenderán oxígeno a la atmósfera, una molécula (ya que estamos hablando de 2 átomos del elemento en cuestión) mucho mejor vista por la siempre importante opinión pública.
El carbono orgánico, sólido somier donde se apoya el mullido colchón de la vida, es utilizado por los consumidores (y no vuelvan a pensar en términos económicos), fundamentalmente animales y bacterias, como fuente de carbono y energía. Para finalizar el ciclo de este valioso elemento, los descomponedores remineralizan el carbono a CO2, soltándolo a la atmósfera.
Todo en excesiva cantidad es perjudicial. Un buen ejemplo: seguramente usted querrá a su pareja, incluso puede, y ojalá sea así, que con locura. Pero prueben a estar 2 semanas sin despegarse de su pinchoncito en las 24 horas que tiene el día. Querrán matarlo, científicamente comprobado. Bien, pues exactamente lo mismo ocurre con el CO2. La actividad humana está acabando con las grandes reservas de bosques del planeta; es decir, van disminuyendo los recursos para convertir el CO2 en oxígeno. Además, por otro lado, aumentan exponencialmente las cantidades de dióxido de carbono que expulsan las industrias. Por consiguiente, tenemos más componente nocivo en el aire y menor capacidad para convertirlo en oxígeno.
El resultado es el archiconocido efecto invernadero, una capa de CO2 que impide la fuga de la radiación solar al espacio, lo que provoca que la Tierra se recaliente.
Como ya he comentado, todo en esta humilde existencia es un ciclo. Pero hasta los ciclos se regulan con los cambios. ¿Qué tipo de transformación debería producirse para regular este estropicio climático?

sábado, 23 de octubre de 2010

Analfabetización periodística

Objetividad, contrastación, imparcialidad, claridad, concisión. Todas deben utilizarse para elaborar la información en un medio. Y digo información, ya que, en principio, esta debe quedar claramente diferenciada de la opinión.
Otra de las características fundamentales, el padre nuestro del periodismo, es la pirámide invertida. Una noticia debe comenzar por lo más importante (en base, obviamente, a criterios de actualidad, interés, cercanía, etc.) para dar paso en los párrafos posteriores a los detalles de menor relevancia. Para los que nunca hayan oído hablar de esta figura periodística básica, quedará claro con esta explicación que se va del grueso del interés noticioso a lo más irrelevante, dibujando así una especie de triángulo boca abajo.
Antes de comenzar a estudiar esta carrera (“¡Estudia algo de provecho!”, exclaman invariablemente los progenitores al conocer las tendencias académicas de sus retoños) creía que los “grandes medios” de nuestro país estaban gestionados por grandes ilustrados, inspirados por la divinidad para representar con precisas palabras una realidad tangible. Mi mente adolescente imaginaba aquellos inalcanzables sabios, ortodoxos de la praxis periodística, en continuo movimiento, trabajando por y para la verdad, llevando por bandera las 5 W.
Cuando me incorporé a esta facultad de locos que tanto me ha dado, teóricamente hablando, comencé a dedicarme más y mejor al estudio exhaustivo de los medios, a comparar lo que debía ser y lo que era. Y menudo fiasco.
Los medios de comunicación se saltan a la torera aspectos tan fundamentales como el lead*. ¿Por qué demonios me encuentro, desgraciadamente a menudo, leads literarios? En ocasiones no distingo si me están contando una noticia o es el principio de una novela policíaca. ¡No puedes hacer que el lector esté intrigado por saber qué narices ha pasado hasta el final de segundo párrafo!
En esos momentos de desesperación caen los míticos periodistas de mis sueños y son reemplazados por los analfabetos (periodísticamente hablando) con suerte que abundan en las redacciones. Y ya no hablo de la separación entre opinión e información, norma que di por perdida en los medios hace mucho tiempo, sino de algo tan básico como decirle al lector qué puñetas ha ocurrido en un párrafo.
Solía pensar que quien trabajara en un “gran medio” podía considerarse periodista con mayúsculas, ya que creí (ingenua de mí) que las pruebas de selección eran más estrictas. No obstante, visto lo visto, creo que a cualquier estúpido que sepa leer, escribir y acatar órdenes de una línea editorial puede poner su firma al final de una noticia, sin necesidad de saber qué es un lead, cuáles son las 5 W o qué es eso de la pirámide invertida.
En fin, seguiré refunfuñando por la calidad periodística perdida desde mi acogedor búnker de ideal teoría. Lo único que espero es que algunos refunfuñen conmigo.

