domingo, 21 de noviembre de 2010

Los reyes del mambo

Comienza el frío. Los guantes, los abrigos, los paraguas, la temprana Navidad,… Las personas se arropan unas a otras y el metro ya no parece un lugar tan lúgubre, tornándose en un acogedor y cálido refugio. Poco a poco llegamos al final del año, momento de promesas y de grandes esperanzas. Cada 365 días podemos empezar de nuevo. Y todo bajo un frío manto. Hay que ver qué casualidad que los inicios de la vida compleja también llegaran con la bajada de temperaturas. Pero todo es relativo, ya que el nuestro concepto de frío no tiene nada que ver con los aproximadamente 52ºC que necesitaron las células eucariotas, que son las de mayor complejidad, para nacer. Sin embargo, viniendo de una temperatura terrestre de 70ºC, se entiende que estos microorganismos se sintieran en el cielo celular con un descenso de 20ºC.
¿Y por qué se asocia la bajada de las temperaturas a la aparición de las células eucariotas? Pues es bien sencillo. El ascenso térmico es incompatible con la compleja estructura molecular de estos organismos.
Supongo que usted alguna vez ha pasado por la común experiencia de quemarse la mano por algún descuido casero. Una plancha, la sartén o un café con leche demasiado caliente son buenos ejemplos. Pues bien, cuando esto ocurre, la zona de piel que ha sido quemada pierde su función y se forma una ampolla para la llegada de los eficientes trabajadores del sistema inmune. Así puede usted ver cómo las altas temperaturas son opuestas a la proliferación de vida compleja.
Hace algún tiempo de todo esto, unos 1.800 millones de años, un tercio de la edad de nuestro planeta. En esta época los continentes permanecían aún desiertos, sin rastro de animalillos o plantas que decoraran sus ríos y lagos, por lo que la vida aún quedaba recluida en los mares. Fue en este ambiente acuoso en el que las eucariotas cayeron en la cuenta de que el trabajo en equipo resultaba mucho más fácil y eficaz que la aburrida vida en solitario que llevaban hasta entonces. Fue cuando surgieron las colonias, grupos de células que realizan las funciones vitales en conjunto. Estos grupos tuvieron más éxito en la protección contra otros organismos y en la recogida de nutrientes. Es decir, era más difícil que se los comieran y ellos comían mejor. Las células de las colonias se especializaban en una función concreta. Vamos, como si en una empresa unos se dedican a las cuentas y otros a la producción, lo que mejora las capacidades del grupo en su conjunto.
Las eucariotas comenzaron a agruparse de diferente manera: llegaban los seres pluricelulares. En esta nueva forma de vida también se daba una división del trabajo, pero además actuaban como una unidad. Tras esta simple explicación muchos aún no sabrán diferenciar entre una colonia y un ser pluricelular. Pues el ejemplo más esclarecedor lo podemos ver en los experimentos de H.V. Wilson, un biólogo de principios del siglo XX de la Universidad de Carolina del Norte. Este muchacho cogió una esponja, que es una colonia, y la partió en trocitos chiquiticos. A continuación puso los pedacitos en un platillo de agua y cuál fue su sorpresa al descubrir que con el paso de los días la esponja se iba regenerando a sí misma. Prueben ustedes a coger el maravilloso rosal de su jardín y pártanlo en mil pedazos a ver qué pasa. Aquello no revive ni en broma. Pues ahí podemos observar la clara diferencia entre colonia y ser pluricelular.
Lo que realmente les ocurre a las células componentes de un animal o una planta, que son organismos pluricelulares, es que, aunque todas tienen el conjunto de la información genética, sólo una parte se expresa. ¿No han oído decir en alguna película que se encontró el ADN de alguien en el lugar del crimen? Lo que encuentran realmente son células, ya pueden ser del pelo o de las uñas, que aunque poseen toda la información que aporta el ADN, han expresado sólo la parte referente a la uña o al pelo. El resto de información queda silenciada. Así que la próxima vez que decidan cometer el asesinato perfecto ya saben, guantes y redecilla.
Volviendo a nuestros ancestros, cuando el desarrollo biológico permitió que los pluricelulares tuvieran órganos diferenciados, la diversificación de la vida fue extraordinaria. Surgieron animales como los artrópodos, que son los invertebrados que poseen un esqueleto externo y patitas articuladas, o los moluscos, que son invertebrados con cuerpo blando. Como gran ejemplo de artrópodos podemos poner la araña, mientras que de los moluscos el caracol.
Aunque para entendernos haya puesto ejemplos de animales terrestres, debemos tener en cuenta que en esta época, hace unos 600 millones de años, aún no se habían conquistado los continentes.
Estudiando la historia de la vida, he aprendido a ser humilde como ser humano. ¿Saben cuánto llevamos nosotros encima de la Tierra como homínidos? Unos 4 millones de años. El homo sapiens surgió hace apenas medio millón. La vida en el planeta lleva una historia de más de 3.500 millones de años a sus espaldas. ¿Por qué nos seguimos creyendo los reyes del mambo? Supongo que el “humano-centrismo” es cuestión de genética.

