viernes, 24 de septiembre de 2010

Solo vivir

Desperté tranquilo, poco a poco, sin saber que era el día de mi espantosa muerte. Era un día dedicado al sol, que no al bochorno. Corría un aire fresco entre la hierba, y la vi. Estaba el campo, la luz y ella. Me acerqué y ocurrió lo que tenía que ocurrir, era inevitable. Después, cansado, me tumbé de nuevo. Esta vez a la sombra de un viejo árbol, gordo y frondoso. Era feliz, sin más. No tenía por qué pedirle más a la vida. Solo vivir.
Aún me sentía adormilado cuando me subieron al camión. Sin mediar una palabra, sin explicación alguna. Con gritos y algún golpe me encerraron en aquel lugar frío, duro, extraño para mí. Pasé horas ahí dentro. Pasé miedo, mucho miedo. Y hambre. ¿Qué había hecho de malo? ¿Me merecía aquello?
Se abrieron las puertas y me cegó la luz. Otra vez gritos, otra vez golpes, otra vez miedo. Sin entender qué demonios ocurría a mi alrededor y tras recorrer algunos oscuros pasillos comencé a sentir la arena bajo mis pies. El ruido me abrumaba, estaba perdido, pero por fin veía el sol.
Algo instintivo me enfurecía de aquella mancha roja, e intenté derribarla una y otra vez. Pero jamás caía. Cuando me acercaba a ella el griterío aumentaba, así como mi nerviosismo, mi ansiedad, mis ganas de escapar. Pero no había salida.
Entonces llegó. El dolor recorrió mi espalda como un rayo, fuerte, sin compasión alguna. Algo quedó colgado, y noté cómo revolvía la herida. Sentí ganas de terminar de una maldita vez con aquel tinte carmín, que en mi delirio me obsesionaba. Cada vez que lo intentaba otro escalofrío de puro sufrimiento brotaba de mi espalda.
El agotamiento se apoderaba de mis músculos, que se quejaban con el mínimo movimiento. Comenzó a nublarse mi antaño vista de halcón. Sin embargo, algo visceral me llevaba a luchar cada minuto, una eternidad en aquellos momentos, por la vida que perdía. Mi última intentona concluyó con las pocas fuerzas que había conseguido ahorrar. Así como con mi capacidad para aguantar el dolor. Una cuchilla atravesó mis entrañas y caí, aturdido, a una arena que nunca quise pisar.
Lo último que noté antes la nada, tumbado semiinconsciente, fue las cuchillas que cortaban mis orejas. Ya ni siquiera era capaz de sentir dolor. Mientras, antes de abrazar a la muerte y dejar por fin este mundo dominado por el pan y, sobre todo, el circo, me preguntaba si aquel castigo romano tenía un por qué.
En primera persona. En primer toro, en este caso. Es la forma de impacto más efectiva. La manera más clara de explicar lo que sufre un ser que no merece el dolor, la humillación, el espectáculo de su macabra muerte. Este no es un tema político. Es un tema moral. La empatía, me dijeron una vez, es una característica humana. Yo lo pongo en duda.
Como dice la canción <<“¿Pero qué pinto yo aquí”, dijo un torito en la arena, “si solo quiero vivir?”>>.

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