Siento el fallo técnico

Muy buenas a tod@s. Anuncié en varias redes sociales una nueva entrada en mi blog que por fallos técnicos (internet en esta residencia es pedirle peras al olmo) ajenos a mi voluntad no salió a la luz. Yo creí que la entrada de "Vida viral" se había publicado correctamente la semana pasada, pero no fue así. Cierto amigo me avisó de la ausencia de mi entrada y procedí, por tanto, esta mañana a colgarla. Disculpen las molestias.
Un saludo y gracias.

Vida viral

Es otoño. Tiempo de tormentas, paraguas, chubasqueros, hojas marrones y, sobre todo, gripe, mucha gripe. El moqueo, los estornudos, el mal cuerpo y la fiebre que nos produce son inconfundibles. Aun siendo tan común y reconocible para todos, muy pocos son los que realmente conocen a este pequeño intruso que penetra en las vías respiratorias sin ser invitado. Para que conozcan mejor a este ocupa, hoy vamos a hablar de los virus.
Estos diminutos caraduras tienen una estructura muy sencilla si la comparamos con la de una célula o una bacteria. Básicamente se componen de 2 partes:
-la primera es un fragmento de ácido nucleico, lo que hablando en cristiano viene a ser una pequeña cadena de información que determina cómo es el virus en cuestión y cómo serán sus descendientes. Este ácido podrá ser del famoso ADN, o de ARN, un primo hermano cuya diferencia radica en que tiene oxígeno. De ahí, por cierto, vienen sus nombres: ADN significa ácido desoxirribonucleico, mientras que el ARN es ácido ribonucleico. Pero para no volvernos locos, mejor quedarnos con que ambos son cadenas de información genética.
-la segunda parte del virus es un cápsula de proteínas que protege el pedacito de ácido nucleico.
Para visualizar de forma simple un virus, imagínense un cerebro, la parte importante y por tanto la que lleva la información, rodeado de un cráneo que la protege. El cerebro corresponderá con el fragmento de ADN o ARN, mientras que el cráneo será la cápsula proteica.
Ahora que pueden imaginar la forma sencilla de un virus, comencemos, cual paparazzi del mundillo del corazón, a indagar un poquito en su vida. Estos bichejos son inertes mientras no interactúen con una célula hospedadora. Es decir, su vida carece de sentido sin una célula a quien fastidiarle la existencia. Cuando entran en contacto con una de ellas, la cápsula proteica se pega a la membrana celular e inyecta el ácido nucleico en el interior de la pobre celulita que nada había hecho para merecer aquello.
Cuando el “cerebro” del virus se encuentra ya en el interior de la célula hospedadora, a la que nadie preguntó si quería serlo, se comienzan a bloquear todas las funciones normales de la célula para sustituirlas por funciones de reproducción viral. Por tanto, la célula se convirtió en una especie de robot creador de pequeños virus sin comerlo ni beberlo. Cuando está bien “embarazada” de virus, la membrana celular, que es algo así como la piel de estos organismos, se abre como un saco del que comienzan a salir malévolos virus listos para infectar nuevas víctimas.
Aunque suene a peli de miedo, esto ha ocurrido en nuestro propio cuerpo decenas de veces cuando tenemos gripe. Lo que ocurre entonces es que nuestro sistema inmune, compuesto por tropas bien entrenadas capaces de derrotar al virus invasor, destierra para siempre al enemigo. Sin embargo, este cruel villano tiene increíble capacidad de mutación, por lo que su información genética, es decir, su “cerebro”, cambia constantemente, burlando entonces bajo un nuevo disfraz la vigilancia extrema de nuestros ejércitos defensores. Por este motivo padecemos la incómoda enfermedad una y otra vez.
He de confesar que, aunque la mayoría de las personas normales entre las que no me encuentro odien los virus y su estudio, yo siempre he sentido debilidad por ellos. En especial por los virus complejos. La primera vez que vi uno en mi libro de biología fue amor a primera vista. Desde entonces no he podido sacármelo de la cabeza. En fin, intentaré explicar las razones de mi incomprensible amor por estas curiosas formas de vida.
Pondré como ejemplo esclarecedor el virus bacteriófago T4, y no me estoy refiriendo a la terminal de Iberia en Barajas. Imagínense un chupa chups de cuya base salgan una especie de patas de araña. La parte superior o el caramelo del chupa chups, sería lo que antes hemos explicado: el cerebro y el cráneo. El palo de la chuche y las patitas de araña son estructuras para facilitar el acoplamiento con la bacteria hospedadora. ¿No les parece extraordinario? Si no es así, déjenme en paz, que para gustos colores.
Dejando el T4 a un lado y volviendo a la generalidad viral, son muchos los científicos que han tenido sus reservas al declarar a los virus como seres vivos, ya que no cumplen las exigencias para considerarlos como tales. Un ser vivo, para serlo, debe tener ciertas características: debe ser capaz de nacer, desarrollarse, nutrirse, reproducirse y morir. No obstante, los virus no se nutren ni se reproducen por sí mismos, ya que necesitan para ello una célula hospedadora.
¿Diría usted que ese maldito gripazo, que le obliga a coger la baja y a meterse en cama, se origina por una forma de vida tan simple que ni siquiera se considera vida? En todo caso, tenga o no tenga padres, usted y yo nos seguiremos acordando de los del virus durante 3 ó 4 días al año.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cambiemos el mundo