Hoy tenemos sopa

Para redactar el siguiente artículo me pegué cosa de dos horas discutiendo con una compañera sobre el origen de las células. Si yo, universitaria del tres al cuarto, me pegué una mañana discutiendo sobre teorías acerca de la evolución de los primeros microorganismos terrestres, es normal que los autodenominados grandes científicos aún se peguen una vida, y quién sabe si más, debatiendo nuestros orígenes.
En determinadas cosas parecen haberse puesto de acuerdo. Nuestro planeta, azulado gracias a la atmósfera de la que hoy disfrutamos, no siempre tuvo esta agradable tonalidad. Para comenzar nuestra historia vamos a retroceder al eón Arcaico, hace unos 3.800 millones de años, casi nada, aproximadamente 1.300 millones de años después de la formación de La Tierra. Por entonces, la atmósfera estaba formada por metano, amoníaco y otros gases que hoy serían tóxicos para los seres vivos. Pero fue en esta época, sin embargo, donde vemos los preludios de la vida.
En esta etapa el conjunto de los continentes estaban en una misma masa de tierra llamada Pangea I. Existió, por tanto, un Pangea II, tras la separación y posterior unión progresiva de los continentes por segunda vez. Dejando la tierra a un lado y sumergiéndonos en el mar, sólo existía un océano, mucho más grande de lo podríamos imaginar hoy, ya que no existían casquetes polares. Y es aquí, como en una cocina casera, donde en el caldero de la sopa se cocinó la vida.
Y lo he dicho literalmente: sopa primitiva. Así es como llamaron al mejunge de agua y moléculas orgánicas de las que se nutría este océano primigenio. Los grandes eruditos sobre el tema no se quebraron la cabeza para escoger el nombre, en eso estamos de acuerdo. En fin, en este planeta el caldo se servía bien caliente, ya que al no haber capa de ozono los rayos ultravioletas del sol llegaban con toda su fuerza a la superficie de La Tierra.
Respecto a cómo demonios surgió el primer atisbo de vida aún no se tienen las cosas muy claras. No se saben exactamente cuáles fueron las condiciones para que las macromoléculas orgánicas se organizaran de manera que, por ejemplo, la capacidad de autorreplicación del ARN o del ADN, moléculas que ya se habían cocinado en el caldo primitivo, quedaran dentro de unas membranas semipermeables que las protegieran a la vez que permitieran el contacto con el exterior.
Fuera como fuese así fue, y los primeros organismos que surgieron fueron los procariotas, microorganismos que no tienen una membrana nuclear que separe el material genético del resto de la célula. Esta forma de vida se diferencia de las células eucariotas, que son, por ejemplo, las que forman la piel, en que estas últimas sí que tienen un núcleo diferenciado. Para visualizar esta distinción sólo tiene usted que imaginarse un huevo frito. Si el huevo tiene yema, lo identificaremos como célula eucariota; si se la quitamos, tendremos una célula procariota.
Fueron estos huevos sin yema los que primero habitaron este gallinero de planeta. Se nutrían de las moléculas orgánicas que rondaban por el caldo y eran anaerobios, es decir, que no podían llevar a cabo la respiración utilizando oxígeno, ya que éste sólo se encontraba dentro de las moléculas de agua y no en la atmósfera. El O2, tan importante hoy, era para ellas un simple desecho que dejaban fluir.
Cuando la comida empezó a escasear, comienzan a surgir los organismos autótrofos, es decir, los que se pueden fabricar sus propios nutrientes sin necesidad de cogerlos del medio. Para entender lo que es un autótrofo el mejor ejemplo son las células vegetales. Nosotros, oh, pobres heterótrofos, necesitamos alimentarnos con moléculas orgánicas ya creadas, bien sean plantas o animales. Pero las plantas no necesitan esta estúpida y continua búsqueda de material orgánico. Ellas, inteligentes criaturas, se procuran su alimento de material inorgánico como lo es el agua, el CO2, los minerales que aporta la tierra y la luz solar.  
Siguiendo con nuestro recorrido evolutivo, a medida que la atmósfera se va llenando de oxígeno debido a expulsión del mismo por parte de los autótrofos anaerobios, surgen los organismos aerobios, lo que para entendernos son bichitos que ya utilizan el oxígeno para realizar la respiración celular.
Las que por último llegaron a este festín sopero fueron las células eucariotas, lo que antes habíamos llamado el huevo frito con yema. Y fue en este punto en el que nos enfrascamos en una erudita y muy friki discusión mi querida amiga y yo, ya que existen diferentes teorías sobre cómo surgieron las encantadoras eucariotas. A ver, algunos dicen que la membrana nuclear se crea porque una procariota se zampa a otra que queda recluida como núcleo. Otros entendidos afirman que la procariota se recluye a sí misma el material genético cogiendo un pedacito de su propia membrana celular.
Después de todo este sopero jaleo y del frío que paso por estos lares madrileños, yo no sé ustedes, pero yo me voy a tomar un rico caldo, y mañana será otro día para seguir debatiendo.

