Los buenos modales, la buena educación, los buenos hábitos. Como quieran llamarlos. A todos nos agrada una persona bien educada. Y no me refiero a unos modales en exceso refinados, que en ocasiones resultan incluso altaneros, sino a la amabilidad y la cordialidad propias de un carácter alegre y humilde. Algunas de estas nobles características no se pueden atribuir a cierto entrenador blanco.
Nuestro amigo Mou respondió indignado ante la pregunta de un periodista que no era la que él esperaba. Ladró, se rascó la oreja, echó sus malas pulgas, y en una sola jugada fue pedante, hirió los sentimientos profesionales de uno de sus propios jugadores y se largó de la rueda de prensa sin explicación alguna, dando fe, con toda esta floritura, de su pésima educación.
Otro de los rasgos del querido entrenador es su fe ciega en estar jugando a otro deporte que obviamente no es el fútbol, ya que, hasta donde yo sé, se juega en equipo. Y Mou no está moviendo un solo dedo en formar un equipo cohesionado. Está poniendo todos sus esfuerzos en arropar a un jugador individualista que ni siquiera se alegra cuando el equipo marca un gol y no ha sido su musculoso y hercúleo pie el que lo ha metido entre los postes. Pienso yo que quizá se podrían haber dedicado ambos a una carrera profesional por separado como jugadores de ajedrez, o de atletismo, donde la individualidad prima. Pero en el balompié una sola persona no puede ganar una competición. La gloria es algo que solo consigue quien no la persigue. Prueba de ello es el entrenador que nos llevó a lo más alto del pódium mundial. Un hombre con un corazón del mismo oro de la copa que formó un equipo de compañeros y amigos, un equipo que disfruta al jugar y que hace disfrutar a quien lo ve.
Creo que la humildad es una virtud del verdadero campeón. El que realmente disfruta con el deporte de equipo lo hace porque las alegrías se multiplican, y las derrotas se dividen, al compartirse. Si determinados entrenadores se dedican a crear diferencias entre los compañeros, y a determinar qué debe tener importancia para los medios de comunicación y qué no, poco tiempo le quedará para ganar competiciones.
Los modales de Mou están alcanzando límites insospechados. La furia contenida en esa eterna cara de póker estalló hace poco con una botella lanzada hacia el banquillo, a punto de partirle la cabeza a uno de los suyos. Aunque estas rarezas me parezcan más propias de un neurótico salido de Gran Hermano que de un entrenador de liga profesional, la afición va a tener que soportar ver cómo su equipo se desmorona, mientras un creído semidios entrena un equipo desmembrado que no termina de convencer.
Y yo no pienso ser como este bien pagado entrenador. Por ello, yo sí me despido como mandan las normas de la educación y, en este caso, también del cariño, de mis compañeros de Radio Firgas. Porque ellos, más que un buen equipo profesional (que también), para mí han sido como una pequeña familia. Así que os doy lo que Mou jamás daría a sus chicos: las gracias.
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