Como algunos ya sabéis, durante el curso me ubico en una residencia de estudiantes. Estoy, por tanto, entre universitarios. Gente preparada, formada, con cierta cultura. Se supone. Pues bien, en estos lares de estudio y ciencia me llama poderosamente la atención la falta de conciencia medioambiental que prima. Son pocos los que reciclan y menos los que llevan a cabo un consumo racional del agua. Cuando entro al cuarto de baño me encuentro a menudo transportada contra mi voluntad a un apartado lugar de Londres en una noche oscura, con una densa niebla que traspasar hasta el meadero. Cuando mis necesidades urinarias han sido satisfechas y procedo, debido a mi orgullosa coquetería, a observar mi reflejo en el cristal, me doy cuenta de que no soy nadie. Solo una mancha amorfa parece seguir mis movimientos, pero en ningún momento puedo llegar a reconocerme. El vapor de agua derivado de las eternas duchas que se pegan muchas de mis compañeras acaba con mi vanidad. Y eso me cabrea doblemente. Por una parte no puedo saber dónde demonios me estoy poniendo el rímel, lo que acaba en que salga echa un payaso. Por otra, y mucho más importante que mi rostro apayasado, miles y miles de litros de agua se están malgastando porque unas estúpidas adolescentes no tienen conciencia de que el agua es un bien escaso.
Cuando llegan noticias respecto a las pobres reservas de agua en ciertas partes del globo todos ponemos cara de corderitos y culpamos a las grandes empresas. Pero olvidamos que podemos reciclar, que podemos ahorrar agua, que podemos dejar de tirar el aceite por el bajante, que no tenemos que tener la calefacción a tope,… Pero, sobre todo, nos olvidamos de que los que están detrás de las grandes empresas, a las que culpamos de todos los males medioambientales habidos y por haber, también son personas, personas que no han tenido una concienciación lo suficientemente fuerte para hacer las cosas como es debido en este planeta que se muere. Personas que, como mis queridas compañeras universitarias, han pensado “bueno, por esta vez, qué más da, seguro que esto no cambia nada”. Es cierto, solo somos en este país unos 45 millones de personas, ¿qué podríamos hacer nosotros para no pintar de colorines radiactivos el planeta azul? ¿Qué demonios podríamos hacer los…no sé ni cuántos millones de personas que componemos Europa? ¿Qué podríamos hacer?
Por favor, pido que jamás volváis a haceros esa pregunta hipócrita. Los que están leyendo estas líneas pueden hacer mucho más de lo que hacen. Empezando por cerrar el grifo cuando se enjabonan o cuando se lavan los dientes, mis aseados lectores, y terminando por concienciar a los demás. Los que no se esfuerzan por gandulería o por inercia miraos al espejo después de ducharos y veréis vuestro real reflejo: solo una mancha amorfa, ni siquiera humanos.
El Danubio está teñido de rojo por gente sin conciencia. El Golfo de México está teñido de negro por gente sin conciencia. La selva del Amazonas deja su verde característico para teñirse de marrón día a día por gente sin conciencia. Por eso os pido que no deleguéis la carga en otros. Pensad que si vosotros no hacéis nada, la humanidad entera no tiene por qué hacer nada. Cambiar el mundo, teñirlo del color que queremos, está en nosotros mismos. Cambiemos el mundo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Los guisos con guisantes de Mendel

¿No se ha preguntado alguna vez por qué sus hijos no se parecen en nada a usted? A mí me ocurre algo parecido. Mis hermanas y yo no nos parecemos ni en los agujeros nasales a mi madre o a mi padre. Ni siquiera nos parecemos entre nosotras. De pequeña se burlaban de mí diciendo que era adoptada. Yo me lo creía, y menudo trauma. Así quedé. El caso es que en lo único que toda la familia coincide es en el poco pelo. Que, para el caso, habría sido mejor que no nos pareciéramos en nada.
Esta misma pregunta se la formuló hace unos 150 años un tal Gregor Johann Mendel, un sacerdote austriaco que no tenía otra cosa que hacer que ponerse a observar las plantas. Observa que te observa, el muchacho decidió estudiar la transmisión de las características biológicas de unas generaciones a otras. Pero gracias al cielo, estas investigaciones no las hizo con humanos, ya que aquello habría resultado ser Sodoma y Gomorra; las llevó a cabo, por tanto, con guisantes.
Las plantas de guisantes pueden variar entre sí por siete características: longitud de tallo, forma y color de la vaina, posición y color de la flor, forma y color de la semilla. Pero si el pobre monje se hubiera puesto a investigar con todas estas características a la vez se habría vuelto majara. Por lo que decidió centrar sus investigaciones, en principio, en un solo carácter: el color del guisante.
Mendel cruzó, en el inicio de sus experimentos, guisantes amarillos con guisantes verdes. Pues resultó que todos los hijitos guisantes eran amarillos. Intrigado por este resultado, el chico austriaco cruzó entre sí a los hijitos, a ver qué ocurría. Y no se preocupen ustedes, que en las plantas esto de incesto no tiene nada. En fin, los resultados fueron los siguientes: de cada 4 guisantitos, 3 eran amarillos y uno, solo uno, verde. Hay que tener en cuenta, que el único “miembro de la familia” que también era verde era uno de sus abuelos. Por tanto, fenotípicamente, que quiere decir en su apariencia externa, hemos retrocedido 2 generaciones. “¿Y esto por qué se produce?”, se preguntó Mendel.
Dándole vueltas a la cabeza una y otra vez, el monje agustino descubrió que estos resultados coincidían con el supuesto de que cada carácter, en este caso el color del guisante, estaba determinado por 2 factores hereditarios. Es decir, que el fenotipo o apariencia externa de los guisantes dependía del cruce de estos dos factores.
Vamos a explicar este supuesto al que llegó Mendel con un claro y absurdo ejemplo. Imagínense que mi color de pelo esté determinado por la mezcla de manzanas que hagan mi padre y mi madre. Es un tanto estúpido, pero muy visual. A ver, mi padre tiene 2 manzanas amarillas, que determinan el pelo claro, mientras que mi madre tiene 2 manzanas rojas, que determinan el pelo oscuro. Las rojas priman sobre las amarillas, por lo que si la mezcla es una de cada, mi pelo resultará oscuro. Los espermatozoides y los óvulos tienen la mitad de la información genética de una persona. Por tanto, ambos poseerán solo una de las manzanas de mis padres. Si un espermatozoide de mi padre y un óvulo de mi madre se juntan, ¿qué tenemos? Una bonita ensalada de frutas en la que hay una manzana roja y otra amarilla. Por consiguiente, como ya hemos explicado que las rojas priman sobre las amarillas, mi pelo será oscuro.
Después de esta apetitosa degustación frutal, vamos a explicar los conceptos que hemos tratado. Cada una de las manzanas simbolizaba un gen o alelo. Las manzanas rojas que prevalecían sobre las amarillas eran los alelos dominantes, mientras que las amarillas representaban los alelos recesivos. Por lo que el conjunto de características externas o fenotípicas que tiene su hijo es un mejunge entre la mitad de su información genética combinada con la mitad de la información genética de su pareja. Las combinaciones pueden ser numerosísimas, ya que normalmente cada carácter está determinado, no por dos alelos como hemos intentado ejemplificar con mi pelo, sino por la combinación de 6, 7 u 8 alelos.
La genética de la que tanto habrán oído hablar no es más que el estudio de estas combinaciones. Y podrán preguntarse, ¿qué relación existe entre los genes y nuestra apariencia? ¿Cómo la determinan? Pues muy fácil. Verán, los genes llevan consigo cierta información, como una especie de mensajero. Esa información es la que determinará nuestro aspecto. Así que si tienen orejones o la nariz grande ya saben a quién achacárselo. La herencia genética es lo que tiene.
Volviendo un poquito a la historia, Mendel publicó sus descubrimientos en una obra que no tuvo gran relevancia en la época, por lo que el pobre monje se murió sin pena ni gloria. Unos años más tarde, en torno al 1900, 3 botánicos redescubrieron los resultados de Mendel e hicieron algo muy poco común en la historia de la ciencia: otorgar los logros al propio Mendel y no a sí mismos. Por lo que fue el nombre del religioso el que pasó a los libros de ciencia. Además, establecieron los descubrimientos del monje en 3 leyes a las que llamaron “las leyes de Mendel”. Un acto de pura nobleza.
Así que hoy hemos descubierto de dónde provienen sus quejas respecto a su abultada nariz y que en la ciencia existe la bondad.
Laura Mengíbar desde Madrid para Radio Firgas.