martes, 26 de octubre de 2010

El eterno retorno

Nosotros, humanos y pobres mortales, nacemos, nos desarrollamos, nos reproducimos y finalmente terminamos criando malvas. Cerramos un ciclo que comenzamos con el parto materno. Pues bien, todo en esta vida se puede ver simplificado a eso, un ciclo. La economía, el amor, la política, las amistades, las crisis del capitalismo… Todo es un bucle. Hoy probaremos esta teoría con el ciclo de la materia.
Alguna vez se habrán preguntado, si la caja tonta no les ha dejado ya las neuronas adormiladas, de dónde proviene la energía que nos sirve para realizar las actividades cotidianas. Respuesta fácil: la comida. Ya, pero hasta ahí creo que llegamos todos. No obstante, ¿de dónde procede en primer término?
Los llamados organismos productores no obtienen la energía del súper de la esquina, sino de un famoso compuesto inorgánico, el CO2, combinado con una buena dosis de luz. De esta manera, sintetizan compuestos orgánicos que posteriormente nosotros podemos usar como combustible para nuestras insaciables células. Como organismo productor típico usted puede imaginar una planta cualquiera, por ejemplo los geranios de su parterre.
Los organismos consumidores, y no me refiero a los de esta  macrosociedad capitalista, son los carnívoros y los herbívoros; es decir, los que se comen a los productores, o los que comen otros consumidores. Y como ya dijimos antes, nadie se libra del alma de la guadaña, por lo que alguien debe recoger y reciclar los platos rotos de la materia orgánica que queda por ahí desperdigada. Estos son los descomponedores, microorganismos que degradan la materia orgánica en descomposición para cerrar el ciclo. Estos pequeños bichejos hacen todo el trabajo sucio, ya que, además de encargarse de limpiar las calles de animalitos muertos, también se encargan de sus heces. Así que ya saben, si les coge el apretón en medio de ninguna parte los descomponedores harán el resto.
Estos chicos, mal vistos y con mucho trabajo, son fundamentales en el ciclo de la materia, ya que son los que remineralizan la materia para que pueda ser utilizada de nuevo por los organismos productores. Es decir, los excrementos de los descomponedores, como hongos y bacterias, son los que serán usados por las plantas, junto con la luz, para crear la materia orgánica.
Por tanto, volviendo al ejemplo de los geranios, la plantita decorativa usa el abono y la luz solar para crear materia orgánica; ésta será engullida por un par de caracoles que andaban por allí rondando; a su vez, los caracoles serán guisados por gente como mi abuela, que por cierto los hace de muerte; y cuando nosotros salgamos con los pies por delante, seremos alimento para los descompondores, que, además de soltar CO2 a la atmósfera, harán de nosotros abono para plantas.
Paralelamente a este ciclo de la materia, podemos estudiar también el ciclo de un compuesto del que ya hemos hablado y que resulta esencial para la vida en el planeta: el carbono, sobre todo en la molécula CO2. Aunque tan mala fama haya cogido la pobre molécula de unos años acá, lo que realmente perjudica no es su existencia, sino, como ocurre en todos los aspectos de la vida, el exceso de la misma. Sin ella, los organismos autótrofos, por ejemplo, los benditos geranios, no podrían fabricar materia orgánica. Además, debemos tener en cuenta que el CO2 también contiene oxígeno, por lo que nuestros amados y cuidados geranios crearán, por una parte, materia orgánica, y por otra, desprenderán oxígeno a la atmósfera, una molécula (ya que estamos hablando de 2 átomos del elemento en cuestión) mucho mejor vista por la siempre importante opinión pública.
El carbono orgánico, sólido somier donde se apoya el mullido colchón de la vida, es utilizado por los consumidores (y no vuelvan a pensar en términos económicos), fundamentalmente animales y bacterias, como fuente de carbono y energía. Para finalizar el ciclo de este valioso elemento, los descomponedores remineralizan el carbono a CO2, soltándolo a la atmósfera.
Todo en excesiva cantidad es perjudicial. Un buen ejemplo: seguramente usted querrá a su pareja, incluso puede, y ojalá sea así, que con locura. Pero prueben a estar 2 semanas sin despegarse de su pinchoncito en las 24 horas que tiene el día. Querrán matarlo, científicamente comprobado. Bien, pues exactamente lo mismo ocurre con el CO2. La actividad humana está acabando con las grandes reservas de bosques del planeta; es decir, van disminuyendo los recursos para convertir el CO2 en oxígeno. Además, por otro lado, aumentan exponencialmente las cantidades de dióxido de carbono que expulsan las industrias. Por consiguiente, tenemos más componente nocivo en el aire y menor capacidad para convertirlo en oxígeno.
El resultado es el archiconocido efecto invernadero, una capa de CO2 que impide la fuga de la radiación solar al espacio, lo que provoca que la Tierra se recaliente.
Como ya he comentado, todo en esta humilde existencia es un ciclo. Pero hasta los ciclos se regulan con los cambios. ¿Qué tipo de transformación debería producirse para regular este estropicio climático?

