Hace unos días salía la noticia de una ballena que saltaba encima de un yate en las costas sudafricanas. Cuál fue mi sorpresa, además de por el cetáceo con complejo del famoso Willy, al recordar que una escena misteriosamente parecida se narraba en un libro de ficción. Este libro es mi favorito de entre mis favoritos, ya que siempre he creído que una persona que sólo tiene un libro favorito no ha debido leer demasiado en su vida. ¿Imaginan preguntarle a Belén Esteban cuál es el libro que más le gusta? Seguramente respondería preguntando qué nueva tecnología es esa, y menos entendería aún cuando se le diga que hay que utilizar la imaginación, algo para lo que hay que activar lo que lleva debajo del pelo, y no precisamente la nariz operada.
Volviendo al tema de los grandes mamíferos marinos, en la obra se plantea que el ser humano no es el animal más inteligente, sino que existe un ser pluricelular en las profundidades del océano cuyo ADN tiene la información de todos y cada uno de los individuos, es decir, de cada célula. Por tanto, no tienen que ir al colegio para aprender, como los imperfectos seres humanos, sino que la información que tiene una célula pasa a formar parte automáticamente de la información de todo el conjunto por una mutación de ADN. Personalmente, no me gustaría que se diera el caso de tener que saber con exactitud el tratamiento específico de cada uno de los alimentos que me meto en el estómago. Si lo supiéramos, creo que el placer de comer se convertiría en la repugnancia de lo mismo.
Este ser en cuestión, se encontraba en la novela un pelín enfadado con la humanidad, ya que le estábamos ensuciando su casa, un hogar donde había vivido desde tiempos en que los humanos éramos aún monohumanos, y no panamericanos, como somos ahora. Como represalia, el bicho se metió en el cerebro de algunos animales marinos y los mandó en nuestra contra. De ahí, que algunas ballenas se tiraran encima de los veleros para echar a la gente al agua. A continuación, venían sus amigas las horcas y se daban un festín.
Me pregunto, por tanto, si la ballena de Sudáfrica, a la que animo a participar en las olimpiadas oceánicas, no nos estará dando un pequeño aviso. ¿Qué ocurriría si de verdad le estuviéramos ensuciando la casa a un ser más inteligente que nosotros? ¿Cómo llevaría el vertido de la BP? ¿Cómo vengaría la marea negra de china? Cualquier animal que convierte su población en plaga destruye su propio hábitat y el de todos los miembros de su ecosistema. Llama la atención que el ser humano, en principio (y sólo en principio) el más inteligente de los animales haga exactamente lo mismo que una plaga de langostas.
La Agencia Estatal de Meteorología sacó hace un par de días, y sin haberlo deseado me ha salido un pareado, los datos sobre el aumento de la temperatura en nuestro país para los próximos 10 años. No son precisamente escalofriantes, en todo caso, acalorantes. Si extrapolamos este dato a nivel del globo, llegamos a la conclusión de que en cuestión de años nos quedamos sin casquetes polares, y, por tanto, sin esas bonitas ciudades costeras que adornan el contorno de nuestras islas y de otros muchos lugares del planeta azul, que mucho más azul va a ser si no ponemos remedio a este problema.
Mientras nuestros políticos y empresarios se pelean por cuestiones económicas, vamos deteriorando nuestro único hogar sin poner remedio. A menos que el ascensor lunar del que hablaba José Luis sea viable, deberíamos concentrarnos en limpiar nuestra casita y en que nuestros hijos, y a mí me queda mucho para eso, puedan vivir en ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario