domingo, 21 de noviembre de 2010

Los reyes del mambo

Comienza el frío. Los guantes, los abrigos, los paraguas, la temprana Navidad,… Las personas se arropan unas a otras y el metro ya no parece un lugar tan lúgubre, tornándose en un acogedor y cálido refugio. Poco a poco llegamos al final del año, momento de promesas y de grandes esperanzas. Cada 365 días podemos empezar de nuevo. Y todo bajo un frío manto. Hay que ver qué casualidad que los inicios de la vida compleja también llegaran con la bajada de temperaturas. Pero todo es relativo, ya que el nuestro concepto de frío no tiene nada que ver con los aproximadamente 52ºC que necesitaron las células eucariotas, que son las de mayor complejidad, para nacer. Sin embargo, viniendo de una temperatura terrestre de 70ºC, se entiende que estos microorganismos se sintieran en el cielo celular con un descenso de 20ºC.
¿Y por qué se asocia la bajada de las temperaturas a la aparición de las células eucariotas? Pues es bien sencillo. El ascenso térmico es incompatible con la compleja estructura molecular de estos organismos.
Supongo que usted alguna vez ha pasado por la común experiencia de quemarse la mano por algún descuido casero. Una plancha, la sartén o un café con leche demasiado caliente son buenos ejemplos. Pues bien, cuando esto ocurre, la zona de piel que ha sido quemada pierde su función y se forma una ampolla para la llegada de los eficientes trabajadores del sistema inmune. Así puede usted ver cómo las altas temperaturas son opuestas a la proliferación de vida compleja.
Hace algún tiempo de todo esto, unos 1.800 millones de años, un tercio de la edad de nuestro planeta. En esta época los continentes permanecían aún desiertos, sin rastro de animalillos o plantas que decoraran sus ríos y lagos, por lo que la vida aún quedaba recluida en los mares. Fue en este ambiente acuoso en el que las eucariotas cayeron en la cuenta de que el trabajo en equipo resultaba mucho más fácil y eficaz que la aburrida vida en solitario que llevaban hasta entonces. Fue cuando surgieron las colonias, grupos de células que realizan las funciones vitales en conjunto. Estos grupos tuvieron más éxito en la protección contra otros organismos y en la recogida de nutrientes. Es decir, era más difícil que se los comieran y ellos comían mejor. Las células de las colonias se especializaban en una función concreta. Vamos, como si en una empresa unos se dedican a las cuentas y otros a la producción, lo que mejora las capacidades del grupo en su conjunto.
Las eucariotas comenzaron a agruparse de diferente manera: llegaban los seres pluricelulares. En esta nueva forma de vida también se daba una división del trabajo, pero además actuaban como una unidad. Tras esta simple explicación muchos aún no sabrán diferenciar entre una colonia y un ser pluricelular. Pues el ejemplo más esclarecedor lo podemos ver en los experimentos de H.V. Wilson, un biólogo de principios del siglo XX de la Universidad de Carolina del Norte. Este muchacho cogió una esponja, que es una colonia, y la partió en trocitos chiquiticos. A continuación puso los pedacitos en un platillo de agua y cuál fue su sorpresa al descubrir que con el paso de los días la esponja se iba regenerando a sí misma. Prueben ustedes a coger el maravilloso rosal de su jardín y pártanlo en mil pedazos a ver qué pasa. Aquello no revive ni en broma. Pues ahí podemos observar la clara diferencia entre colonia y ser pluricelular.
Lo que realmente les ocurre a las células componentes de un animal o una planta, que son organismos pluricelulares, es que, aunque todas tienen el conjunto de la información genética, sólo una parte se expresa. ¿No han oído decir en alguna película que se encontró el ADN de alguien en el lugar del crimen? Lo que encuentran realmente son células, ya pueden ser del pelo o de las uñas, que aunque poseen toda la información que aporta el ADN, han expresado sólo la parte referente a la uña o al pelo. El resto de información queda silenciada. Así que la próxima vez que decidan cometer el asesinato perfecto ya saben, guantes y redecilla.
Volviendo a nuestros ancestros, cuando el desarrollo biológico permitió que los pluricelulares tuvieran órganos diferenciados, la diversificación de la vida fue extraordinaria. Surgieron animales como los artrópodos, que son los invertebrados que poseen un esqueleto externo y patitas articuladas, o los moluscos, que son invertebrados con cuerpo blando. Como gran ejemplo de artrópodos podemos poner la araña, mientras que de los moluscos el caracol.
Aunque para entendernos haya puesto ejemplos de animales terrestres, debemos tener en cuenta que en esta época, hace unos 600 millones de años, aún no se habían conquistado los continentes.
Estudiando la historia de la vida, he aprendido a ser humilde como ser humano. ¿Saben cuánto llevamos nosotros encima de la Tierra como homínidos? Unos 4 millones de años. El homo sapiens surgió hace apenas medio millón. La vida en el planeta lleva una historia de más de 3.500 millones de años a sus espaldas. ¿Por qué nos seguimos creyendo los reyes del mambo? Supongo que el “humano-centrismo” es cuestión de genética.

Hoy tenemos sopa

Para redactar el siguiente artículo me pegué cosa de dos horas discutiendo con una compañera sobre el origen de las células. Si yo, universitaria del tres al cuarto, me pegué una mañana discutiendo sobre teorías acerca de la evolución de los primeros microorganismos terrestres, es normal que los autodenominados grandes científicos aún se peguen una vida, y quién sabe si más, debatiendo nuestros orígenes.
En determinadas cosas parecen haberse puesto de acuerdo. Nuestro planeta, azulado gracias a la atmósfera de la que hoy disfrutamos, no siempre tuvo esta agradable tonalidad. Para comenzar nuestra historia vamos a retroceder al eón Arcaico, hace unos 3.800 millones de años, casi nada, aproximadamente 1.300 millones de años después de la formación de La Tierra. Por entonces, la atmósfera estaba formada por metano, amoníaco y otros gases que hoy serían tóxicos para los seres vivos. Pero fue en esta época, sin embargo, donde vemos los preludios de la vida.
En esta etapa el conjunto de los continentes estaban en una misma masa de tierra llamada Pangea I. Existió, por tanto, un Pangea II, tras la separación y posterior unión progresiva de los continentes por segunda vez. Dejando la tierra a un lado y sumergiéndonos en el mar, sólo existía un océano, mucho más grande de lo podríamos imaginar hoy, ya que no existían casquetes polares. Y es aquí, como en una cocina casera, donde en el caldero de la sopa se cocinó la vida.
Y lo he dicho literalmente: sopa primitiva. Así es como llamaron al mejunge de agua y moléculas orgánicas de las que se nutría este océano primigenio. Los grandes eruditos sobre el tema no se quebraron la cabeza para escoger el nombre, en eso estamos de acuerdo. En fin, en este planeta el caldo se servía bien caliente, ya que al no haber capa de ozono los rayos ultravioletas del sol llegaban con toda su fuerza a la superficie de La Tierra.
Respecto a cómo demonios surgió el primer atisbo de vida aún no se tienen las cosas muy claras. No se saben exactamente cuáles fueron las condiciones para que las macromoléculas orgánicas se organizaran de manera que, por ejemplo, la capacidad de autorreplicación del ARN o del ADN, moléculas que ya se habían cocinado en el caldo primitivo, quedaran dentro de unas membranas semipermeables que las protegieran a la vez que permitieran el contacto con el exterior.
Fuera como fuese así fue, y los primeros organismos que surgieron fueron los procariotas, microorganismos que no tienen una membrana nuclear que separe el material genético del resto de la célula. Esta forma de vida se diferencia de las células eucariotas, que son, por ejemplo, las que forman la piel, en que estas últimas sí que tienen un núcleo diferenciado. Para visualizar esta distinción sólo tiene usted que imaginarse un huevo frito. Si el huevo tiene yema, lo identificaremos como célula eucariota; si se la quitamos, tendremos una célula procariota.
Fueron estos huevos sin yema los que primero habitaron este gallinero de planeta. Se nutrían de las moléculas orgánicas que rondaban por el caldo y eran anaerobios, es decir, que no podían llevar a cabo la respiración utilizando oxígeno, ya que éste sólo se encontraba dentro de las moléculas de agua y no en la atmósfera. El O2, tan importante hoy, era para ellas un simple desecho que dejaban fluir.
Cuando la comida empezó a escasear, comienzan a surgir los organismos autótrofos, es decir, los que se pueden fabricar sus propios nutrientes sin necesidad de cogerlos del medio. Para entender lo que es un autótrofo el mejor ejemplo son las células vegetales. Nosotros, oh, pobres heterótrofos, necesitamos alimentarnos con moléculas orgánicas ya creadas, bien sean plantas o animales. Pero las plantas no necesitan esta estúpida y continua búsqueda de material orgánico. Ellas, inteligentes criaturas, se procuran su alimento de material inorgánico como lo es el agua, el CO2, los minerales que aporta la tierra y la luz solar.  
Siguiendo con nuestro recorrido evolutivo, a medida que la atmósfera se va llenando de oxígeno debido a expulsión del mismo por parte de los autótrofos anaerobios, surgen los organismos aerobios, lo que para entendernos son bichitos que ya utilizan el oxígeno para realizar la respiración celular.
Las que por último llegaron a este festín sopero fueron las células eucariotas, lo que antes habíamos llamado el huevo frito con yema. Y fue en este punto en el que nos enfrascamos en una erudita y muy friki discusión mi querida amiga y yo, ya que existen diferentes teorías sobre cómo surgieron las encantadoras eucariotas. A ver, algunos dicen que la membrana nuclear se crea porque una procariota se zampa a otra que queda recluida como núcleo. Otros entendidos afirman que la procariota se recluye a sí misma el material genético cogiendo un pedacito de su propia membrana celular.
Después de todo este sopero jaleo y del frío que paso por estos lares madrileños, yo no sé ustedes, pero yo me voy a tomar un rico caldo, y mañana será otro día para seguir debatiendo.

martes, 26 de octubre de 2010

El eterno retorno

Nosotros, humanos y pobres mortales, nacemos, nos desarrollamos, nos reproducimos y finalmente terminamos criando malvas. Cerramos un ciclo que comenzamos con el parto materno. Pues bien, todo en esta vida se puede ver simplificado a eso, un ciclo. La economía, el amor, la política, las amistades, las crisis del capitalismo… Todo es un bucle. Hoy probaremos esta teoría con el ciclo de la materia.
Alguna vez se habrán preguntado, si la caja tonta no les ha dejado ya las neuronas adormiladas, de dónde proviene la energía que nos sirve para realizar las actividades cotidianas. Respuesta fácil: la comida. Ya, pero hasta ahí creo que llegamos todos. No obstante, ¿de dónde procede en primer término?
Los llamados organismos productores no obtienen la energía del súper de la esquina, sino de un famoso compuesto inorgánico, el CO2, combinado con una buena dosis de luz. De esta manera, sintetizan compuestos orgánicos que posteriormente nosotros podemos usar como combustible para nuestras insaciables células. Como organismo productor típico usted puede imaginar una planta cualquiera, por ejemplo los geranios de su parterre.
Los organismos consumidores, y no me refiero a los de esta  macrosociedad capitalista, son los carnívoros y los herbívoros; es decir, los que se comen a los productores, o los que comen otros consumidores. Y como ya dijimos antes, nadie se libra del alma de la guadaña, por lo que alguien debe recoger y reciclar los platos rotos de la materia orgánica que queda por ahí desperdigada. Estos son los descomponedores, microorganismos que degradan la materia orgánica en descomposición para cerrar el ciclo. Estos pequeños bichejos hacen todo el trabajo sucio, ya que, además de encargarse de limpiar las calles de animalitos muertos, también se encargan de sus heces. Así que ya saben, si les coge el apretón en medio de ninguna parte los descomponedores harán el resto.
Estos chicos, mal vistos y con mucho trabajo, son fundamentales en el ciclo de la materia, ya que son los que remineralizan la materia para que pueda ser utilizada de nuevo por los organismos productores. Es decir, los excrementos de los descomponedores, como hongos y bacterias, son los que serán usados por las plantas, junto con la luz, para crear la materia orgánica.
Por tanto, volviendo al ejemplo de los geranios, la plantita decorativa usa el abono y la luz solar para crear materia orgánica; ésta será engullida por un par de caracoles que andaban por allí rondando; a su vez, los caracoles serán guisados por gente como mi abuela, que por cierto los hace de muerte; y cuando nosotros salgamos con los pies por delante, seremos alimento para los descompondores, que, además de soltar CO2 a la atmósfera, harán de nosotros abono para plantas.
Paralelamente a este ciclo de la materia, podemos estudiar también el ciclo de un compuesto del que ya hemos hablado y que resulta esencial para la vida en el planeta: el carbono, sobre todo en la molécula CO2. Aunque tan mala fama haya cogido la pobre molécula de unos años acá, lo que realmente perjudica no es su existencia, sino, como ocurre en todos los aspectos de la vida, el exceso de la misma. Sin ella, los organismos autótrofos, por ejemplo, los benditos geranios, no podrían fabricar materia orgánica. Además, debemos tener en cuenta que el CO2 también contiene oxígeno, por lo que nuestros amados y cuidados geranios crearán, por una parte, materia orgánica, y por otra, desprenderán oxígeno a la atmósfera, una molécula (ya que estamos hablando de 2 átomos del elemento en cuestión) mucho mejor vista por la siempre importante opinión pública.
El carbono orgánico, sólido somier donde se apoya el mullido colchón de la vida, es utilizado por los consumidores (y no vuelvan a pensar en términos económicos), fundamentalmente animales y bacterias, como fuente de carbono y energía. Para finalizar el ciclo de este valioso elemento, los descomponedores remineralizan el carbono a CO2, soltándolo a la atmósfera.
Todo en excesiva cantidad es perjudicial. Un buen ejemplo: seguramente usted querrá a su pareja, incluso puede, y ojalá sea así, que con locura. Pero prueben a estar 2 semanas sin despegarse de su pinchoncito en las 24 horas que tiene el día. Querrán matarlo, científicamente comprobado. Bien, pues exactamente lo mismo ocurre con el CO2. La actividad humana está acabando con las grandes reservas de bosques del planeta; es decir, van disminuyendo los recursos para convertir el CO2 en oxígeno. Además, por otro lado, aumentan exponencialmente las cantidades de dióxido de carbono que expulsan las industrias. Por consiguiente, tenemos más componente nocivo en el aire y menor capacidad para convertirlo en oxígeno.
El resultado es el archiconocido efecto invernadero, una capa de CO2 que impide la fuga de la radiación solar al espacio, lo que provoca que la Tierra se recaliente.
Como ya he comentado, todo en esta humilde existencia es un ciclo. Pero hasta los ciclos se regulan con los cambios. ¿Qué tipo de transformación debería producirse para regular este estropicio climático?

sábado, 23 de octubre de 2010

Analfabetización periodística

Objetividad, contrastación, imparcialidad, claridad, concisión. Todas deben utilizarse para elaborar la información en un medio. Y digo información, ya que, en principio, esta debe quedar claramente diferenciada de la opinión.
Otra de las características fundamentales, el padre nuestro del periodismo, es la pirámide invertida. Una noticia debe comenzar por lo más importante (en base, obviamente, a criterios de actualidad, interés, cercanía, etc.) para dar paso en los párrafos posteriores a los detalles de menor relevancia. Para los que nunca hayan oído hablar de esta figura periodística básica, quedará claro con esta explicación que se va del grueso del interés noticioso a lo más irrelevante, dibujando así una especie de triángulo boca abajo.
Antes de comenzar a estudiar esta carrera (“¡Estudia algo de provecho!”, exclaman invariablemente los progenitores al conocer las tendencias académicas de sus retoños) creía que los “grandes medios” de nuestro país estaban gestionados por grandes ilustrados, inspirados por la divinidad para representar con precisas palabras una realidad tangible. Mi mente adolescente imaginaba aquellos inalcanzables sabios, ortodoxos de la praxis periodística, en continuo movimiento, trabajando por y para la verdad, llevando por bandera las 5 W.
Cuando me incorporé a esta facultad de locos que tanto me ha dado, teóricamente hablando, comencé a dedicarme más y mejor al estudio exhaustivo de los medios, a comparar lo que debía ser y lo que era. Y menudo fiasco.
Los medios de comunicación se saltan a la torera aspectos tan fundamentales como el lead*. ¿Por qué demonios me encuentro, desgraciadamente a menudo, leads literarios? En ocasiones no distingo si me están contando una noticia o es el principio de una novela policíaca. ¡No puedes hacer que el lector esté intrigado por saber qué narices ha pasado hasta el final de segundo párrafo!
En esos momentos de desesperación caen los míticos periodistas de mis sueños y son reemplazados por los analfabetos (periodísticamente hablando) con suerte que abundan en las redacciones. Y ya no hablo de la separación entre opinión e información, norma que di por perdida en los medios hace mucho tiempo, sino de algo tan básico como decirle al lector qué puñetas ha ocurrido en un párrafo.
Solía pensar que quien trabajara en un “gran medio” podía considerarse periodista con mayúsculas, ya que creí (ingenua de mí) que las pruebas de selección eran más estrictas. No obstante, visto lo visto, creo que a cualquier estúpido que sepa leer, escribir y acatar órdenes de una línea editorial puede poner su firma al final de una noticia, sin necesidad de saber qué es un lead, cuáles son las 5 W o qué es eso de la pirámide invertida.
En fin, seguiré refunfuñando por la calidad periodística perdida desde mi acogedor búnker de ideal teoría. Lo único que espero es que algunos refunfuñen conmigo.

Siento el fallo técnico

Muy buenas a tod@s. Anuncié en varias redes sociales una nueva entrada en mi blog que por fallos técnicos (internet en esta residencia es pedirle peras al olmo) ajenos a mi voluntad no salió a la luz. Yo creí que la entrada de "Vida viral" se había publicado correctamente la semana pasada, pero no fue así. Cierto amigo me avisó de la ausencia de mi entrada y procedí, por tanto, esta mañana a colgarla. Disculpen las molestias.
Un saludo y gracias.

Vida viral

Es otoño. Tiempo de tormentas, paraguas, chubasqueros, hojas marrones y, sobre todo, gripe, mucha gripe. El moqueo, los estornudos, el mal cuerpo y la fiebre que nos produce son inconfundibles. Aun siendo tan común y reconocible para todos, muy pocos son los que realmente conocen a este pequeño intruso que penetra en las vías respiratorias sin ser invitado. Para que conozcan mejor a este ocupa, hoy vamos a hablar de los virus.
Estos diminutos caraduras tienen una estructura muy sencilla si la comparamos con la de una célula o una bacteria. Básicamente se componen de 2 partes:
-la primera es un fragmento de ácido nucleico, lo que hablando en cristiano viene a ser una pequeña cadena de información que determina cómo es el virus en cuestión y cómo serán sus descendientes. Este ácido podrá ser del famoso ADN, o de ARN, un primo hermano cuya diferencia radica en que tiene oxígeno. De ahí, por cierto, vienen sus nombres: ADN significa ácido desoxirribonucleico, mientras que el ARN es ácido ribonucleico. Pero para no volvernos locos, mejor quedarnos con que ambos son cadenas de información genética.
-la segunda parte del virus es un cápsula de proteínas que protege el pedacito de ácido nucleico.
Para visualizar de forma simple un virus, imagínense un cerebro, la parte importante y por tanto la que lleva la información, rodeado de un cráneo que la protege. El cerebro corresponderá con el fragmento de ADN o ARN, mientras que el cráneo será la cápsula proteica.
Ahora que pueden imaginar la forma sencilla de un virus, comencemos, cual paparazzi del mundillo del corazón, a indagar un poquito en su vida. Estos bichejos son inertes mientras no interactúen con una célula hospedadora. Es decir, su vida carece de sentido sin una célula a quien fastidiarle la existencia. Cuando entran en contacto con una de ellas, la cápsula proteica se pega a la membrana celular e inyecta el ácido nucleico en el interior de la pobre celulita que nada había hecho para merecer aquello.
Cuando el “cerebro” del virus se encuentra ya en el interior de la célula hospedadora, a la que nadie preguntó si quería serlo, se comienzan a bloquear todas las funciones normales de la célula para sustituirlas por funciones de reproducción viral. Por tanto, la célula se convirtió en una especie de robot creador de pequeños virus sin comerlo ni beberlo. Cuando está bien “embarazada” de virus, la membrana celular, que es algo así como la piel de estos organismos, se abre como un saco del que comienzan a salir malévolos virus listos para infectar nuevas víctimas.
Aunque suene a peli de miedo, esto ha ocurrido en nuestro propio cuerpo decenas de veces cuando tenemos gripe. Lo que ocurre entonces es que nuestro sistema inmune, compuesto por tropas bien entrenadas capaces de derrotar al virus invasor, destierra para siempre al enemigo. Sin embargo, este cruel villano tiene increíble capacidad de mutación, por lo que su información genética, es decir, su “cerebro”, cambia constantemente, burlando entonces bajo un nuevo disfraz la vigilancia extrema de nuestros ejércitos defensores. Por este motivo padecemos la incómoda enfermedad una y otra vez.
He de confesar que, aunque la mayoría de las personas normales entre las que no me encuentro odien los virus y su estudio, yo siempre he sentido debilidad por ellos. En especial por los virus complejos. La primera vez que vi uno en mi libro de biología fue amor a primera vista. Desde entonces no he podido sacármelo de la cabeza. En fin, intentaré explicar las razones de mi incomprensible amor por estas curiosas formas de vida.
Pondré como ejemplo esclarecedor el virus bacteriófago T4, y no me estoy refiriendo a la terminal de Iberia en Barajas. Imagínense un chupa chups de cuya base salgan una especie de patas de araña. La parte superior o el caramelo del chupa chups, sería lo que antes hemos explicado: el cerebro y el cráneo. El palo de la chuche y las patitas de araña son estructuras para facilitar el acoplamiento con la bacteria hospedadora. ¿No les parece extraordinario? Si no es así, déjenme en paz, que para gustos colores.
Dejando el T4 a un lado y volviendo a la generalidad viral, son muchos los científicos que han tenido sus reservas al declarar a los virus como seres vivos, ya que no cumplen las exigencias para considerarlos como tales. Un ser vivo, para serlo, debe tener ciertas características: debe ser capaz de nacer, desarrollarse, nutrirse, reproducirse y morir. No obstante, los virus no se nutren ni se reproducen por sí mismos, ya que necesitan para ello una célula hospedadora.
¿Diría usted que ese maldito gripazo, que le obliga a coger la baja y a meterse en cama, se origina por una forma de vida tan simple que ni siquiera se considera vida? En todo caso, tenga o no tenga padres, usted y yo nos seguiremos acordando de los del virus durante 3 ó 4 días al año.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cambiemos el mundo

Como algunos ya sabéis, durante el curso me ubico en una residencia de estudiantes. Estoy, por tanto, entre universitarios. Gente preparada, formada, con cierta cultura. Se supone. Pues bien, en estos lares de estudio y ciencia me llama poderosamente la atención la falta de conciencia medioambiental que prima. Son pocos los que reciclan y menos los que llevan a cabo un consumo racional del agua. Cuando entro al cuarto de baño me encuentro a menudo transportada contra mi voluntad a un apartado lugar de Londres en una noche oscura, con una densa niebla que traspasar hasta el meadero. Cuando mis necesidades urinarias han sido satisfechas y procedo, debido a mi orgullosa coquetería, a observar mi reflejo en el cristal, me doy cuenta de que no soy nadie. Solo una mancha amorfa parece seguir mis movimientos, pero en ningún momento puedo llegar a reconocerme. El vapor de agua derivado de las eternas duchas que se pegan muchas de mis compañeras acaba con mi vanidad. Y eso me cabrea doblemente. Por una parte no puedo saber dónde demonios me estoy poniendo el rímel, lo que acaba en que salga echa un payaso. Por otra, y mucho más importante que mi rostro apayasado, miles y miles de litros de agua se están malgastando porque unas estúpidas adolescentes no tienen conciencia de que el agua es un bien escaso.
Cuando llegan noticias respecto a las pobres reservas de agua en ciertas partes del globo todos ponemos cara de corderitos y culpamos a las grandes empresas. Pero olvidamos que podemos reciclar, que podemos ahorrar agua, que podemos dejar de tirar el aceite por el bajante, que no tenemos que tener la calefacción a tope,… Pero, sobre todo, nos olvidamos de que los que están detrás de las grandes empresas, a las que culpamos de todos los males medioambientales habidos y por haber, también son personas, personas que no han tenido una concienciación lo suficientemente fuerte para hacer las cosas como es debido en este planeta que se muere. Personas que, como mis queridas compañeras universitarias, han pensado “bueno, por esta vez, qué más da, seguro que esto no cambia nada”. Es cierto, solo somos en este país unos 45 millones de personas, ¿qué podríamos hacer nosotros para no pintar de colorines radiactivos el planeta azul? ¿Qué demonios podríamos hacer los…no sé ni cuántos millones de personas que componemos Europa? ¿Qué podríamos hacer?
Por favor, pido que jamás volváis a haceros esa pregunta hipócrita. Los que están leyendo estas líneas pueden hacer mucho más de lo que hacen. Empezando por cerrar el grifo cuando se enjabonan o cuando se lavan los dientes, mis aseados lectores, y terminando por concienciar a los demás. Los que no se esfuerzan por gandulería o por inercia miraos al espejo después de ducharos y veréis vuestro real reflejo: solo una mancha amorfa, ni siquiera humanos.
El Danubio está teñido de rojo por gente sin conciencia. El Golfo de México está teñido de negro por gente sin conciencia. La selva del Amazonas deja su verde característico para teñirse de marrón día a día por gente sin conciencia. Por eso os pido que no deleguéis la carga en otros. Pensad que si vosotros no hacéis nada, la humanidad entera no tiene por qué hacer nada. Cambiar el mundo, teñirlo del color que queremos, está en nosotros mismos. Cambiemos el mundo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Los guisos con guisantes de Mendel

¿No se ha preguntado alguna vez por qué sus hijos no se parecen en nada a usted? A mí me ocurre algo parecido. Mis hermanas y yo no nos parecemos ni en los agujeros nasales a mi madre o a mi padre. Ni siquiera nos parecemos entre nosotras. De pequeña se burlaban de mí diciendo que era adoptada. Yo me lo creía, y menudo trauma. Así quedé. El caso es que en lo único que toda la familia coincide es en el poco pelo. Que, para el caso, habría sido mejor que no nos pareciéramos en nada.
Esta misma pregunta se la formuló hace unos 150 años un tal Gregor Johann Mendel, un sacerdote austriaco que no tenía otra cosa que hacer que ponerse a observar las plantas. Observa que te observa, el muchacho decidió estudiar la transmisión de las características biológicas de unas generaciones a otras. Pero gracias al cielo, estas investigaciones no las hizo con humanos, ya que aquello habría resultado ser Sodoma y Gomorra; las llevó a cabo, por tanto, con guisantes.
Las plantas de guisantes pueden variar entre sí por siete características: longitud de tallo, forma y color de la vaina, posición y color de la flor, forma y color de la semilla. Pero si el pobre monje se hubiera puesto a investigar con todas estas características a la vez se habría vuelto majara. Por lo que decidió centrar sus investigaciones, en principio, en un solo carácter: el color del guisante.
Mendel cruzó, en el inicio de sus experimentos, guisantes amarillos con guisantes verdes. Pues resultó que todos los hijitos guisantes eran amarillos. Intrigado por este resultado, el chico austriaco cruzó entre sí a los hijitos, a ver qué ocurría. Y no se preocupen ustedes, que en las plantas esto de incesto no tiene nada. En fin, los resultados fueron los siguientes: de cada 4 guisantitos, 3 eran amarillos y uno, solo uno, verde. Hay que tener en cuenta, que el único “miembro de la familia” que también era verde era uno de sus abuelos. Por tanto, fenotípicamente, que quiere decir en su apariencia externa, hemos retrocedido 2 generaciones. “¿Y esto por qué se produce?”, se preguntó Mendel.
Dándole vueltas a la cabeza una y otra vez, el monje agustino descubrió que estos resultados coincidían con el supuesto de que cada carácter, en este caso el color del guisante, estaba determinado por 2 factores hereditarios. Es decir, que el fenotipo o apariencia externa de los guisantes dependía del cruce de estos dos factores.
Vamos a explicar este supuesto al que llegó Mendel con un claro y absurdo ejemplo. Imagínense que mi color de pelo esté determinado por la mezcla de manzanas que hagan mi padre y mi madre. Es un tanto estúpido, pero muy visual. A ver, mi padre tiene 2 manzanas amarillas, que determinan el pelo claro, mientras que mi madre tiene 2 manzanas rojas, que determinan el pelo oscuro. Las rojas priman sobre las amarillas, por lo que si la mezcla es una de cada, mi pelo resultará oscuro. Los espermatozoides y los óvulos tienen la mitad de la información genética de una persona. Por tanto, ambos poseerán solo una de las manzanas de mis padres. Si un espermatozoide de mi padre y un óvulo de mi madre se juntan, ¿qué tenemos? Una bonita ensalada de frutas en la que hay una manzana roja y otra amarilla. Por consiguiente, como ya hemos explicado que las rojas priman sobre las amarillas, mi pelo será oscuro.
Después de esta apetitosa degustación frutal, vamos a explicar los conceptos que hemos tratado. Cada una de las manzanas simbolizaba un gen o alelo. Las manzanas rojas que prevalecían sobre las amarillas eran los alelos dominantes, mientras que las amarillas representaban los alelos recesivos. Por lo que el conjunto de características externas o fenotípicas que tiene su hijo es un mejunge entre la mitad de su información genética combinada con la mitad de la información genética de su pareja. Las combinaciones pueden ser numerosísimas, ya que normalmente cada carácter está determinado, no por dos alelos como hemos intentado ejemplificar con mi pelo, sino por la combinación de 6, 7 u 8 alelos.
La genética de la que tanto habrán oído hablar no es más que el estudio de estas combinaciones. Y podrán preguntarse, ¿qué relación existe entre los genes y nuestra apariencia? ¿Cómo la determinan? Pues muy fácil. Verán, los genes llevan consigo cierta información, como una especie de mensajero. Esa información es la que determinará nuestro aspecto. Así que si tienen orejones o la nariz grande ya saben a quién achacárselo. La herencia genética es lo que tiene.
Volviendo un poquito a la historia, Mendel publicó sus descubrimientos en una obra que no tuvo gran relevancia en la época, por lo que el pobre monje se murió sin pena ni gloria. Unos años más tarde, en torno al 1900, 3 botánicos redescubrieron los resultados de Mendel e hicieron algo muy poco común en la historia de la ciencia: otorgar los logros al propio Mendel y no a sí mismos. Por lo que fue el nombre del religioso el que pasó a los libros de ciencia. Además, establecieron los descubrimientos del monje en 3 leyes a las que llamaron “las leyes de Mendel”. Un acto de pura nobleza.
Así que hoy hemos descubierto de dónde provienen sus quejas respecto a su abultada nariz y que en la ciencia existe la bondad.
Laura Mengíbar desde Madrid para Radio Firgas.

domingo, 10 de octubre de 2010

Comienza "Biología para sordos"

Escribo para dar anuncio de la inminente publicación de una serie de artículos sobre biología. Estos son los mismos que se podrán escuchar en Radio Firgas en la sección "Biología para ciegos". Intentaré explicar mis humildes nociones sobre esta ciencia lo mejor que pueda. Estoy muy ilusionada con este pequeño proyecto, me apasiona la biología. El objetivo es acercar este ámbito científico a aquellos que, hasta hoy, no han tenido un profundo estudio del mismo.
Por otra parte he de anunciar mis ya acabadas prácticas en Radio Firgas, por lo que ya no habrá más editoriales que pueda difundir mediante ondas hertzianas. Pero con esta pequeña colaboración biológica sigo en contacto con mis raíces firguenses.
De igual modo, seguiré escribiendo "artículos de temática variada" al menos una vez por semana.
Gracias a todos.

jueves, 7 de octubre de 2010

La generación perdida

Un segundo y todo se acaba. Tu vida, tal como la habías planteado, cae desmoronada por un terraplén. Y ahí te quedas, encajado de por vida en una silla en la que jamás habías pensado sentarte. La silla definitiva. El único trono de tu pequeño reinado en este absurdo planeta. Y todo por comer, el único problema que realmente tiene el ser humano. Por ganarte el pan comenzaste a trabajar sin seguridad, todo para acabar en tu eterna silla de ruedas.
Jaime, Beatriz, Andrés, Rodrigo, Andrea, Marta,… Así hasta 154.539. Todos ellos seres humanos. Todos ellos con menos de 3 décadas en este codicioso mundo. Todos ellos accidentados en sus empleos inseguros. Todos con su vida destrozada en 2009. En solo un año cambió el destino de todos estos jóvenes que trabajaban en situaciones precarias. Muchos ni siquiera recibieron una mínima formación. Adiestrados sobre la marcha para trabajar sin queja.
Tras el volantazo vital los empresarios se lavan las manos. Todos los gastos para la familia, todo el sufrimiento silenciado. ¿Pero de verdad vale la pena? Comer durante un tiempo a costa de perder las piernas para siempre. No podemos dejar de comer; conseguir empleo sin piernas, sin embargo, se hace difícil. Duro dilema. Dilema con final trágico para miles de familias. ¿Qué hacer cuando tu estómago reclama atención? ¿Qué hacer cuando estómagos familiares truenan?
Son carroña para los empresarios sin escrúpulos. Hienas hambrientas olisquean los huesudos restos de quienes suplican trabajo sin condiciones. La vida por el pan, en el caso del trabajador. La conciencia por el dinero, en el de la hiena. Vida y conciencia perdidas, abandonadas a su suerte en el desierto moral de la ilegalidad.
El 42% de la juventud española no está en estúpidos programas al estilo  Las joyas de la corona”, sino en paro. Muchos formándose cada vez más para no encontrar otra cosa que la calle. La casa de papá o estos trabajuchos en los que puedes jugarte la vida son las opciones. Jóvenes que tras años de hacer lo que siempre nos pidieron (“Estudia, hija, estudia.”) nos vemos reducidos a la generación perdida. La generación más formada de la vida de este maltrecho país en la calle. En trabajillos de mala muerte por 4 perras. Todo consecuencia de problemas que no hemos generado, que jamás imaginamos, de los que nunca fuimos cómplices. Sin embargo, los gobiernos salvan a la banca. Una “ayuda” para evitar la caída de préstamos. El dinero se otorgó, pero… ¿dónde están los préstamos? El dinero de los gobiernos es NUESTRO dinero. El dinero que pagamos debe sernos devuelto en forma de ayudas, no utilizado para salvar la banca, gran monstruo sin cabeza, conciencia ni razón. Ayuda para nosotros, los jóvenes, que no queremos jodernos la vida en un trabajo con condiciones precarias. Que queremos trabajar para lo que hemos estudiado durante años. Que queremos hacer cosas, que tenemos ideas nuevas, que podemos cambiar el mundo, si nos dejan.
La generación perdida es, sin embargo, una generación. Una generación que no luchó en la guerra, que no votó en la transición. Pero somos una generación que trabajará hasta los 67, una generación formada, la primera generación digital, la generación más golpeada por la crisis, el futuro de este país. Porque seremos nosotros los que cargaremos con los errores ajenos, los que a base de trabajos precarios y mucha formación terminaremos alzando las expectativas de este humilde hogar llamado España.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Los buenos modales de Mou

Los buenos modales, la buena educación, los buenos hábitos. Como quieran llamarlos. A todos nos agrada una persona bien educada. Y no me refiero a unos modales en exceso refinados, que en ocasiones resultan incluso altaneros, sino a la amabilidad y la cordialidad propias de un carácter alegre y humilde. Algunas de estas nobles características no se pueden atribuir a cierto entrenador blanco.
Nuestro amigo Mou respondió indignado ante la pregunta de un periodista que no era la que él esperaba. Ladró, se rascó la oreja, echó sus malas pulgas, y en una sola jugada fue pedante, hirió los sentimientos profesionales de uno de sus propios jugadores y se largó de la rueda de prensa sin explicación alguna, dando fe, con toda esta floritura, de su pésima educación.
Otro de los rasgos del querido entrenador es su fe ciega en estar jugando a otro deporte que obviamente no es el fútbol, ya que, hasta donde yo sé, se juega en equipo. Y Mou no está moviendo un solo dedo en formar un equipo cohesionado. Está poniendo todos sus esfuerzos en arropar a un jugador individualista que ni siquiera se alegra cuando el equipo marca un gol y no ha sido su musculoso y hercúleo pie el que lo ha metido entre los postes. Pienso yo que quizá se podrían haber dedicado ambos a una carrera profesional por separado como jugadores de ajedrez, o de atletismo, donde la individualidad prima. Pero en el balompié una sola persona no puede ganar una competición. La gloria es algo que solo consigue quien no la persigue. Prueba de ello es el entrenador que nos llevó a lo más alto del pódium mundial. Un hombre con un corazón del mismo oro de la copa que formó un equipo de compañeros y amigos, un equipo que disfruta al jugar y que hace disfrutar a quien lo ve.
Creo que la humildad es una virtud del verdadero campeón. El que realmente disfruta con el deporte de equipo lo hace porque las alegrías se multiplican, y las derrotas se dividen, al compartirse. Si determinados entrenadores se dedican a crear diferencias entre los compañeros, y a determinar qué debe tener importancia para los medios de comunicación y qué no, poco tiempo le quedará para ganar competiciones.
Los modales de Mou están alcanzando límites insospechados. La furia contenida en esa eterna cara de póker estalló hace poco con una botella lanzada hacia el banquillo, a punto de partirle la cabeza a uno de los suyos. Aunque estas rarezas me parezcan más propias de un neurótico salido de Gran Hermano que de un entrenador de liga profesional, la afición va a tener que soportar ver cómo su equipo se desmorona, mientras un creído semidios entrena un equipo desmembrado que no termina de convencer.
Y yo no pienso ser como este bien pagado entrenador. Por ello, yo sí me despido como mandan las normas de la educación y, en este caso, también del cariño, de mis compañeros de Radio Firgas. Porque ellos, más que un buen equipo profesional (que también), para mí han sido como una pequeña familia. Así que os doy lo que Mou jamás daría a sus chicos: las gracias.

sábado, 25 de septiembre de 2010

De Madrid al cielo

Septiembre. Casi octubre. Todo un mundo por descubrir en las caras de siempre y en las caras nuevas. Es curioso cómo cambia la perspectiva en un instante. En dos horas y media, para ser exactos. Un vuelo, odioso vuelo. Pero luego el calor de Madrid. Sus calles, su ritmo. Todo vuelve. Es septiembre, y me muero por volver.
¿Cómo será esta vez? ¿Qué habrá cambiado? ¿A quién conoceré? ¿Qué aprenderé? Otros nueve meses por delante para todas y cada una de las respuestas. Todas quedarán resueltas, pero siempre volverán. Y en eso se basa la vida. Genial retorno que nos acusa el placer de lo conocido y de lo nuevo.
Pocas veces puede decir uno de corazón que es feliz. Yo tengo la posibilidad hoy de decirlo. No sé mañana. Lo digo porque lo que dejo atrás también es querido. Familia, amigos y nuevos amigos. Lo que he aprendido este verano no se puede comprar. Pero comienza, de nuevo, como siempre, una vez más, otra nueva etapa. Hay que aceptarla, y mejor hacerlo con alegre curiosidad. Con ganas de conocer más mundo. Algunos sabios decían que quien careciera de curiosidad habría muerto. Totalmente de acuerdo. La actitud frente a la vida lo es todo. Abrazo y dejo aquí un mundo conocido, cariñoso, acogedor. Abrazo también lo desconocido, con ganas de ganar y de fracasar, porque de ambas experiencias se aprende. Con ganas de conocerme y de crearme. Con ganas de mí y de todo lo demás.
Echamos en falta a las personas. Pero estas siempre van y vienen. No por eso las olvidamos. No por eso están más lejanas. Pero las vidas se bifurcan. Y es irremediable. Otras nuevas llegan, y debemos apreciar las nuevas sensaciones que experimentamos, los nuevos sentimientos que surgen. Todo lo nuevo es conocimiento. Dicen que este no ocupa lugar. Yo así lo creo.
Es una época de cambio. Cambio de un pequeño pueblo a la capital de un país. Y puedo asegurar que es un gran cambio. No voy de visita. Allí está mi hogar. No por eso el lugar que dejo es menos querido. Pero Madrid es el lugar que he elegido libremente para pasar esta etapa de mi vida. Y he acertado.
Me queda un camino tan largo por recorrer que ni siquiera imagino el final. Pero ya lo he comenzado, de eso estoy segura. Tengo ilusiones, sueños, a largo y corto plazo. Tengo planes, dudas, orgullo y algún  miedo. Pero por encima de todo quiero aprender, conocer, ver, sentir, y todo cosas nuevas.
Vuelvo a un sitio conocido. Sus rincones, su olor, sus sabores, sus rumores, sus vicios, sus ruidos. Lo siento como si allí estuviera. Las caras conocidas de aquel lugar me visitan mientras escribo estas líneas. Muchas queridas, otras no tanto. Todas me han enseñado algo. ¡Cómo ponerlo en duda! Sin embargo, la perspectiva siempre es nueva. Nunca deja de sorprenderme esa pequeña posada para universitarios. Ni mucho menos sus inquilinos. Para bien a veces, para mal otras tantas. De igual manera, sigo enamorada de aquel extraño lugar, tan lejos y tan cerca de la capital, en cuyas paredes hay escondidos muchos más secretos de los que nadie podría imaginar.
Hace 4 años, hace exactamente 4 años, llegué a Madrid. Una chiquilla con el pelo largo, rizado, muy poca ropa de invierno, el sándwich de mamá en el bolso, aún sin la mayoría de edad y con algún kilo más que hoy, llegó a Madrid. Ahora vuelve la que aquí llaman goda, la que allí llaman canaria. Yo, en todo caso. A seguir aprendiendo, un año más. Una chica más. Una vida más, que, muy poco a poco, va cogiendo la forma que solo yo puedo darle.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Solo vivir

Desperté tranquilo, poco a poco, sin saber que era el día de mi espantosa muerte. Era un día dedicado al sol, que no al bochorno. Corría un aire fresco entre la hierba, y la vi. Estaba el campo, la luz y ella. Me acerqué y ocurrió lo que tenía que ocurrir, era inevitable. Después, cansado, me tumbé de nuevo. Esta vez a la sombra de un viejo árbol, gordo y frondoso. Era feliz, sin más. No tenía por qué pedirle más a la vida. Solo vivir.
Aún me sentía adormilado cuando me subieron al camión. Sin mediar una palabra, sin explicación alguna. Con gritos y algún golpe me encerraron en aquel lugar frío, duro, extraño para mí. Pasé horas ahí dentro. Pasé miedo, mucho miedo. Y hambre. ¿Qué había hecho de malo? ¿Me merecía aquello?
Se abrieron las puertas y me cegó la luz. Otra vez gritos, otra vez golpes, otra vez miedo. Sin entender qué demonios ocurría a mi alrededor y tras recorrer algunos oscuros pasillos comencé a sentir la arena bajo mis pies. El ruido me abrumaba, estaba perdido, pero por fin veía el sol.
Algo instintivo me enfurecía de aquella mancha roja, e intenté derribarla una y otra vez. Pero jamás caía. Cuando me acercaba a ella el griterío aumentaba, así como mi nerviosismo, mi ansiedad, mis ganas de escapar. Pero no había salida.
Entonces llegó. El dolor recorrió mi espalda como un rayo, fuerte, sin compasión alguna. Algo quedó colgado, y noté cómo revolvía la herida. Sentí ganas de terminar de una maldita vez con aquel tinte carmín, que en mi delirio me obsesionaba. Cada vez que lo intentaba otro escalofrío de puro sufrimiento brotaba de mi espalda.
El agotamiento se apoderaba de mis músculos, que se quejaban con el mínimo movimiento. Comenzó a nublarse mi antaño vista de halcón. Sin embargo, algo visceral me llevaba a luchar cada minuto, una eternidad en aquellos momentos, por la vida que perdía. Mi última intentona concluyó con las pocas fuerzas que había conseguido ahorrar. Así como con mi capacidad para aguantar el dolor. Una cuchilla atravesó mis entrañas y caí, aturdido, a una arena que nunca quise pisar.
Lo último que noté antes la nada, tumbado semiinconsciente, fue las cuchillas que cortaban mis orejas. Ya ni siquiera era capaz de sentir dolor. Mientras, antes de abrazar a la muerte y dejar por fin este mundo dominado por el pan y, sobre todo, el circo, me preguntaba si aquel castigo romano tenía un por qué.
En primera persona. En primer toro, en este caso. Es la forma de impacto más efectiva. La manera más clara de explicar lo que sufre un ser que no merece el dolor, la humillación, el espectáculo de su macabra muerte. Este no es un tema político. Es un tema moral. La empatía, me dijeron una vez, es una característica humana. Yo lo pongo en duda.
Como dice la canción <<“¿Pero qué pinto yo aquí”, dijo un torito en la arena, “si solo quiero vivir?”>>.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Objetivos, metas, retos del milenio

“Objetivos del milenio”, los llaman. Cualquiera de los mortales, en cuyas manos no se encontrase el destino de la humanidad, por objetivos entendería metas, retos a superar, logros por los que luchar. Pero los mandamases de este asustado planeta en crisis opinan de otra forma. Por objetivos se puede entender una buena fotografía con los colegas. Una forma de engañar a la chusma, de la que orgullosamente soy parte, y a sí mismos, que es lo más triste. Una patética manera de hacer creer que la civilización occidental es tan bondadosa y tan moralmente evolucionada que se ve en la obligación de erradicar el hambre en el mundo.
Si así fuera, cree mi humilde razonamiento, si de veras los peces gordos de este pequeño estanque quisieran acallar sus abandonadas conciencias en un acto de pura honradez y amor al prójimo, no estarían donde están. ¿Y por qué? Porque en política al que verdaderamente quiere ayudar al pueblo se lo quitan de encima. Quien realmente ha entrado en ese repugnante mundillo para mejorar las condiciones de vida de sus vecinos son ninguneados, apartados. No interesa una persona que pueda arrebatar ese liderazgo estúpido que tienen los partidos. Por ello, la gran mayoría de los grandes de los grandes partidos (y dale con la grandeza) mantienen sus puestos por las llamadas aspiraciones políticas. Este término, traducido al castellano, se entendería como aspiraciones económicas de las de toda la vida.
Siento ser escéptica, desalentadora, dura, quizá exagerada. Pero creo que los que defienden los “objetivos del milenio”, sólo buscan una foto, tras interminables y vacías conferencias, que deje limpia su imagen y sucio su Pepito Grillo.
Los políticos son los amiguitos de la banca, no los amantes de los pobres. Prueba de ello es el dinero público que Estados Unidos destinó a salvar la banca, cantidad que habría bastado (y sobrado) para arrancar de los brazos de esa gran amiga de la crisis, conocida como muerte, a millones de personas. De paso, esos millones de billetes con el lema impreso “En Dios creemos” habrían acabado con este circo montado en Nueva York, ya que los objetivos del milenio estarían hoy cumplidos. Ese Dios, si no es un tiburón de Wall Street, no creo que perdone semejantes pecados. Y no estáis hablando con una creyente. Pero si en mi mano estuviera la salvación eterna, estos muchachos no serían invitados a la fiesta.
Otro pequeño detalle. Estamos en la era de las comunicaciones. De las telecomunicaciones. “Tele” significa lejos. Telecomunicaciones: comunicarse desde lejos. Creo que explico con suficiente lucidez. No hace falta montar la que han montado en Nueva York para ponerse en contacto. No hace falta gastar millones en seguridad,  millones en hoteles, millones en aviones, millones en comida. Millones. Para plantear soluciones contra el hambre pueden gastarse ese dinero en comida. Podría ser, quizá, creo, me planteo, me da la impresión, me cuestiono que ese sería un buen comienzo.
A mí me han dicho por ahí que estamos en crisis. Pero crisis no para quien la causa. No para la banca. Me moriría de pena viendo a Botín almorzando en Cáritas. La crisis es para quien no la provocó, para los que no hicimos más que vivir, vivir y trabajar. Para nosotros, los jóvenes, los que no hemos hecho otra cosa en nuestra vida que estudiar, que formarnos para un puesto de trabajo ahora inexistente. Para los millones de personas que ya no tienen ni para un saco de arroz. Lo peor de todo es que los que tienen en sus manos castigar a los culpables creen que una tasa para las transacciones internacionales es demasiado pedir a los señores de corbata.
¿Objetivos del milenio? Objetivos, metas, retos. Solo eso. Todo buenas intenciones. Voluntad la justa.

domingo, 5 de septiembre de 2010

No punto y seguido. Queremos un punto y final.

Gran Canaria. Me alegro de haber nacido en esta isla. No creo que haya lugar mejor. O por lo menos no sé qué sería de mí si lo hubiera hecho en otro lado. Quizá me habría ido mejor en la vida. Quizá peor. En todo caso, aquí nací. Y aquí crecí. Todo lo que yo era a los 17 años, cuando me fui a Madrid, lo había aprendido en una de las afortunadas.


Llegué con recelo. No obstante, el tiempo me llevó a aceptar su forma de vida. Su ritmo de incesante actividad. Su luz, su cultura, su frío, su calor. Todo se incorporó a mi forma de ver el mundo. Y, de paso, la amplió.

Ahora no concibo un mundo sin Madrid. Un mundo sin Cibeles, sin Retiro, sin Gran Vía, sin Chueca, no sería un buen mundo para mí. Ya no.

Aunque mis expectativas de vida no se ubiquen ya en Canarias, me siento tan canaria como los días en que representaba a esta comunidad en los campeonatos deportivos junto con mis compañeras de equipo. Tan española como cuando lloré con el gol de Iniesta. Tan europea como cuando hablan de este continente romántico en las películas americanas. Tan humana como cuando me pregunté por qué los animales hablaban en El rey león.

Soy canaria, española, europea y humana. Ante todo, humana. No creo que fuera ni mejor ni peor si fuera china, somalí, rusa o chilena. Etiquetas a parte, sigo siendo yo, Laura Mengíbar.

Mengíbar. Interesante apellido. Un pueblo de Jaén tiene este nombre. Fue por una familia rica que allí vivió. La familia era vasca.

Hoy hemos sabido del alto al fuego de ETA. Me he tomado la molestia de leer el comunicado. Creen que “es tiempo de asumir responsabilidades y de dar pasos firmes”. Uno de estos pasos, según los etarras, es “crear condiciones para construir un proceso democrático” en el País Vasco. Además, hacen un “llamamiento a la comunidad internacional para que responda con responsabilidad histórica a la voluntad y compromiso de ETA”. Afirman también, que existe una “negación del pueblo vasco” y un “ahogamiento del deseo popular”.