sábado, 23 de octubre de 2010

Analfabetización periodística

Objetividad, contrastación, imparcialidad, claridad, concisión. Todas deben utilizarse para elaborar la información en un medio. Y digo información, ya que, en principio, esta debe quedar claramente diferenciada de la opinión.
Otra de las características fundamentales, el padre nuestro del periodismo, es la pirámide invertida. Una noticia debe comenzar por lo más importante (en base, obviamente, a criterios de actualidad, interés, cercanía, etc.) para dar paso en los párrafos posteriores a los detalles de menor relevancia. Para los que nunca hayan oído hablar de esta figura periodística básica, quedará claro con esta explicación que se va del grueso del interés noticioso a lo más irrelevante, dibujando así una especie de triángulo boca abajo.
Antes de comenzar a estudiar esta carrera (“¡Estudia algo de provecho!”, exclaman invariablemente los progenitores al conocer las tendencias académicas de sus retoños) creía que los “grandes medios” de nuestro país estaban gestionados por grandes ilustrados, inspirados por la divinidad para representar con precisas palabras una realidad tangible. Mi mente adolescente imaginaba aquellos inalcanzables sabios, ortodoxos de la praxis periodística, en continuo movimiento, trabajando por y para la verdad, llevando por bandera las 5 W.
Cuando me incorporé a esta facultad de locos que tanto me ha dado, teóricamente hablando, comencé a dedicarme más y mejor al estudio exhaustivo de los medios, a comparar lo que debía ser y lo que era. Y menudo fiasco.
Los medios de comunicación se saltan a la torera aspectos tan fundamentales como el lead*. ¿Por qué demonios me encuentro, desgraciadamente a menudo, leads literarios? En ocasiones no distingo si me están contando una noticia o es el principio de una novela policíaca. ¡No puedes hacer que el lector esté intrigado por saber qué narices ha pasado hasta el final de segundo párrafo!
En esos momentos de desesperación caen los míticos periodistas de mis sueños y son reemplazados por los analfabetos (periodísticamente hablando) con suerte que abundan en las redacciones. Y ya no hablo de la separación entre opinión e información, norma que di por perdida en los medios hace mucho tiempo, sino de algo tan básico como decirle al lector qué puñetas ha ocurrido en un párrafo.
Solía pensar que quien trabajara en un “gran medio” podía considerarse periodista con mayúsculas, ya que creí (ingenua de mí) que las pruebas de selección eran más estrictas. No obstante, visto lo visto, creo que a cualquier estúpido que sepa leer, escribir y acatar órdenes de una línea editorial puede poner su firma al final de una noticia, sin necesidad de saber qué es un lead, cuáles son las 5 W o qué es eso de la pirámide invertida.
En fin, seguiré refunfuñando por la calidad periodística perdida desde mi acogedor búnker de ideal teoría. Lo único que espero es que algunos refunfuñen conmigo.

