jueves, 19 de agosto de 2010

Vidas baratas

Hoy si me lo permiten voy a hablarles de un tema peliagudo, o de una opinión peliaguda, todo depende de cómo se mire. Pero teniendo en cuenta que esta es mi editorial, me aventuraré sin miedo a mostrarla. Espero, como siempre digo, que mis humildes pensamientos no hieran la sensibilidad de vuestras mercedes.


Después de la breve pero clara advertencia, les pido que se remonten a un trágico momento de la historia reciente. Se trata del terremoto en Haití del 12 de enero de este año. Fue un seísmo de 7 grados en la escala de Richter que dejó miles de muertos, muchísimos más heridos y daños materiales incalculables.

La ayuda humanitaria, aunque en estos casos toda la que se envíe es poca, no tardó en movilizarse. Los medios de comunicación se volcaron con la catástrofe, concienciando a la gente de la necesidad de donativos para paliar los efectos del terremoto. Otra cosa es que algunas personas, que no sé si merecen el calificativo de humanas, se quedaran con esas ayudas y se enriquecieran a costa de dejar morir a miles de personas sin acceso a agua potable o harina. Lo mismo ocurrió con el tsunami que azotó las costas asiáticas algunos años antes. Los medios de comunicación no tardaron en ofrecer diversas formas de ayuda a las víctimas.

Sé que lo que me propongo es algo macabro, así como también soy consciente de que no se pueden comparar dos catástrofes distintas. Pero ahora me gustaría que los oyentes hicieran el esfuerzo, y más que esfuerzo en mi caso es una misión imposible, de pensar en los anuncios que han visto para aportar una ayuda a los afectados por las lluvias de Pakistán.

El área afectada por este diluvio universal puede calcularse al sumar la de Austria, Suiza y Bélgica. El número de afectados asciende a los 20 millones de personas, las cuales se han quedado sin los recursos suficientes para sobrevivir y con los ánimos justos para poder luchar. Que se sepa, han muerto 1.400 seres humanos, y resalto el término, porque en ocasiones nos olvidamos de que no son sólo cifras. Hasta 3 millones y medio de niños pakistaníes se encuentran en peligro de contraer enfermedades mortales transmitidas por las aguas contaminadas y los insectos. Y yo me pregunto, ¿es esta catástrofe humanitaria o moral? ¿Qué tiene esta que la hace menos digna de nuestro favor que las demás?

No quiero llevar a cabo ningún juicio precipitado, y que tampoco se entienda que detrás de mis palabras se halla algún tipo de conspiración internacional de esas que tanto nos gusta ver en las series americanas. Lo único que quiero reflejar es la sensación de una servidora y la de varias personas que merecen mi confianza como periodista. Si me equivoco, y el que tiene boca (u ordenador en este caso) tiene la mala tendencia a equivocarse, espero que alguno de ustedes me rebata estos, como ya he dicho, humildes pensamientos. Ojalá sea así y ojalá me equivoque, porque si vivimos en un planeta en el que unas vidas valen más que otras, y creo que ese es el que tenemos, apaga la luz y vámonos. Sin embargo, alguien me dijo una vez que el mundo es tal y como lo construimos. Pero creo que este se lo encargaron a otro, porque, dejando modestias a parte, quiero pensar que yo lo habría hecho más justo.

2 comentarios:

  1. Por desgracia, tienes razón, el mundo no es justo y las vidas de sus habitantes no tienen el mismo valor. Para ayudar a Pakistán no se han organizado conciertos benéficos ni los cantantes famosos han editado discos para la causa; ni se han puesto en marcha recogidas de ayuda. Al menos que yo me haya enterado. Pero no tenemos que remontarnos a un caso concreto de esta catástrofe natural. Por desgracia, nos hemos acostumbrado a los atentados diarios de terroristas radicales en Pakistán. Es raro el día que en los informativos no se habla de alguna explosión con 30, 40, 70 muertos... Ya no nos escandalizamos por ello, forma parte del día a día de ese país y nadie toma cartas en el asunto, porque es Pakistán, nos queda muy lejos. Y esas personas, ¿no sienten ni padecen? ¿son diferentes a nosotros, simplemente por seguir otra religión? Igual de dañina que todas las religiones, porque recuerdo que en España hasta hace poco las mujeres no podían salir de la cocina, enseñar mucho cuerpo ni tomar decisiones sin la supervisión de un hombre. ¿No es eso también imponer un burka? El mundo, compañera, además de injusto es muy hipócrita. Y da mucha rabia situaciones como las que comentas, no es de humanos. Saludos.

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  2. Absolutamente de acuerdo en todo lo argumentado, Jonás. Me llama mucho la atención que hayas comentado la situación de la mujer en España hace prácticamente nada (50 años es ayer) en comparación con la de las mujeres en países como Pakistán hoy en día. Los que me conozcan dirán que parece escrito por mi puño y ordenador. Como infinidad de veces he repetido, las sociedades no evolucionan al mismo ritmo. Eso no quiere decir que no debamos luchar porque impere la libertad en todos los pueblos. Pero sus vidas no valen menos sólo por seguir otra religión. Ya que, si aceptáramos esto, las vidas de los españoles hace 40 ó 50 años se merecerían el mismo desprecio (y lo digo así, desprecio), que el la sociedad internacional está mostrando por los pakistaníes.

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