Me gustaría que explicaran su singular concepto de democracia. Hasta donde yo sé, este término no engloba la muerte de más de 800 personas. Más de 800 vidas humanas. Más de 800 familias destrozadas. ¿Qué han ganado con esto? Hablan de “ahogamiento del deseo popular”. El deseo popular no es la sangre. El deseo popular no son los tiros en la nuca. No son los coches bomba. No son los aparcamientos por los aires.

Hablan del pueblo vasco. Incluso algunas teorías hablan de una “raza vasca”. Por mis venas corre sangre proveniente de esa supuesta “raza”. ¿Soy por ello mejor que cualquiera de mis amigos? No. No lo soy. El sitio donde hayamos nacido no importa. La sangre que circule una y otra vez por nuestro corazón no importa. Importa lo que queremos ser. Los valores que defendemos. La humildad importa. Las ganas de paz importan. Lo que compartamos con los demás importa. La lucha contra el terrorismo importa. Y quizá no la lucha desde el poder, que pueden hacer mejor o peor. Sino la lucha de ideas de cada uno de nosotros. El rechazo a los fanatismos. A cualquier fanatismo. Ya sea vasco, catalán, gallego o canario. Todos somos españoles. Cosa que no se olvida a la hora de pedir dinerito al gobierno central. En cualquier caso, somos más que españoles. Somos más que europeos. Somos humanos.

Las fronteras son necesarias. Económica y políticamente necesarias. Pero los independentismos absurdos no lo son. Jamás se me pasaría por la cabeza pedir la independencia de Firgas. O decir que soy firguense, pero no canaria. O que soy canaria, pero no española. O que soy vasca, pero que mi país no es España. Menos aún utilizaría la violencia para defender esas, permítanme de una vez decirlo, estúpidas ideas.

ETA proclama “¡VIVA EL PAÍS VASCO LIBRE!”. Debo recordarles que no están bajo ningún régimen autocrático. En todo caso, el País Vasco está bajo la lacra de ETA, una enfermedad social de la que se debe librar, erradicarla por completo.

El pueblo vasco, el pueblo español, el pueblo europeo, la humanidad entera pide que este alto al fuego sea permanente. Que se dejen a un lado las armas, que triunfe la justicia y la racionalidad. Un pacto temporal no vale. Por muy positivo que en principio sea. Al diablo con las explosiones de una vez por todas. Al diablo con el odio, con el terror.

Y ahora os planto cara, etarras. Cobardes. Misteriosos encapuchados con rifles. Hijos de la ignorancia. Os planto cara como lo hacen los valientes. Con nombre y apellidos. Sin matar a los que no piensan como yo. Luchando con la mayor de las armas: la palabra. Porque las ideas son más fuertes que vosotros. Son más fuertes que las balas y que las bombas. Os encaro y os pido, con la razón por bandera, la libertad para la vida.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Feliz comida, chicos.

¿Cuántas veces ha visitado usted un restaurante Mcdonald’s? Mínimo habrá pisado su pegajoso y grasiento suelo una vez. Y si es de mi quinta, seguro que más de dos, y de tres. Es un lugar de paredes con colores chillones, lo que atrae a las mentes más vulnerables de la casa: “esos locos bajitos”, diría Serrat; esos locos gritones, insoportables y asquerosamente tiernos (cuando quieren), diría yo. Otra estrategia para atraer a la infancia son esos juguetitos que regalan con el Happy Meal. Va a ser este hoy nuestro menú del día.


Una pequeña hamburguesa con queso, tomate y pepinillo, un proyecto de coca-cola (lo sería sin el iceberg que meten en cada vaso), sal con papas (que no papas con sal) y un diminuto postre son los componentes de este menú infantil que comen cada día miles de niños. Una “feliz comida” que resulta, todo hay que decirlo, muy sabrosa.

Frente a los productos del imperio Mcdonald’s se han realizado infinidad de experimentos con el objetivo de probar su nocividad para la salud. Un hombre, de hecho, recuerdo que hace años estuvo comiendo un mes a base de Mcdonald’s sin dejar de hacer sus actividades habituales. Engordó no sé cuántos kilos. No obstante, ¿qué demonios pretendía el muchacho comiendo hamburguesas un día sí y otro también? Creo que todos tenemos claro que la llamada comida basura nos hace aumentar el tamaño del trasero hasta rozar el área de Brasil. Por consiguiente, no considero esta hazaña digna de admiración.

Pero a un grupo de perfectos homo sapiens-sapiens se les ocurrió llevar a cabo un proyecto que delataría de forma fácil, sencilla y para toda la familia los conservantes y la artificialidad del menú infantil Happy Meal. Así que, gastándose menos de 4 euros, compraron una de estas curiosas cajitas con cena y sorpresa incluidas. Y la sorpresa fue la que se llevaron ellos al observar que tras 137 días los contenidos (hamburguesa, papas, coca-cola y postre) se encontraban exactamente igual que en el momento de su compra. Eso sí, fríos como pata de cadáver.

Tuve la oportunidad de ver las imágenes de los… venga, vamos a osar llamarlos “alimentos”, tanto el día de su compra como tras más de 4 meses. La similitud de ambas fotografías era impre-sionante.

Existe un restaurante en EEUU, la patria de las hamburguesas, en el que se sirve la comida basura más sabrosa, sin tener en absoluto en cuenta lo tóxica que pueda resultar para el consumidor. De hecho, si pesas más de los ciento y pico kilos (creo que eran exactamente 120) te regalan las hamburguesas. Como un abonado. Es decir, cuanto más peses, más comida basura gratuita, y más engordarás. El lema del restaurante es algo así como “Sólo se vive una vez”. Muchos han tenido graves problemas cardiovasculares, pero creen que merece la pena morir por el disfrute de las papilas gustativas. Supongo que a esos hombres grandes (que no grandes hombres) no les importa lo más mínimo los conservantes que se puedan acumular en un solo bocado de sus menús. ¿Pero les preocupa a los padres de los chavalines que llevan a sus hijos un fin de semana tras otro a estos lugares de mal comer?

Lo que más me fastidia de todo esto es la repugnancia que me dará a partir de ahora comer mi Happy Meal. Sí. ¿Qué ocurre? Sigo pidiendo el menú infantil. Pero no piensen que es por el juguete (que también), sino por lo barato. A los pobres estudiantes como una servidora nos cuesta demasiado, no comer en un buen restaurante, sino que papá y mamá nos dejen más de 5 euros para comer fuera de casa.

lunes, 30 de agosto de 2010

Por cieeerto...

Por cierto, a partir de hoy me dedicaré a publicar, como mínimo, dos artículos por semana.
Gracias a todos.
Un abrazo.

Días de descanso

Vacaciones. Debemos esperarlas con ansia, con ilusión, incluso con pasión. Un momento para descansar, para disfrutar de nosotros mismos, para ser nosotros mismos. Dejar a un lado el estrés, reponer fuerzas, cargar las pilas. Leer, tomar el sol, acariciar la arena con los pies, tomar unas cañas en la terraza, con pantalón corto, dejando pasar la calurosa noche de verano. Ver las estrellas, comer en restaurantes, hablar de cualquier nimiedad, nada de trabajo. Todo a lo Chanquete, felicidad en cada rincón.


Pero qué ilusos que somos…

Yo voy a dar mi versión de las famosas vacaciones. Quizá no sea la vuestra. Si así es, me alegro, de veras. Pero podría jurar por mi libro de oro de los 50 años de Astérix que alguno de los que se aventuren a poner sus ojos sobre estas líneas, otro más de mis delirios, se sentirá desafortunadamente identificado.

Salimos como gitanos de Francia. Llenas las maletas hasta límites insospechados. Sólo será un fin de semana, pero como si fuera un mes. La mayoría de las cosas prescindibles, casi todo por si acaso. El coche arranca, y a mí me parece un milagro. Vamos 5 en el coche. Sólo falta la abuela, y Casper (mi querido amigo de 4 patas), al que no me dejan llevar por cuestiones de higiene. Me refiero a Casper, aunque parezca extraño, no a mi abuela.

En fin. Una vez allí, dejo todo en el cuarto y a la piscina. En busca y captura de mi hamaca y con libro en mano, me presento en los alrededores de aquel charquito, sin el color transparente de mis sueños. A la escena solo le faltaba el cartel de “fiesta privada”, con subtítulo “Cumpleaños de niños a punto de exorcizar. No pasar”. En primer lugar, no quedaba un sitio libre. No es que estuviera aquello lleno, ya digo que era una república infantil. Pero sus queridas mamás y papás habían puesto sus respectivas toallas en las hamacas, por si a mitad de la tarde les apetecía saber el estado de las epilépticas criaturas.

Total, al suelo con la toalla. Intentando leer el periódico sin que me salpiquen los niños saltarines, con sus piruetas en torno a la piscina, me voy poniendo cada vez más nerviosa. El ruido es ensordecedor. Y nada del sonido del mar al fondo, que, de igual manera, no se habría oído con el incesante pa-panamericano. Estábamos a unos 5 kilómetros de la playa. La crisis es lo que tiene. En primera línea solo pueden hospedarse las Obama.

Se supone que voy a pasármelo bien. Así que intento ser cordial con mi familia. Alguien baja el aire acondicionado. “Ten en cuenta que es malo para la garganta”, me repiten. ¿Pero es que tampoco es malo para la salud estar a 45 grados a la sombra? Sudor incesante rodea mis contornos. Y no es nada sexy, os lo aseguro. Ni tampoco lo era el pegarme el día en la ducha de la piscina (me duchaba, en lugar de bañarme, porque el agua, con tanto niño, estaba misteriosamente caliente…). Lo hacía por pura ansiedad. Como un tic. No pensaba en otra cosa que no fuera una Coca-Cola bien fría con mucho hielo. Y no es por hacer publicidad. Como ya he dicho, no me pagan.

Con tanta tensión junta, no me salía la amabilidad por los 4 costados. Ni siquiera por dos. Pero a ninguno de mis parientes tampoco. Es normal. El calor sofocante no contagia la fraternidad y el amor. Menos aún cuando hay confianza, que, como ya se sabe, da asco cuando uno no está de humor.