Siento el fallo técnico

Muy buenas a tod@s. Anuncié en varias redes sociales una nueva entrada en mi blog que por fallos técnicos (internet en esta residencia es pedirle peras al olmo) ajenos a mi voluntad no salió a la luz. Yo creí que la entrada de "Vida viral" se había publicado correctamente la semana pasada, pero no fue así. Cierto amigo me avisó de la ausencia de mi entrada y procedí, por tanto, esta mañana a colgarla. Disculpen las molestias.
Un saludo y gracias.

Vida viral

Es otoño. Tiempo de tormentas, paraguas, chubasqueros, hojas marrones y, sobre todo, gripe, mucha gripe. El moqueo, los estornudos, el mal cuerpo y la fiebre que nos produce son inconfundibles. Aun siendo tan común y reconocible para todos, muy pocos son los que realmente conocen a este pequeño intruso que penetra en las vías respiratorias sin ser invitado. Para que conozcan mejor a este ocupa, hoy vamos a hablar de los virus.
Estos diminutos caraduras tienen una estructura muy sencilla si la comparamos con la de una célula o una bacteria. Básicamente se componen de 2 partes:
-la primera es un fragmento de ácido nucleico, lo que hablando en cristiano viene a ser una pequeña cadena de información que determina cómo es el virus en cuestión y cómo serán sus descendientes. Este ácido podrá ser del famoso ADN, o de ARN, un primo hermano cuya diferencia radica en que tiene oxígeno. De ahí, por cierto, vienen sus nombres: ADN significa ácido desoxirribonucleico, mientras que el ARN es ácido ribonucleico. Pero para no volvernos locos, mejor quedarnos con que ambos son cadenas de información genética.
-la segunda parte del virus es un cápsula de proteínas que protege el pedacito de ácido nucleico.
Para visualizar de forma simple un virus, imagínense un cerebro, la parte importante y por tanto la que lleva la información, rodeado de un cráneo que la protege. El cerebro corresponderá con el fragmento de ADN o ARN, mientras que el cráneo será la cápsula proteica.
Ahora que pueden imaginar la forma sencilla de un virus, comencemos, cual paparazzi del mundillo del corazón, a indagar un poquito en su vida. Estos bichejos son inertes mientras no interactúen con una célula hospedadora. Es decir, su vida carece de sentido sin una célula a quien fastidiarle la existencia. Cuando entran en contacto con una de ellas, la cápsula proteica se pega a la membrana celular e inyecta el ácido nucleico en el interior de la pobre celulita que nada había hecho para merecer aquello.
Cuando el “cerebro” del virus se encuentra ya en el interior de la célula hospedadora, a la que nadie preguntó si quería serlo, se comienzan a bloquear todas las funciones normales de la célula para sustituirlas por funciones de reproducción viral. Por tanto, la célula se convirtió en una especie de robot creador de pequeños virus sin comerlo ni beberlo. Cuando está bien “embarazada” de virus, la membrana celular, que es algo así como la piel de estos organismos, se abre como un saco del que comienzan a salir malévolos virus listos para infectar nuevas víctimas.
Aunque suene a peli de miedo, esto ha ocurrido en nuestro propio cuerpo decenas de veces cuando tenemos gripe. Lo que ocurre entonces es que nuestro sistema inmune, compuesto por tropas bien entrenadas capaces de derrotar al virus invasor, destierra para siempre al enemigo. Sin embargo, este cruel villano tiene increíble capacidad de mutación, por lo que su información genética, es decir, su “cerebro”, cambia constantemente, burlando entonces bajo un nuevo disfraz la vigilancia extrema de nuestros ejércitos defensores. Por este motivo padecemos la incómoda enfermedad una y otra vez.
He de confesar que, aunque la mayoría de las personas normales entre las que no me encuentro odien los virus y su estudio, yo siempre he sentido debilidad por ellos. En especial por los virus complejos. La primera vez que vi uno en mi libro de biología fue amor a primera vista. Desde entonces no he podido sacármelo de la cabeza. En fin, intentaré explicar las razones de mi incomprensible amor por estas curiosas formas de vida.
Pondré como ejemplo esclarecedor el virus bacteriófago T4, y no me estoy refiriendo a la terminal de Iberia en Barajas. Imagínense un chupa chups de cuya base salgan una especie de patas de araña. La parte superior o el caramelo del chupa chups, sería lo que antes hemos explicado: el cerebro y el cráneo. El palo de la chuche y las patitas de araña son estructuras para facilitar el acoplamiento con la bacteria hospedadora. ¿No les parece extraordinario? Si no es así, déjenme en paz, que para gustos colores.
Dejando el T4 a un lado y volviendo a la generalidad viral, son muchos los científicos que han tenido sus reservas al declarar a los virus como seres vivos, ya que no cumplen las exigencias para considerarlos como tales. Un ser vivo, para serlo, debe tener ciertas características: debe ser capaz de nacer, desarrollarse, nutrirse, reproducirse y morir. No obstante, los virus no se nutren ni se reproducen por sí mismos, ya que necesitan para ello una célula hospedadora.
¿Diría usted que ese maldito gripazo, que le obliga a coger la baja y a meterse en cama, se origina por una forma de vida tan simple que ni siquiera se considera vida? En todo caso, tenga o no tenga padres, usted y yo nos seguiremos acordando de los del virus durante 3 ó 4 días al año.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cambiemos el mundo

