Vacaciones. Debemos esperarlas con ansia, con ilusión, incluso con pasión. Un momento para descansar, para disfrutar de nosotros mismos, para ser nosotros mismos. Dejar a un lado el estrés, reponer fuerzas, cargar las pilas. Leer, tomar el sol, acariciar la arena con los pies, tomar unas cañas en la terraza, con pantalón corto, dejando pasar la calurosa noche de verano. Ver las estrellas, comer en restaurantes, hablar de cualquier nimiedad, nada de trabajo. Todo a lo Chanquete, felicidad en cada rincón.
Pero qué ilusos que somos…
Yo voy a dar mi versión de las famosas vacaciones. Quizá no sea la vuestra. Si así es, me alegro, de veras. Pero podría jurar por mi libro de oro de los 50 años de Astérix que alguno de los que se aventuren a poner sus ojos sobre estas líneas, otro más de mis delirios, se sentirá desafortunadamente identificado.
Salimos como gitanos de Francia. Llenas las maletas hasta límites insospechados. Sólo será un fin de semana, pero como si fuera un mes. La mayoría de las cosas prescindibles, casi todo por si acaso. El coche arranca, y a mí me parece un milagro. Vamos 5 en el coche. Sólo falta la abuela, y Casper (mi querido amigo de 4 patas), al que no me dejan llevar por cuestiones de higiene. Me refiero a Casper, aunque parezca extraño, no a mi abuela.
En fin. Una vez allí, dejo todo en el cuarto y a la piscina. En busca y captura de mi hamaca y con libro en mano, me presento en los alrededores de aquel charquito, sin el color transparente de mis sueños. A la escena solo le faltaba el cartel de “fiesta privada”, con subtítulo “Cumpleaños de niños a punto de exorcizar. No pasar”. En primer lugar, no quedaba un sitio libre. No es que estuviera aquello lleno, ya digo que era una república infantil. Pero sus queridas mamás y papás habían puesto sus respectivas toallas en las hamacas, por si a mitad de la tarde les apetecía saber el estado de las epilépticas criaturas.
Total, al suelo con la toalla. Intentando leer el periódico sin que me salpiquen los niños saltarines, con sus piruetas en torno a la piscina, me voy poniendo cada vez más nerviosa. El ruido es ensordecedor. Y nada del sonido del mar al fondo, que, de igual manera, no se habría oído con el incesante pa-panamericano. Estábamos a unos 5 kilómetros de la playa. La crisis es lo que tiene. En primera línea solo pueden hospedarse las Obama.
Se supone que voy a pasármelo bien. Así que intento ser cordial con mi familia. Alguien baja el aire acondicionado. “Ten en cuenta que es malo para la garganta”, me repiten. ¿Pero es que tampoco es malo para la salud estar a 45 grados a la sombra? Sudor incesante rodea mis contornos. Y no es nada sexy, os lo aseguro. Ni tampoco lo era el pegarme el día en la ducha de la piscina (me duchaba, en lugar de bañarme, porque el agua, con tanto niño, estaba misteriosamente caliente…). Lo hacía por pura ansiedad. Como un tic. No pensaba en otra cosa que no fuera una Coca-Cola bien fría con mucho hielo. Y no es por hacer publicidad. Como ya he dicho, no me pagan.
Con tanta tensión junta, no me salía la amabilidad por los 4 costados. Ni siquiera por dos. Pero a ninguno de mis parientes tampoco. Es normal. El calor sofocante no contagia la fraternidad y el amor. Menos aún cuando hay confianza, que, como ya se sabe, da asco cuando uno no está de humor.
A dormir como cachorrillos en una cestita. Todos juntitos. Pagamos un apartamento de 4 y fuimos 6. Con el calor y la traspiración (porque quitaban el aire de noche, ya que “es malo para la garganta”), aquello parecía una iglesia de pueblo. En mis sueños aparecía en Madrid, era invierno, tenía mi precioso abrigo puesto y estaba nevando. Había esa quietud humana que solo ocurre cuando nieva. Ese casi inaudible puf, puf, puf, de los copitos al posarse. Estaba sonriendo. Todo era muy a lo Ana Simón, súper cuqui.
Pero desperté. Estaban ya mis parientes lanzándose miradas inquisitivas. Volví a sudar. Y volví también a escuchar los endiablados niños jugando. ¿De veras, por cierto, hemos pasado todos por esa etapa en la que no se hace otra cosa que gritar? Se tiran a la piscina y gritan; juegan al ping-pong (que no dejaron libre ni un momento, todo sea dicho) y gritan; se pegan una leche y gritan. Nacen instintos asesinos en mi interior y los controlo solo porque está alguna madre cerca. Esos pechos caídos me dan miedo. Gritan muy parecido a sus crías, la genética nunca falla. Así que con ganas de coger una magnum de calibre no sé qué, recojo mi toalla del duro suelo y me largo.
Llega la hora de irse. No veo el momento de llegar a mi habitación y ponerme tranquilamente a leer. Incluso añoro las prácticas. Mientras volvemos a cargar la carreta de gitanos, surge estrés. No sé si es por ganas de llegar a casa (por mi parte, así fue, no me dio ninguna pena irme), o por no quedarnos más tiempo. El tema es que surgen roces. Llevamos 72 horas juntos y ya no nos soportamos más. Hay que volver a nuestras vidas, alejarnos como cada día. Así nos queremos mucho.
Mi balance de las vacaciones fue: odio hacia los niños, discusiones familiares, estrés, sudor y periódicos mojados.
Por fin he vuelto a trabajar. Aunque cuando no te pagan no sé si se le puede decir trabajo. A las prácticas, en todo caso. Creo que es de estos momentos de los que debo disfrutar, y los disfruto. Mi tiempo de trabajo es apasionadamente mío. No voy a dejar que cada día se convierta en una espera de un supuesto descanso que nunca llega. A disfrutar de todos y cada uno de los segundos que nos aporta esta maravillosa vida, señoras y señores, en la que la mayoría del tiempo, por desgracia (yo creo que por suerte) no estaremos de vacaciones.
Lamento mucho lo de tus vacaciones, así como lamento también que ninguna de mis conversaciones o ánimos sean dignas de mención.
ResponderEliminarMadrid está cerca. No te preocupes, que pronto nevará.
Agradezco los ánimos. Creía que no hacía falta publicar ese agradecimiento. En todo caso, el artículo no trata sobre ello. No creo, tampoco, que este sea el lugar para hacer semejante comentario.
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