miércoles, 22 de septiembre de 2010

Objetivos, metas, retos del milenio

“Objetivos del milenio”, los llaman. Cualquiera de los mortales, en cuyas manos no se encontrase el destino de la humanidad, por objetivos entendería metas, retos a superar, logros por los que luchar. Pero los mandamases de este asustado planeta en crisis opinan de otra forma. Por objetivos se puede entender una buena fotografía con los colegas. Una forma de engañar a la chusma, de la que orgullosamente soy parte, y a sí mismos, que es lo más triste. Una patética manera de hacer creer que la civilización occidental es tan bondadosa y tan moralmente evolucionada que se ve en la obligación de erradicar el hambre en el mundo.
Si así fuera, cree mi humilde razonamiento, si de veras los peces gordos de este pequeño estanque quisieran acallar sus abandonadas conciencias en un acto de pura honradez y amor al prójimo, no estarían donde están. ¿Y por qué? Porque en política al que verdaderamente quiere ayudar al pueblo se lo quitan de encima. Quien realmente ha entrado en ese repugnante mundillo para mejorar las condiciones de vida de sus vecinos son ninguneados, apartados. No interesa una persona que pueda arrebatar ese liderazgo estúpido que tienen los partidos. Por ello, la gran mayoría de los grandes de los grandes partidos (y dale con la grandeza) mantienen sus puestos por las llamadas aspiraciones políticas. Este término, traducido al castellano, se entendería como aspiraciones económicas de las de toda la vida.
Siento ser escéptica, desalentadora, dura, quizá exagerada. Pero creo que los que defienden los “objetivos del milenio”, sólo buscan una foto, tras interminables y vacías conferencias, que deje limpia su imagen y sucio su Pepito Grillo.
Los políticos son los amiguitos de la banca, no los amantes de los pobres. Prueba de ello es el dinero público que Estados Unidos destinó a salvar la banca, cantidad que habría bastado (y sobrado) para arrancar de los brazos de esa gran amiga de la crisis, conocida como muerte, a millones de personas. De paso, esos millones de billetes con el lema impreso “En Dios creemos” habrían acabado con este circo montado en Nueva York, ya que los objetivos del milenio estarían hoy cumplidos. Ese Dios, si no es un tiburón de Wall Street, no creo que perdone semejantes pecados. Y no estáis hablando con una creyente. Pero si en mi mano estuviera la salvación eterna, estos muchachos no serían invitados a la fiesta.
Otro pequeño detalle. Estamos en la era de las comunicaciones. De las telecomunicaciones. “Tele” significa lejos. Telecomunicaciones: comunicarse desde lejos. Creo que explico con suficiente lucidez. No hace falta montar la que han montado en Nueva York para ponerse en contacto. No hace falta gastar millones en seguridad,  millones en hoteles, millones en aviones, millones en comida. Millones. Para plantear soluciones contra el hambre pueden gastarse ese dinero en comida. Podría ser, quizá, creo, me planteo, me da la impresión, me cuestiono que ese sería un buen comienzo.
A mí me han dicho por ahí que estamos en crisis. Pero crisis no para quien la causa. No para la banca. Me moriría de pena viendo a Botín almorzando en Cáritas. La crisis es para quien no la provocó, para los que no hicimos más que vivir, vivir y trabajar. Para nosotros, los jóvenes, los que no hemos hecho otra cosa en nuestra vida que estudiar, que formarnos para un puesto de trabajo ahora inexistente. Para los millones de personas que ya no tienen ni para un saco de arroz. Lo peor de todo es que los que tienen en sus manos castigar a los culpables creen que una tasa para las transacciones internacionales es demasiado pedir a los señores de corbata.
¿Objetivos del milenio? Objetivos, metas, retos. Solo eso. Todo buenas intenciones. Voluntad la justa.

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