domingo, 10 de octubre de 2010

Comienza "Biología para sordos"

Escribo para dar anuncio de la inminente publicación de una serie de artículos sobre biología. Estos son los mismos que se podrán escuchar en Radio Firgas en la sección "Biología para ciegos". Intentaré explicar mis humildes nociones sobre esta ciencia lo mejor que pueda. Estoy muy ilusionada con este pequeño proyecto, me apasiona la biología. El objetivo es acercar este ámbito científico a aquellos que, hasta hoy, no han tenido un profundo estudio del mismo.
Por otra parte he de anunciar mis ya acabadas prácticas en Radio Firgas, por lo que ya no habrá más editoriales que pueda difundir mediante ondas hertzianas. Pero con esta pequeña colaboración biológica sigo en contacto con mis raíces firguenses.
De igual modo, seguiré escribiendo "artículos de temática variada" al menos una vez por semana.
Gracias a todos.

jueves, 7 de octubre de 2010

La generación perdida

Un segundo y todo se acaba. Tu vida, tal como la habías planteado, cae desmoronada por un terraplén. Y ahí te quedas, encajado de por vida en una silla en la que jamás habías pensado sentarte. La silla definitiva. El único trono de tu pequeño reinado en este absurdo planeta. Y todo por comer, el único problema que realmente tiene el ser humano. Por ganarte el pan comenzaste a trabajar sin seguridad, todo para acabar en tu eterna silla de ruedas.
Jaime, Beatriz, Andrés, Rodrigo, Andrea, Marta,… Así hasta 154.539. Todos ellos seres humanos. Todos ellos con menos de 3 décadas en este codicioso mundo. Todos ellos accidentados en sus empleos inseguros. Todos con su vida destrozada en 2009. En solo un año cambió el destino de todos estos jóvenes que trabajaban en situaciones precarias. Muchos ni siquiera recibieron una mínima formación. Adiestrados sobre la marcha para trabajar sin queja.
Tras el volantazo vital los empresarios se lavan las manos. Todos los gastos para la familia, todo el sufrimiento silenciado. ¿Pero de verdad vale la pena? Comer durante un tiempo a costa de perder las piernas para siempre. No podemos dejar de comer; conseguir empleo sin piernas, sin embargo, se hace difícil. Duro dilema. Dilema con final trágico para miles de familias. ¿Qué hacer cuando tu estómago reclama atención? ¿Qué hacer cuando estómagos familiares truenan?
Son carroña para los empresarios sin escrúpulos. Hienas hambrientas olisquean los huesudos restos de quienes suplican trabajo sin condiciones. La vida por el pan, en el caso del trabajador. La conciencia por el dinero, en el de la hiena. Vida y conciencia perdidas, abandonadas a su suerte en el desierto moral de la ilegalidad.
El 42% de la juventud española no está en estúpidos programas al estilo  Las joyas de la corona”, sino en paro. Muchos formándose cada vez más para no encontrar otra cosa que la calle. La casa de papá o estos trabajuchos en los que puedes jugarte la vida son las opciones. Jóvenes que tras años de hacer lo que siempre nos pidieron (“Estudia, hija, estudia.”) nos vemos reducidos a la generación perdida. La generación más formada de la vida de este maltrecho país en la calle. En trabajillos de mala muerte por 4 perras. Todo consecuencia de problemas que no hemos generado, que jamás imaginamos, de los que nunca fuimos cómplices. Sin embargo, los gobiernos salvan a la banca. Una “ayuda” para evitar la caída de préstamos. El dinero se otorgó, pero… ¿dónde están los préstamos? El dinero de los gobiernos es NUESTRO dinero. El dinero que pagamos debe sernos devuelto en forma de ayudas, no utilizado para salvar la banca, gran monstruo sin cabeza, conciencia ni razón. Ayuda para nosotros, los jóvenes, que no queremos jodernos la vida en un trabajo con condiciones precarias. Que queremos trabajar para lo que hemos estudiado durante años. Que queremos hacer cosas, que tenemos ideas nuevas, que podemos cambiar el mundo, si nos dejan.
La generación perdida es, sin embargo, una generación. Una generación que no luchó en la guerra, que no votó en la transición. Pero somos una generación que trabajará hasta los 67, una generación formada, la primera generación digital, la generación más golpeada por la crisis, el futuro de este país. Porque seremos nosotros los que cargaremos con los errores ajenos, los que a base de trabajos precarios y mucha formación terminaremos alzando las expectativas de este humilde hogar llamado España.