A dormir como cachorrillos en una cestita. Todos juntitos. Pagamos un apartamento de 4 y fuimos 6. Con el calor y la traspiración (porque quitaban el aire de noche, ya que “es malo para la garganta”), aquello parecía una iglesia de pueblo. En mis sueños aparecía en Madrid, era invierno, tenía mi precioso abrigo puesto y estaba nevando. Había esa quietud humana que solo ocurre cuando nieva. Ese casi inaudible puf, puf, puf, de los copitos al posarse. Estaba sonriendo. Todo era muy a lo Ana Simón, súper cuqui.

Pero desperté. Estaban ya mis parientes lanzándose miradas inquisitivas. Volví a sudar. Y volví también a escuchar los endiablados niños jugando. ¿De veras, por cierto, hemos pasado todos por esa etapa en la que no se hace otra cosa que gritar? Se tiran a la piscina y gritan; juegan al ping-pong (que no dejaron libre ni un momento, todo sea dicho) y gritan; se pegan una leche y gritan. Nacen instintos asesinos en mi interior y los controlo solo porque está alguna madre cerca. Esos pechos caídos me dan miedo. Gritan muy parecido a sus crías, la genética nunca falla. Así que con ganas de coger una magnum de calibre no sé qué, recojo mi toalla del duro suelo y me largo.

Llega la hora de irse. No veo el momento de llegar a mi habitación y ponerme tranquilamente a leer. Incluso añoro las prácticas. Mientras volvemos a cargar la carreta de gitanos, surge estrés. No sé si es por ganas de llegar a casa (por mi parte, así fue, no me dio ninguna pena irme), o por no quedarnos más tiempo. El tema es que surgen roces. Llevamos 72 horas juntos y ya no nos soportamos más. Hay que volver a nuestras vidas, alejarnos como cada día. Así nos queremos mucho.

Mi balance de las vacaciones fue: odio hacia los niños, discusiones familiares, estrés, sudor y periódicos mojados.

Por fin he vuelto a trabajar. Aunque cuando no te pagan no sé si se le puede decir trabajo. A las prácticas, en todo caso. Creo que es de estos momentos de los que debo disfrutar, y los disfruto. Mi tiempo de trabajo es apasionadamente mío. No voy a dejar que cada día se convierta en una espera de un supuesto descanso que nunca llega. A disfrutar de todos y cada uno de los segundos que nos aporta esta maravillosa vida, señoras y señores, en la que la mayoría del tiempo, por desgracia (yo creo que por suerte) no estaremos de vacaciones.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Flash forward

Más de un 40 por ciento de paro es lo que tienen que sufrir los jóvenes españoles en estas épocas de crisis que nos ha tocado vivir. Un enorme contraste con el 18% que había en 2006, y eso que en aquel año ya superábamos en 3 puntos porcentuales la media internacional.


Entre la pre y la becarización de los puestos, los jóvenes españolitos tenemos unos bolsillos más largos y desiertos que el agujero por el que pretenden salvar a los desdichados mineros de Chile. Mineros que, como muchos de los adolescentes de nuestro queridísimo territorio, curran como chinos, y, como estos últimos, sin seguro.

Los humanos, me dijo una vez algún sabio, tenemos un único problema en nuestras vidas, y es que tenemos un estómago que necesitamos llenar cada día. Quiero pensar que fue esta cuestión la que llevó a estos pobres chilenos, atrapados en una tumba prematura, a convencerse a sí mismos de que, aún sin seguro, un accidente así jamás les ocurriría a ellos.

Volviendo a los españoles con acné, quedan dos opciones: la primera es que nos cojan, si tenemos mucha, pero que mucha suerte, en un trabajo como empleados potencial y exponencialmente explotables por un mísero sueldo en cualquier hamburguesería; en segundo lugar podemos seguir formándonos para matar el tiempo. No obstante, es el tiempo quien nos mata, ya que pasan los meses, seguimos sin trabajo y sin jornal que poder gastar en los comercios para, de esta forma, recuperar este proyecto de país.

Y luego critican los señores con barba que las nuevas generaciones pasen más décadas en casa de papá y mamá. Pero, teniendo en cuenta las opciones que se nos ofrecen y el precio de las viviendas, vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos.

Respecto al tema de la vivienda hablé uno de estos productivos días de prácticas con uno de mis compañeros. Me comentó que en España tenemos el erróneo concepto de que llegada cierta edad debemos comprarnos una casa, endeudarnos el resto de nuestra estresada existencia y no salir de esa pequeña cueva hasta el momento de ser expulsados al extraño mundo de la residencia viejuna. Quedé convencida de que vivir de alquiler es una buena opción. Pagas lo mismo que en una hipoteca, pero siempre tienes un hogar adaptado a tus necesidades y en el lugar del mundo en el que decidas. Además, tal y como venía diciendo, con lo que cobramos los jóvenes y la flexibilidad laboral que debemos estar dispuestos a asumir, no tener una casa propia veo, como en un flash forward, que será mi futuro.

El problema de que haya tanto parado joven en nuestro país es que, como ya he dicho, se tiende al exceso de formación. Y no digo que la formación sea mala, ojo, ya se sabe que el conocimiento no ocupa lugar (aunque ahora me toca estudiar para septiembre y tengo el disco duro cerebral en su punto para un buen formateo). Quiero decir que, al no apreciarse un horizonte laboral óptimo, la gente tiende a obtener mayor número de títulos universitarios para, en principio, tener más posibilidades de trabajo. Al haber muchos licenciados, la licenciatura pierde prestigio, por lo que, tras años de duro estudio, las mentes saturadas de datos caen de bruces en las listas del paro.

Así que, chicos y chicas de España, os leeré vuestro destino, cual gitana de pueblo (pero sin cobrar, que estoy sólo de prácticas): viviréis en un pisejo con la propietaria dando el coñazo a principios de mes, trabajaréis en hamburgueserías y supermercados varios, peeeero, y lo más importante, habréis pasado por la experiencia más bonita y enriquecedora que un joven, ya sea español, gitano o chileno, pueda vivir en sus años mozos: la apertura mental que aporta la universidad.

lunes, 23 de agosto de 2010

Atención al artículo de elpais.com

3 días después de mi editorial Vidas baratas, elpais.com ha publicado este artículo: http://www.elpais.com/articulo/internacional/ONU/critica/escasa/respuesta/internacional/tragedia/paquistani/elpepuint/20100823elpepuint_5/Tes

jueves, 19 de agosto de 2010

Vidas baratas

Hoy si me lo permiten voy a hablarles de un tema peliagudo, o de una opinión peliaguda, todo depende de cómo se mire. Pero teniendo en cuenta que esta es mi editorial, me aventuraré sin miedo a mostrarla. Espero, como siempre digo, que mis humildes pensamientos no hieran la sensibilidad de vuestras mercedes.


Después de la breve pero clara advertencia, les pido que se remonten a un trágico momento de la historia reciente. Se trata del terremoto en Haití del 12 de enero de este año. Fue un seísmo de 7 grados en la escala de Richter que dejó miles de muertos, muchísimos más heridos y daños materiales incalculables.

La ayuda humanitaria, aunque en estos casos toda la que se envíe es poca, no tardó en movilizarse. Los medios de comunicación se volcaron con la catástrofe, concienciando a la gente de la necesidad de donativos para paliar los efectos del terremoto. Otra cosa es que algunas personas, que no sé si merecen el calificativo de humanas, se quedaran con esas ayudas y se enriquecieran a costa de dejar morir a miles de personas sin acceso a agua potable o harina. Lo mismo ocurrió con el tsunami que azotó las costas asiáticas algunos años antes. Los medios de comunicación no tardaron en ofrecer diversas formas de ayuda a las víctimas.

Sé que lo que me propongo es algo macabro, así como también soy consciente de que no se pueden comparar dos catástrofes distintas. Pero ahora me gustaría que los oyentes hicieran el esfuerzo, y más que esfuerzo en mi caso es una misión imposible, de pensar en los anuncios que han visto para aportar una ayuda a los afectados por las lluvias de Pakistán.

El área afectada por este diluvio universal puede calcularse al sumar la de Austria, Suiza y Bélgica. El número de afectados asciende a los 20 millones de personas, las cuales se han quedado sin los recursos suficientes para sobrevivir y con los ánimos justos para poder luchar. Que se sepa, han muerto 1.400 seres humanos, y resalto el término, porque en ocasiones nos olvidamos de que no son sólo cifras. Hasta 3 millones y medio de niños pakistaníes se encuentran en peligro de contraer enfermedades mortales transmitidas por las aguas contaminadas y los insectos. Y yo me pregunto, ¿es esta catástrofe humanitaria o moral? ¿Qué tiene esta que la hace menos digna de nuestro favor que las demás?

No quiero llevar a cabo ningún juicio precipitado, y que tampoco se entienda que detrás de mis palabras se halla algún tipo de conspiración internacional de esas que tanto nos gusta ver en las series americanas. Lo único que quiero reflejar es la sensación de una servidora y la de varias personas que merecen mi confianza como periodista. Si me equivoco, y el que tiene boca (u ordenador en este caso) tiene la mala tendencia a equivocarse, espero que alguno de ustedes me rebata estos, como ya he dicho, humildes pensamientos. Ojalá sea así y ojalá me equivoque, porque si vivimos en un planeta en el que unas vidas valen más que otras, y creo que ese es el que tenemos, apaga la luz y vámonos. Sin embargo, alguien me dijo una vez que el mundo es tal y como lo construimos. Pero creo que este se lo encargaron a otro, porque, dejando modestias a parte, quiero pensar que yo lo habría hecho más justo.

viernes, 13 de agosto de 2010

De paraíso natural a infierno económico

Hasta 11 horas es lo que han esperado los desempleados canarios para conseguir un bono de guagua gratis en la estación de San Telmo. El Cabildo se ha compadecido de los menos favorecidos por la crisis (es decir, no incluye a Mercadona) y les ha ahorrado 15 euros de sus respectivos ahorros. Pero, ¿merece la pena realmente malgastar 11 horas de tu vida por tan poco dinero? Yo en 11 horas ya habría gastado los 15 pavos en comida, que desde pequeña me han dicho que mucho trago, pero, todo sea dicho, que poco engordo. Mira, como los bolsillos canarios.