Como algunos ya sabéis, durante el curso me ubico en una residencia de estudiantes. Estoy, por tanto, entre universitarios. Gente preparada, formada, con cierta cultura. Se supone. Pues bien, en estos lares de estudio y ciencia me llama poderosamente la atención la falta de conciencia medioambiental que prima. Son pocos los que reciclan y menos los que llevan a cabo un consumo racional del agua. Cuando entro al cuarto de baño me encuentro a menudo transportada contra mi voluntad a un apartado lugar de Londres en una noche oscura, con una densa niebla que traspasar hasta el meadero. Cuando mis necesidades urinarias han sido satisfechas y procedo, debido a mi orgullosa coquetería, a observar mi reflejo en el cristal, me doy cuenta de que no soy nadie. Solo una mancha amorfa parece seguir mis movimientos, pero en ningún momento puedo llegar a reconocerme. El vapor de agua derivado de las eternas duchas que se pegan muchas de mis compañeras acaba con mi vanidad. Y eso me cabrea doblemente. Por una parte no puedo saber dónde demonios me estoy poniendo el rímel, lo que acaba en que salga echa un payaso. Por otra, y mucho más importante que mi rostro apayasado, miles y miles de litros de agua se están malgastando porque unas estúpidas adolescentes no tienen conciencia de que el agua es un bien escaso.
Cuando llegan noticias respecto a las pobres reservas de agua en ciertas partes del globo todos ponemos cara de corderitos y culpamos a las grandes empresas. Pero olvidamos que podemos reciclar, que podemos ahorrar agua, que podemos dejar de tirar el aceite por el bajante, que no tenemos que tener la calefacción a tope,… Pero, sobre todo, nos olvidamos de que los que están detrás de las grandes empresas, a las que culpamos de todos los males medioambientales habidos y por haber, también son personas, personas que no han tenido una concienciación lo suficientemente fuerte para hacer las cosas como es debido en este planeta que se muere. Personas que, como mis queridas compañeras universitarias, han pensado “bueno, por esta vez, qué más da, seguro que esto no cambia nada”. Es cierto, solo somos en este país unos 45 millones de personas, ¿qué podríamos hacer nosotros para no pintar de colorines radiactivos el planeta azul? ¿Qué demonios podríamos hacer los…no sé ni cuántos millones de personas que componemos Europa? ¿Qué podríamos hacer?
Por favor, pido que jamás volváis a haceros esa pregunta hipócrita. Los que están leyendo estas líneas pueden hacer mucho más de lo que hacen. Empezando por cerrar el grifo cuando se enjabonan o cuando se lavan los dientes, mis aseados lectores, y terminando por concienciar a los demás. Los que no se esfuerzan por gandulería o por inercia miraos al espejo después de ducharos y veréis vuestro real reflejo: solo una mancha amorfa, ni siquiera humanos.
El Danubio está teñido de rojo por gente sin conciencia. El Golfo de México está teñido de negro por gente sin conciencia. La selva del Amazonas deja su verde característico para teñirse de marrón día a día por gente sin conciencia. Por eso os pido que no deleguéis la carga en otros. Pensad que si vosotros no hacéis nada, la humanidad entera no tiene por qué hacer nada. Cambiar el mundo, teñirlo del color que queremos, está en nosotros mismos. Cambiemos el mundo.