Ya se dice por ahí que es muy malo ser pobre. Pero peor aún es ser parado, ya que así, además de no poder malgastar un duro, sólo se puede pensar en el maldito trabajo, que en estos casos brilla por su ausencia. Y es en estas situaciones cuando la gente mata por un mendrugo de pan, o por un bono de guagua gratis, lo mismo da.

Pero me sé de uno que no va a tener que preocuparse por esto del empleo durante una buena temporada. Se trata de un vecino de no sé qué pueblo isleño que ganó 9 millones de euros por comprar el décimo acertado del sorteo del cuponazo. El muchacho, que acababa de entrar en la treintena, afirmó que utilizaría el premio para pagar la hipoteca y algunos agujerillos. Menudo agujero tiene que ser para taparlo con 9 millones de euros, porque con esa cifra se puede taponar hasta la mismísima Caldera de Taburiente. Con respecto a la hipoteca, entendí que había comprado en una ganga inmobiliaria el Palacio Real.

Dejando a un lado los hombres con suerte pasamos a otros que este año no son los niños mimados de la diosa Fortuna. Porque Zapatero se nos queda sin vacaciones este 2010. Con esto de la crisis mejor no derrochar que luego vienen los reproches, y reproches son los que se ha llevado la señora Obama, que mientras medio país se pone la correa del reloj por cinturón, ella no escatima en gastos para las vacaciones por la costa del sol.

Unos con millones y con vacaciones y otros sin descanso y sin tan siquiera medios de transporte. Ya que los que aún no hemos ahorrado lo suficiente para que la autoescuela nos lo pueda robar tenemos que movernos en transporte público, ese que, por cierto, tan baratito está en nuestras islas. Luego nos quejamos de la contaminación, de los atascos,… Si no hay un servicio de transporte público eficaz y asequible para los ciudadanos pocos serán los que opten por usarlo antes que comprarse un coche que aporte más polución, más retenciones, más ruido y más estrés a nuestra querida Comunidad Autónoma.

Y es que nuestras islas son un paraíso natural, eso jamás lo pondría en duda, pero con tanto parado (y no sólo lo digo por los desempleados) y tan poco cuidado ecológico se está convirtiendo en un infierno económico. Porque he de recordar que lo que queda a estas pobres islitas, dejadas de la mano de la bonanza empresarial, es su paisaje: sus playas y sus montes. Ya que esto se traduce en turismo, el único líquido que calma la sed de los parados canarios. Mientras haga este calor se tendrán que conformar con beber un bono gratis.

Cuidado, forastero, ese árbol es mío

Hace unos días murieron 4 personas en la frontera entre el Líbano e Israel por un tiroteo causado por la tala de un árbol en zona libanesa. Supuestamente, soldados de Líbano echaron al aire algunos tiros disuasorios, ya que el árbol estaba en su lado de la valla que divide ambos países. Los israelíes respondieron con tiros directos a las personas, no al cielo, aunque finalmente ahí fue donde acabaron 4 de los allí presentes. Algunos temen, incluso, que esta acción acabe con un conflicto bélico en toda regla.


Como vemos, para hacer una guerra no hace falta mucha imaginación. Cualquier excusa es válida para sacar el revólver de la cartuchera y mandar a 4 ó 5 al otro barrio. Puestos a buscar iniciativas bélicas, también podrían haber argumentado chorradas varias como que un pajarraco pasó de una frontera a otra con no se qué virus “potencialmente” mortal y con el supuesto objetivo de utilizarlo como arma biológica. Pero mejor no dar ideas, que los servicios de cuestionable inteligencia están por todos partes.

Recuerdo que cuando era niña, más niña que ahora, quiero decir, había una compañera de clase que me caía pero que muy mal. Nunca entendí el por qué, pero siempre buscaba la más mínima excusa para atacarme. Que si llevaba sucio el uniforme, que si no había hecho los deberes, que si jugaba mal al escondite…Total, que le faltaba tiempo para buscar fallos que explotar en mi persona. Varios años me estuvo mortificando la odiosa niñita, pero aguanté como una peque-campeona hasta que se marchó del colegio. Según los israelitas, o los libaneses, da igual como se mire, yo tenía una buena razón para coger un bate de béisbol y mandarla a los infiernos infantiles.

Si es que cuando se quiere pelea poco importa el por qué. Una sola persona con ganas de fastidiar al vecino, o al país fronterizo, da lo mismo, puede provocar una guerra. ¿Qué no me creen? Les voy a dar un buen ejemplo. Hace muchos años tuvo lugar un enfrentamiento que dejó a España sin una islita del Caribe, que para ser tan pequeña, menudos quebraderos de cabeza que dio y sigue dando. El caso fue que EEUU necesitaba un motivo para declarar la guerra a España, pero no sabía cómo enfocar el asunto de manera que la opinión pública creyera que actuaban en defensa propia. Un tal Hearst tuvo una excelente idea: “atacaremos a nuestro propio país y diremos que han sido ellos”. De esta manera el Maine, que poco tenía, en principio, que ver en todo aquello, saltó por los aires, llegando las cenizas hasta nuestra orilla del Atlántico. Aquello funcionó de maravilla, por lo que quién sabe cuántas veces se ha utilizado esta artimaña para crear un conflicto. Por lo visto, en ocasiones da igual el número de víctimas del propio país que mueran con tal de que los soldados se puedan llevar al combate. Y yo me pregunto, ¿no necesitaba Estados Unidos un enemigo en 2001?

En todo caso, y volviendo al tema de los arbolitos de los jardines de unos y de otros, me sé una historia en la que la tala de un árbol trajo muchos problemas a nivel interestelar. Se trataba de unos hombrecillos azules que danzaban medio desnudos en medio de una selva y que vivían en un gran ser fotosintético. Además, se unían mediante lazos físicos al resto de la naturaleza por un cablecillo que les salía de la melena. Lástima que tenga el pelo corto, será por eso que me dicen que me falta un cable.

El caso fue que debajo del árbol se encontraba una gran mina de no sé qué mineral precioso, por lo que sacaron a patadas a los nativos. No obstante, los que patearon finalmente fueron los pitufillos gigantes estos, que echaron a los intrusos de su paraíso tropical. Todo este enredo se cuenta en una película de gran presupuesto, no como el que tenemos en la radio. Lo que quiero decir, es que la realidad muchas veces supera la ficción, ya que, en el caso de Israel y Líbano, el matojo en cuestión no tenía mina alguna debajo, ni nadie que viviera en él. Se dispararon balas porque sí, por no tener otra cosa mejor que hacer que enfrentarse con el vecino. Ahora que lo pienso, quizá era eso lo que le ocurría a la niñita de mi colegio, no se le ocurrió nada mejor que hacer que declararme la guerra. Supongo que la falta de actividad afecta a las neuronas, y si a eso le sumamos la gandulería peor aún, ya que, como ya hemos comentado en alguna tertulia, cuesta más trabajo entenderse con los demás que pelearse con ellos.

De mono-humanos a pa-panamericanos

Hace unos días salía la noticia de una ballena que saltaba encima de un yate en las costas sudafricanas. Cuál fue mi sorpresa, además de por el cetáceo con complejo del famoso Willy, al recordar que una escena misteriosamente parecida se narraba en un libro de ficción. Este libro es mi favorito de entre mis favoritos, ya que siempre he creído que una persona que sólo tiene un libro favorito no ha debido leer demasiado en su vida. ¿Imaginan preguntarle a Belén Esteban cuál es el libro que más le gusta? Seguramente respondería preguntando qué nueva tecnología es esa, y menos entendería aún cuando se le diga que hay que utilizar la imaginación, algo para lo que hay que activar lo que lleva debajo del pelo, y no precisamente la nariz operada.


Volviendo al tema de los grandes mamíferos marinos, en la obra se plantea que el ser humano no es el animal más inteligente, sino que existe un ser pluricelular en las profundidades del océano cuyo ADN tiene la información de todos y cada uno de los individuos, es decir, de cada célula. Por tanto, no tienen que ir al colegio para aprender, como los imperfectos seres humanos, sino que la información que tiene una célula pasa a formar parte automáticamente de la información de todo el conjunto por una mutación de ADN. Personalmente, no me gustaría que se diera el caso de tener que saber con exactitud el tratamiento específico de cada uno de los alimentos que me meto en el estómago. Si lo supiéramos, creo que el placer de comer se convertiría en la repugnancia de lo mismo.

Este ser en cuestión, se encontraba en la novela un pelín enfadado con la humanidad, ya que le estábamos ensuciando su casa, un hogar donde había vivido desde tiempos en que los humanos éramos aún monohumanos, y no panamericanos, como somos ahora. Como represalia, el bicho se metió en el cerebro de algunos animales marinos y los mandó en nuestra contra. De ahí, que algunas ballenas se tiraran encima de los veleros para echar a la gente al agua. A continuación, venían sus amigas las horcas y se daban un festín.

Me pregunto, por tanto, si la ballena de Sudáfrica, a la que animo a participar en las olimpiadas oceánicas, no nos estará dando un pequeño aviso. ¿Qué ocurriría si de verdad le estuviéramos ensuciando la casa a un ser más inteligente que nosotros? ¿Cómo llevaría el vertido de la BP? ¿Cómo vengaría la marea negra de china? Cualquier animal que convierte su población en plaga destruye su propio hábitat y el de todos los miembros de su ecosistema. Llama la atención que el ser humano, en principio (y sólo en principio) el más inteligente de los animales haga exactamente lo mismo que una plaga de langostas.

La Agencia Estatal de Meteorología sacó hace un par de días, y sin haberlo deseado me ha salido un pareado, los datos sobre el aumento de la temperatura en nuestro país para los próximos 10 años. No son precisamente escalofriantes, en todo caso, acalorantes. Si extrapolamos este dato a nivel del globo, llegamos a la conclusión de que en cuestión de años nos quedamos sin casquetes polares, y, por tanto, sin esas bonitas ciudades costeras que adornan el contorno de nuestras islas y de otros muchos lugares del planeta azul, que mucho más azul va a ser si no ponemos remedio a este problema.

Mientras nuestros políticos y empresarios se pelean por cuestiones económicas, vamos deteriorando nuestro único hogar sin poner remedio. A menos que el ascensor lunar del que hablaba José Luis sea viable, deberíamos concentrarnos en limpiar nuestra casita y en que nuestros hijos, y a mí me queda mucho para eso, puedan vivir en ella.